DE MÚSICA, ÉXITO Y LUBRICANTE por TIBU

Estudio-de-grabación

¿Cuántas veces habré vivido la siguiente situación?: tienes una comida muy importante para tu trabajo con una o varias personas a las que su beneplácito se le supone imprescindible para que tu proyecto, ese que vas a presentarles ahora, vea la luz. En resumen, es el que tiene que poner la pasta. Cuando el camarero ofrece la carta de vinos, el poderoso decido con soltura que tal o cual marca, el año y la bodega es excelente y, casi siempre sin consultar con los demás pide la botella que ha elegido. La cata con gesto de pretendido experto y después de algunas frases aprendidas en alguna revista gourmet, da el conforme para que sirvan a los demás. Normalmente el vino elegido es famoso, nada arriesgado y carente de toda personalidad; a pesar de ellos, todos los presentes lo aprueban y dan muestras de lo acertado de la elección del jefe, que una vez más ha dejado claro quién decide. En la música es exactamente igual.

Nunca me ha gustado definirme como músico, prefiero decir que soy compositor. A parte de ahí el espectro sonoro es mucho más amplio sin las restricciones tímbricas propias del instrumento que toques y compongo desde hace bastante tiempo todo lo que se me ocurre alrededor de la música, que incluye todo lo que mi imaginación conciba como válido, además de las propias notas de la escala. A parte tengo, o creo tener, una visión cosmofónica de la composición y creo que la composición no tiene por qué estar relacionada con la música. Puedes ser compositor de imágenes de videojuegos, de peceras, o de marketing, mientras seas capaz de tener una idea, rodearla de lo que necesite y organizar todo lo que tengas alrededor de esa idea. A partir de ese orden previo, llévalo a cabo y crea como colofón final algo que considero imprescindible: ponle el marco adecuado.

El marco en el mundo de pintura tiene un sentido absolutamente tangible, se ve. En todo lo demás podríamos definirlo como un envoltorio necesario que enmarca y define tu obra y pone el límite entre tu creación y el mundo real. Albert Pla, por poner un ejemplo, puede ponerse un micro en el estómago y, al compás de los movimientos peristálticos de sus tripas definir el “chof-chof” como su composición. Y a partir de ese sonido, el propio Albert dice que es “su” música. Una vez que ha dejado claro esto, ya es solo una cuestión subjetiva de cada oyente que sea mejor o peor aceptado, pero sin ese previo marco, el sonido solo se interpretaría como unas tripas digiriendo un filete.

Entonces, ¿qué es música?. Podríamos decir que, de manera muy general, cualquier cosa, lo único que hace falta es que haya alguien, una sola persona puede valer, que quiera que así sea. La cuestión de la calidad y su valoración es totalmente subjetiva y cambiante confirme a los tiempos. Imaginemos la opinión de tal o cual empolvado caballero del Renacimiento escuchando Reggaeton. Es fácil de imaginar. Lo más prioritario en el proceso musical es encontrar una melodía, da igual si tiene tres o mil notas, pero que sea una melodía que se pueda tararear. Después le pones un ritmo, uno que se pueda bailar, y, a partir de ahí, dame más canciones iguales, y, sobre todo, dámelas ya, deprisa, porque el gusto del consumidor es muy cambiante y lo mismo que hoy es muy vendible, dentro de cinco o seis meses es posible que no le interese a nadie.

Créeme, amigo lector, éste es el único criterio por el que se regula la industria musical en el mundo. Adjetivos como “fresquito”, “caliente”, “veraniego” o “pegadizo”, son usados constantemente para definir cualquier propuesta nueva. Y si ya has decidido finalmente entrar en ese juego, ten claro que vas a poner el culo (de ti dependerá que esto sea en sentido figurado o no), y ahora debes valorar hasta dónde lo pones, cuántas veces, si lo vas a hacer en su totalidad y, sobre todo, si lo vas a llevar a cabo, busca el lubricante adecuado para cada ocasión.

