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ACOGIMIENTO A TRAVÉS DEL BIEN Y LA FELICIDAD por M.A.I.S.

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La Navidad despierta en nosotros sentimientos que parecen estar aletargados el resto del año. Pero en esta época cual temprana primavera parece brotar en nosotros una “espontanea” ola de: bondad, empatía y solidaridad, incluso recordamos más acentuadamente a aquellos que ya no están, y fugazmente pensamos en aquellos que sufren “soledad” y la falta de “acogimiento”.

Sócrates y su discípulo Platón pensaban que el Ser Humano es bueno por naturaleza y de ahí su inclinación a procurar el Bien a sus semejantes. Hoy día identificamos como dos de las principales metas a lograr: la Libertad y la Felicidad, no dejando de lado la ansiada idea o sensación de “sentirnos acogidos” por los demás.

Los psicólogos y sociólogos argumentan que, las personas que suelen ser más felices son aquellas que han encontrado el verdadero sentido y contenido a la vida. Estas personas desean el Bien a sus semejantes, al igual que les desean el ser capaces de reconocer y desechar las acciones equivocadas, los engaños y las efímeras modas y deseos propios de las actuales sociedades de consumo, pensando que una vez eliminados estos hábitos podrán encontrar la verdadera razón de vivir, esa razón que lleva aparejada; la Seguridad, Felicidad, Serenidad, “Independencia”, resolución y “acogimiento”

Hemos de tener claro que la seguridad y la felicidad que se fundamentan en persona so cosas externas no suelen perdurar en el tiempo, pues la mayoría de las veces carecen de consistencia. Muchas veces se apodera de nosotros el miedo al “fracaso”, el cual incide en nuestro estado de ánimo y entonces buscamos a personas en las que proyectamos nuestros deseos, ya que pensamos que ellas tienen aquello que nosotros pensamos o creemos no poseer. Puede que así podamos sentir un “alivio” al aproximarnos a estar personas clasificadas por nosotros como “ideales” y en algunas ocasiones nos sentiremos “acogidos”. Pero la realidad es otra, lo que sucede es que la vida marca que; el hombre solo atrae lo que él mismo es, y no lo que quiere atraer o lograr, ya que, igual atrae a igual. Es así que pasado un tiempo el Ser Humano tiene que admitir que sus deseos e ilusiones no le hacen sentirse “acogido” por esa o esas personas y entonces se cansa de ellas.

Realmente lo que ha sucedido es que es ella la que se ha hartado de sí misma, porque no ha logrado de los otros, lo que equivocadamente habrá proyectado en ellos.

En el transcurrir de la vida pasaremos por etapas de mayor o menos duración en las que nos sentimos o estamos solos. Nos asaltarán; la incertidumbre y el miedo al desconocer cómo será nuestra vida en lo sucesivo. De vez en cuando, pensaremos en el pasado, y esos recuerdos nos traerán – en ocasiones- amargura, pues nos habíamos imaginado esta vida como algo totalmente diferente. Las expectativas no se han cumplido, y en lugar de sentirnos plenos nos embarga el vacío y nos sentimos “presos” de esta infeliz sensación al pensar que hemos “fracasado”.

Pocas personas pueden decir; “yo he logrado sentirme siempre acogido”, pues mayoritariamente en este mundo nunca llegaremos a sentirnos acogidos por siempre. ¿pero por qué sucede esto? ¡Porque somos de este mundo!. El estar solo es uno de los indicadores de que en la Tierra solo estamos como huéspedes y de que en nuestra existencia y en la de aquellos que nos rodean todo es finito.

Tal y como Platón define en su símil del “Carro tirado por dos caballos”, solo el alma es inmortal, pues es ella identificada como la Razón, la encargada de gobernar el carro; el armazón, lo material, es el cuerpo humano, y los dos caballos; en uno su función es la temperamental y la función del otro es la instintiva. Tanto las funciones de los caballos – personalidad humana – así como el armazón del carro, son mortales y únicamente la Razón (el Alma) es inmortal. Pues ésta siempre forma parte del mundo de los humanos, aunque unos la utilicen en mayor o menor medida que otros.

Por ello, mientras nuestra vida se desarrolla, la debemos considerar como una oportunidad para sintonizarnos a tiempo con la vida que nos ha tocado vivir. Tenemos que aprender y practicar el encontrarnos a nosotros mismos, sabiendo que no estamos solos. Somos muchos los que hemos de vivir en una misma época. Podemos ser felices y más libres si vivimos de manera que le vaya bien a todos, ya que una de las metas de nuestra vida podría resumirse en el siguiente razonamiento: “Yo soy feliz cuando aquellos que me rodean son felices”. Si logramos vivir estando convencidos de que podemos lograr hacer el Bien a cuantos nos sea posible, podremos ser más libres y felices.

¿Acaso no es cierto que en Navidad mayoritariamente somos más felices, nos sentimos más empáticos y en la medida en que podemos tratamos que los demás también lo sean?. Si haciendo esto en Navidad somos más felices, ¿por qué no lo practicamos todo el año?.

Esto demuestra que Sócrates y Platón tenían razón cuando afirmaban que el hombre es bueno por naturaleza, y que haciendo el bien a sus semejantes se puede ser más libre y feliz. Por ello no reduzcamos nuestra felicidad a esos pequeños periodos navideños. Aun desde un punto de vista egoísta, si resulta que somos más libres y felices haciendo el Bien a los demás, pues seamos egoístas y tratemos de ser más felices a costa de hacer el Bien a los demás.

Por M.A.I.S.

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FULANITO Y YO por E.F.B.

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A veces echo de menos que la gente no pueda ver a través de una mirilla, los muchos momentos que en la más estricta intimidad, nos vamos por increíbles derroteros filosóficos Fulanito y yo.

En otros tiempos fuimos totalmente antagonistas, apenas nos entendíamos, suficiente con que yo dijera “si”, para que Fulanito dijera “no”; y así durante varios años fuimos como el blanco y el negro, la noche y el día, la luna y el sol.

Sin embargo, a fuerza de golpe y resignación, sabemos sacar provecho fuerza unida; ahora uno que fue muy bueno y otro que fue muy malo, pretendemos vivir en comunión. Ambos hemos aprendido a buscar el equilibrio en las cosas, a razonar en frío y en caliente, a pensar y valorar antes de dar un “sí” o dar un “no”.

Esto lo da la experiencia, la misma que puede resolver un problema de falta de educación, la que te enseña cuando uno debe ser bueno, y cuándo se debe ser malo, porque así lo requiere la ocasión.

Fulanito y yo ya no tenemos disputas, por aquello de si te has portado bien, o te has portado mal; tampoco vivimos preocupados porque si el uno hizo demasiado daño, o porque el otro se dejó avasallar.

Por eso me gustaría que supierais todos que, por derecho, Fulanito y yo somos los mejores amigos que pudieseis tener; pero por las malas, lo peor de lo peor, que os podríais encontrar.

Por E.F.B.