Archivo mensual: noviembre 2017

TIEMPO por G.E.N.

El tiempo es el dinero más valioso e invisible que Dios deposita en la cuenta invisible de cada ser vivo, desde el primer segundo en que llegamos al mundo. Es imposible saber cuánto tiempo tiene cada uno en su cuenta.

El tiempo es “dinero invisible” con el que pagamos por cada segundo la renta de la vida y cuando la vida se agota, se nos acaba el tiempo.

El tiempo es más precioso y más valioso que el oro y los diamantes, porque no se puede comprar con el dinero físico, ni se vende en los mercados. El tiempo no se puede guardar en un banco para luego retirarlo ni se puede congelar en el frigorífico para luego usarlo.

Cuando nos invitan a una cena gratis o al cine gratis, no es completamente gratuito, porque lo pagamos con nuestro dinero invisible: el tiempo. Cuando estamos felices y riego, y cuando estamos tristes y llorando, lo estamos pagando con nuestro dinero invisible: el tiempo. Cuando estamos haciendo algo valioso y cuando no hacemos nada, lo estamos pagando también con el tiempo.

El tiempo es una fortuna. Los ricos no tienen más que los pobres, ni los pobres tienen más que los ricos, los sabios no tienen más que los necios, ni los necios que los sabios, los fuertes no tienen más que los débiles, ni los débiles que los fuertes. El captor no tienen más que su capturado, ni el capturado que su captor, porque nadie sabe cuánto tiene, ni cuánto le queda en esa cuenta invisible del dinero más preciado: el tiempo.

Este dinero precioso, valioso y único, no sirve para nada si el que lo tiene no lo utiliza bien, porque se va y nunca se recupera. Podemos perder la libertad, nuestras casas y riquezas, pero nuestro dinero invisible: el tiempo, está siempre en nuestra cuenta para que lo gastemos como mejor nos parezca.

G.E.N.

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ME LLAMO “N” por M.R.

Hola. Me llamo “N”, bueno, mejor dicho, mi nombre empieza por N. No os digo el nombre, por dos motivos: el primero es que el cómo me llame es indiferente al contenido de este relato, y el segundo es que soy muy tímida y muy reservada y me da mucha vergüenza que gente desconocida sepa cómo me llamo. Espero que me entendáis.

Una vez dicho esto, quiero compartir con nosotros cómo veo a mi padre y a su vez haceros un pequeño resumen de mi vida.

Nací el 7 de marzo de 2002 (año capicúa y cifra bonita) en una prestigiosa clínica de Madrid, la cual no voy  a citar porque no me ha pagado por su publicidad.

Mi madre tuvo un embarazo casi perfecto, pongo casi porque la perfección no existe. No tuvo mareos, ni vómitos, ni engordó 20 kg. Hicimos una buena simbiosis mi madre y yo. Mi padre piensa que yo era como una bombilla para ella, es decir, la iluminaba desde dentro, hasta el punto de que mi padre también piensa que esos nueve meses fueron en los que mi madre mejor estuvo. Y es que una, vale lo que vale…

Mi padre, que va de duro, pues le encantan las películas de acción, de guerra y de terror, y además es rockero, en el fondo es un flojeras, pues ve sangre o una operación y se viene abajo, hizo un esfuerzo voluntario y sobresaliente y estuve presente en mi alumbramiento y fue la primera persona que me abrazó.

A los tres meses, fue con él también con quien mantuve mi primera conversación. Obviamente, no pasó del  manido “agó” y “agó”, por ambas partes, pero el pobre se emocionó.

Aquel verano, el de 2002, por lo visto fue el más caluroso de los últimos 75 años y mi madre sufrió una buena gastroenteritis y deshidratación, y otra vez mi padre tuvo que ocuparse – lo mejor que pudo – de nosotras dos.

Lo que hasta ahora os he regalado ha llegado a mi conocimiento oralmente, pues evidentemente era muy pequeña. Dicen los expertos que una persona normal empieza a guardar recuerdos a partir de los dos años, así que mis recuerdos sobre él deben partir de ese periodo de mi vida.

Recuerdo que jugaba mucho conmigo: a veces pintábamos, a veces jugábamos con peluches y otras con coches y muñecas. Tenía la delicadeza de poner siempre música clásica. Nos pasábamos horas y horas en mi habitación o en el salón.

Nos dimos juntos muchos paseos. Cuando había un tramo de escaleras, o una pendiente que subir, o simplemente él consideraba que yo podía estar cansada, me cogía a hombros. En esos ratos en los que me llevaba alta me sentía super segura, era como ir en un gran camión. Nada me podía pasar. Entonces no sé por qué me cantaba una y otra vez una canción de rock que se llamaba “Doctor, doctor”.

Pasé unos años muy felices. En casa aparentemente había paz y armonía. Empecé a ir al colegio, nos íbamos de vacaciones los tres a la playa, a veces con mis abuelos maternos. Como yo misma decía, mi abuela era la que mejor me daba de comer, mi madre la que mejor me vestía y mi papá el que mejor me cuidaba.

