VENAS DE TINTA por EL LOBO TXAPELA

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Esto es largo, muy largo, aunque se “predetermine” corto; un año, año y medio, diez meses, es igual, esto termina siendo muy largo en todas las ocasiones.

Me vine para acá derechito como una vela el mismo día que me comunicaron el auto, pero ya llevaba cuatro años sufriendo las consecuencias, sopesando el daño que había hecho, el que estaba haciendo y el que iba a hacer, gestionando mal mis sentimientos y por ende cometiendo más errores si cabe.

Ingresé voluntariamente para cumplir mi condena y a los diez minutos ya me había dado cuenta de que estaba atado de pies y manos, de que había atado mi lengua y de que mi cerebro estaba hecho puré, para encontrar mi dignidad en ese instante y durante mucho tiempo después habría que levantar el suelo, por ahí debajo andaría.

Yo, que no confiaba en mí ni un pelo, me quise dar una sorpresa, y en lugar de agarrar una botella o cualquier otra sustancia para mitigar mi dolor, agarré un bolígrafo. No fue fácil.

Comencé a pensar en escribir, porque aunque no lo parezca me gusta el orden y tirarse al papel a escribir como un loco no tiene sentido, se puede hacer, pero no se obtendrá el resultado deseado. Aunque puede ser un primer paso, ¿por qué no?.

Cuando creí que lo había pensado bien tuve la suerte de aterrizar en una actividad que consistía en escribir para la Revista Nómadas, después el tiempo me enseñaría que esta actividad consistía en muchas cosas más, tantas y tan buenas, que era lo más parecido a un ratito de libertad.

Desde esta ventana a la calle escribí mis opiniones, mis inquietudes, mis sentimientos, escribí también retazos de mi pasado, brincos de mi presente, sueños de mi futuro, escribí mis penas y alegrías y como no, escribí mis miserias.

Escribí todo aquello que creí que serviría para ayudar a quien leyera, escribí todo aquello que pensé que debía saberse de esta ciénaga, pero había un problema; lo escribí a mi manera, nunca lo había hecho de otra forma.

Llegado a este punto me enfadé conmigo y me di cuenta de que al que había ayudado era a mí mismo, no a los demás, o eso creí. Hasta que un día terminé antes en mi trabajo y asistí a una actividad a la que había ido algunas veces al principio, cuando llegué, se llama escritura creativa.

Entré y me quedé petrificado cuando comprobé que estaban dando clase con uno de mis escritos. Ahora sé que esto ha ocurrido ya en otras ocasiones y en otros lugares.

Estuve contento, preso todavía, pero contento, nos reímos un rato con aquello, alguno se atrevió a comparar mi estilo al de aquel escrito, con el de Víctor Hugo, ¡Ja!.

Afortunadamente no se me subió aquel éxito momentáneo a la cabeza, obtuve felicitaciones de los muchachos, comentarios de que algunos habían leído las cosas que les prestaba escritas por mí y les habían servido de ayuda, que en otro módulo había un señor que se sabía de memoria uno de los escritos, en fin, ninguna de estas cosas consiguió sacar mi dignidad de debajo del suelo ni inflar mi ego, ni desatar mis manos ni mis pies, no soltar mi lengua, ni dar solidez a mi cerebro, entre otros motivos, porque no me las creí.

Comí comida fría de la fría bandeja en el frío comedor, subí a mi celda, pasé un ratito de frío viendo la televisión y leyendo unas páginas de un libro y bajé de nuevo como de costumbre. Salí un momento al patio, creo recordar que fumé un purito pequeño y entré de nuevo con intención de comprar un café solo en el economato, y aquí fue donde todo cobró significado, donde todo cambió por un momento.

Un compañero se cruzó, me miró y a su vez adivinó en mi rostro y me dijo: “tienes mala cara, tú apenas duermes, creo que no estás bien Ángel. Tú no te lees ¿verdad?, o si te lees, te lees muy poco, deberías leerte más”.

A partir de ese instante he cogido el valor suficiente para poder afirmar que el hecho de escribir en prisión es una de las mejores terapias y de las más asequibles. Escribir para mí es uno de los orgasmos más prolongados que haya experimentado, comienza cuando las ideas se pegan por salir, continua cuando decides plasmarlas en el papel, sigue cuando pasa a ser leído y se “regusta” cuando compruebas que ja servido de ayuda a alguien, aunque ese alguien seas tú. No pasa nada porque aprendas a quererte.

En ocasiones, el hecho de no quererse un poquito a sí mismas ha traído a muchas personas a la prisión.

El Lobo Txapela


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