No obstante, de forma sorprendente y afortunada, este negocio ni es tan fácil de manejar, ni deja tantos beneficios como la bolsa. Si esto fuese así, Rockefeller hubiera sido productor discográfico y, a fuerza de invertir pasta sobre unos resultados previsiblemente positivos, habría quinientos Elvis, trescientos Beatles, etc.

Sí, por extraño que suene, obviamos la parte artística al final, como en casi todo, lo que cuentan son los números finales. Cuentan que Gerswin, habiendo cosechado ya éxitos notables en Hollywood, consideró que necesitaba ampliar sus conocimientos musicales, para lo que viajó a París con el objeto de entrevistarse con Cole Porter, genial compositor, que por entonces vivía allí, y ver si podía recibir clases de este genio. En la entrevista, Porter preguntó: “¿Cuánto gana usted por película?, a lo que Gerswin contestó: “En torno al millón de dólares”. Cole Porter no lo dudó y dijo: “Entonces las clases debe dármelas usted a mi”.

Por suerte, a pesar de los esfuerzos económicos de la industria, y de cualquier ciencia exacta, el éxito depende del público, esa es la única realidad. A lo largo de la historia, son conocidos muchos casos de artistas de gran éxito que previamente fueron rechazados una y otra vez por todos aquellos productores, ejecutivos discográficos, etc. a los que se presentaron. El éxito, que no siempre va de la mano del arte, se cuela por las rendijas y, obras desechadas a priori, alcanzan una gran fama. Ejemplos conocidos pueden ser: Mike Oldfield, The Beatles, Sade, Elvis, etc, etc. A nivel más doméstico y producido por mí, puedo mencionar el caso de La Guardia. Cuando presenté su maqueta a cuantos directores de radio, ejecutivos discográficos, managers que conocía, etc. coseché calificativos como: “el cantante es un marcapaquetes y eso no vende”, o “no tienen estribillos”, o mejor aún “es rock torero, menuda basura”. Con mucho esfuerzo y embargando hasta a mis hijos, conseguí publicar su primer disco, del que vendimos medio millón de copias. Hoy llevan vendidas más de dos millones… y Mecano, y Alejandro Sanz, y tantos otros, con mecenas diferentes e idénticos resultados.

Técnicamente hablando, hay normas pre-establecidas para que una canción suene de la manera deseada, pero, a mi gusto, su práctica es odiosa, carente de creatividad y sujeta, como la música clásica, a todo tipo de normas.  La música de verdad, la que siento, la aprendí oyendo discos y yendo a conciertos, a pesar de haber pasado 12 años en el conservatorio. Ni me gustan las escuelas ni los maestros y, por si fuese poco, elegí el bajo como instrumento para dar rienda suelta a mi locura, aún a sabiendas de que ese instrumento con ese particular sonido, no le importa un pimiento a casi nadie.

Dos consejos a los insensatos que quieran hacer  de esto su forma de vida: el primero es que cambies de idea y te dediques a cualquier cosa que te asegure una remuneración mensual (palafrenero, deshollinador, etc.) y si el primer consejo no ha cuajado y sigues empeñado en tan ímprobo proyecto, toma tú mismo la delantera, no dejes que lo haga la Industria, y si en algún momento de la batalla, que es seguro se producirá, pensáis que no saldréis victoriosos de la contienda, volved al primer consejo y pensad en ser agentes inmobiliarios, por ejemplo.

Yo llevo más de cuarenta años en esa lucha y todavía no tengo claro quién ganará pero me sigue resultando apasionante y, cada vez que compongo y publico alguna pieza, de lo que siempre tengo dudas, me acuerdo de Fidel Castro y me dijo a mí mismo: “La historia me absolverá” (y mi casero también).

Ah, en esas comidas los comensales, por contradictorio que parezca, no tienen la menor idea de música, ni de vinos!.

Salud y Rock and Roll!

Tibu


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