Yo pensaba que iba a ser para siempre así. Plena felicidad. Mi padre me dejaba en el colegio por las mañanas con un beso y un abrazo y mi madre me recogía por las tardes con la merienda.

Mi padre no era como el resto de padres. Nunca me regañó. Me explicaba las cosas muy bien. No me gritaba, dialogaba. Pegarme, ni loco. Yo le sentía muy cercano. Dulce, sonriente, comprensivo, fuerte, protector, ¿infantil? Puede. Me hacía reír continuamente.

… pero yo no sabía que mi madre y él ya no se querían.

Que quedaba poco para que mi mundo perfecto se desmoronara. Quiero ser justa y no culpar a uno de los dos. Pero el golpe fue muy duro. Me acuerdo perfectamente del día que se fue.

Había estado los tres en el Parque de Atracciones. Era verano. Cuando llegamos a casa, hablaron algo, como siempre sin gritar y él cogió una maleta, metió su ropa y se marchó. Así de fácil, frío, inexplicable y rápido. Yo no entendía nada.

Después ya nada fue lo mismo. Mi felicidad plena se convirtió en aceptación de la realidad. Las navidades ya fueron frías, las vacaciones perdieron brillo y las fiestas de mi cumpleaños color.

Los dos aun queriéndome mucho y volcándose en mí como siempre, me habían hecho mucho daño. Intentaban explicarme que esa nueva situación era mejor para mí. ¿mejor? ¿en serio? Yo no podía aceptarlo. Fue al cabo de varios años. Cuando adquirí madurez, cuando comprendí el concepto de “daños colaterales”.

Mamá y papá. Os quiero mucho. Gracias por todo lo que habéis hecho por mí.

M.R.


DÍA A DÍA M.R.

 

Hola. Como ya he comentado en algún texto, me encanta el cine. En muchas películas hay frases que han pasado a la posteridad y algunas nos han hecho reflexionar. ¿Quién no recuerda esa mítica frase de “Acorralado”: “no siento las piernas”?

Hoy me quiero detener en la secuela de este célebre film de Stallone, y plantearos una reflexión que dice Rambo al final, cuando el Comandante Truman le pregunta al protagonista: “Jhon, ¿cómo vivirás?” y él le responde: “Día a día”. Perogrullada o ¿no tanto?.

Me puse a pensar sobre este particular “día a día” y mi inquiero cerebro se preguntó lo siguiente: ¿cuántos días tengo? E hice el simple cálculo 365 por mis años, dando como resultado 17.885 días vividos, y como digo en broma “todos seguidos, sin saltarme ninguno”; y valoré seriamente esta circunstancia: he vivido casi 18.000 días, que son la friolera de 332.000 horas, en las que mi cerebro no ha dejado de funcionar ni un solo instante. Me parece maravilloso. Él ha producido una cantidad inmedible de pensamientos, ha procesado millones de datos visuales, táctiles, olfativos, gustativos y auditivos; ha tenido que tomar cientos de miles de decisiones, desde las más sencillas hasta otras trascendentales.

Mi mente no ha dejado de trabajar, mientras “yo” si lo hacía. He producido muchísimos sueños – y pesadillas- para avisarme de algo o para liberar tensión.

Comprendo que mi cerebro es una unidad de trabajo mucho más compleja y excelente que el más moderno y potente ordenador que haya. No se ha desconectado ni una sola vez, no le han entrado virus, no he perdido datos, ni lo han hackeado. Es mi guardián, mi consejero y mi procesador.

En este “día a día” continuo, he madurado, he cambiado mil veces de gustos, he comprendido asuntos que en su momento me eran ininteligibles, he llorado, he hecho llorar, he reído, he conocido muchísima gente; han entrado y salido personas de mi vida. EN este devenir diario he aprendido mucho y he comprendido que aún me queda muchísimo que aprender. He amado y he odiado. He enfermado, he sanado, he crecido. He visto morir a personas queridas y he visto la fuerza de una niña recién salida del vientre de su madre.

Somos coleccionistas de experiencias, de sentimientos, de ideas, de sueños. Creo que este “día a día” que también se puede llamar VIDAS es un regalo maravilloso, sea cual sea la circunstancia de cada uno.

Y al igual que el cerebro no deja nunca de funcionar hasta la muerte, el resto de nuestro organismo tampoco; podríamos compararnos a un laboratorio andante y de funcionamiento constante.

Ingerimos sustancias sólidas y líquidas por la boca, y a partir de ese acto, comienza un proceso químico complejísimo del que somos ajenos, mediante el cual nuestro organismo “selecciona”, lo que le viene bien y desecha lo pernicioso.

Sólo un pequeño ejemplo, en forma de dato más o menos real. Si hasta la fecha, he comido 4 veces al día y tengo 17.885 días, mi cuerpo ha elaborado ese proceso ¡71.540 veces ininterrumpidamente! ¡cuán perfecto es nuestro organismo!.

Me impresiona ver “cuántas cosas pasan” en ese “día a día”.

M.R.