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LA VIEJA BRUJA por M.R.

Pocas cosas nos impresionan tanto en nuestra vida como las historias de miedo que nos cuentan de pequeños.

A mí también me contaron “la mía”. No me acuerdo quien fue el gracioso que lo hizo, pero consiguió su objetivo. Ya lo creo que lo consiguió.

La historia tuvo 3 o 4 años de vigencia y la viví con total intensidad, pues me tocaba “sentirla” todos los días. Ya os la cuento.

Debía de tener yo diez años. Por aquel entonces veraneaba en un pueblo segoviano llamado San Rafael. Mis amigos vivían en una urbanización en la parte alta del pueblo y yo en un piso en la parte baja; la distancia no era mayor de 2,5 km. El camino entre mis amigos y yo era muy bonito, una carretera ancha, con muchos árboles altos, grandes y grandes ramas y una gran variedad de casas del estilo más variopinto que uno pueda imaginar, pero todas casas de pueblo.

Un buen día, alguien de la pandilla – ojalá me acordara de quién- me contó que en una de las casa vivía una bruja. Por lo visto, en algún momento vivía una familia feliz. El padre, la madre y sus 5 hijos, pero una noche la mujer se volvió loca y mató a su marido y a sus retoños.

Y poseída por algún maléfico espíritu, cocinó parte de los cadáveres y enterró en el terreno exterior lo que quedó de tal terrible matanza.

Eso fue lo que me contaron. Ni más ni menos.

A mis diez años esta historia cubría mi límite de tolerancia al terror, pero mi malvada imaginación hizo el resto.

Esta casa. “La casa de la bruja”, estaba a mitad de camino para quedar con mis amigos. No había otra opción. Todos los santos días estaba obligado a pasar por delante de aquella parcela de 2.500m2 con un gran caserón de 2 plantas en medo. Y sabía que enterrados allí estaban los cuerpos del marido de aquella loca y sus hijos. Muchas mañanas la veía en el exterior de su vivienda, unas veces tendiendo ropa, otras dando de comer a las gallinas y otras sentada en una silla al lado de la puerta principal de la casa. Lo que yo sentía cuando la veía era mucho miedo. Esa mujer era una asesina poseída, y a veces me miraba ¡Dios mío!

Pero cuando regresaba por las noches a mi casa, después de un día de juegos y chapuzones, era mucho peor. La casa estaba a oscuras, sin ruidos, y a lo mejor había una luz encendida dentro y ahí mi mente recreaba la noche en la que aquella vieja bruja había exterminado a su propia familia.

Veía al marido, de rodillas pidiendo clemencia, mientras ella lo golpeaba reiteradamente con un hacha, también la podía ver como enterraba en los alrededores de la casa los restos de sus infantes y como ellos, a las 12:00 en punto de la noche salían de sus tumbas y se arrastraban buscando sus camitas.

Evidentemente, aquella mujer era una pobre, inofensiva e inocente anciana. La mujer sería viuda, pues bien es verdad que siempre vestía de negro riguroso, pero mi visión de ella se distorsionó terriblemente. Ella sería incapaz de matar una mosca o de celebrar un aquelarre.

Años después me preguntaron si creía en las brujas, sonreí y respondí: “no creo en las brujas, pero haberlas haylas”.

M.R.

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AMOR HERMOSO Y REVOLUCIONARIO por J.R.G. (Colaboración desde C.P. Castellón II)

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Érase que se era, la mujer más hermosa de la región. Con su piel dorada por el sol del desierto, su cabello negro caía como manto elegantemente sobre sus hombros y un cuerpo singularmente esbelto, invitaba a la pasión.

Hermosa se había enamorado de verdad, porque lo hacía sin miedos ni rubores. Se sentía prendada de un revolucionario que en aquella época estaba dando mucho de qué hablar.

A él, podríamos llamarle: Hermoso.

Ella lo conoció en sus correrías, donde Hermoso provocador del Antisistema, aleccionaba a las multitudes con mensajes de amor, paz y libertad.

Ella le veía, sabio, sencillo, humilde u le siguió por donde quiera que él iba.

Hermoso era muy pobre (¿un pobre loco o un loco pobre?) y mirado con desprecio por algunos, admirado con exaltación por otros.

Hermosa lo vio tan hermoso, y Hermoso la vio a ella muy hermosa.

Juntos pisaron los caminos polvorientos y ella oía atentamente sus palabras mirándolo cada vez más con ojos de fascinación. Era que no despreciaba a las mujeres, como se hacía en ese tiempo, y decía que la familia debería ser diferente, no un negocio donde la mujer se convertía en las esclava de su marido.

Hermosa le seguía, dejando su casa abandonada y llevándose todo su dinero para brindar a la campaña revolucionaria el apoyo económico necesario. Se supo que otras hicieron lo mismo, cautivadas por los mensajes poderosos del Hermoso, que se había convertido en alguien muy famoso en la región.

Ricos gobernantes se preocuparon por la grande multitud que Hermoso había logrado congregar y envidiando sus atributos, lo amenazaron temiendo que les quitara el poder. Persiguieron también a sus seguidores con la idea de disolver el grupo y acabar con ese incordio.

“Al final me matarán”, le decía Hermoso, que intuía las consecuencias que su revolución estaba causando. Pero no podía parar sus arengas, la fuerza de su discurso aumentaba cada día más.

Algunos hombres que también le seguían, protestaban porque las mujeres andaban todo el día con el Hermoso, en vez de quedarse en sus casas cocinando y lavando la ropa como hacían las sumisas y obedientes mujeres de la época.

Hermosa y Hermoso hicieron un gran pacto que sellaron con copas de vino y mucha comida en una gran fiesta con muchos invitados.

Compinchados los ricos gobernantes y los religiosos malvados, cogieron al Hermoso para torturarlo. Era un problema que había que eliminar y tenían que amedrentar a sus seguidores dándole un castigo ejemplar.

Sin violencia ni protestas, el Hermoso se dejó torturar hasta que murió. Los hombres que lo seguían emprendieron la huida atemorizados y solo algunas mujeres esperaron su final.

La Hermosa besó el cuerpo muerto de su amado, derramando sus lágrimas desconsoladas sobre su rostro.

Hermosa recordó durante el resto de su vida las últimas palabras de ese amor desgraciado entregado al mayor revolucionario que ha dado la historia: “Eloi, Eloi, lamá sabajzaní”.

J.R.G.


ANITA por E.A.C.

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El día que Anita, por fin, me abrió su corazón – como cuando un botón de rosa brota y se rinde ante la luz del sol- sentí caer sobre mis espaldas la carga de sus sufrimientos. Desde ese día mi vida cambió para siempre.

Fernando es mi hermano gemelo. Es un buen hombre. Quizás un poco machista y anticuado, pero una persona humana, fiel y responsable.  Nuestras vidas, aunque diferentes, siempre han caminado muy unidas.

Tenemos una relación muy especial: a veces hacemos las mismas cosas sin saberlo. Incluso, cuando sufrí un accidente, me contó que sentía los dolores que yo sufría, aun cuando nos encontrábamos a miles de kilómetros de distancia. Y, sin embargo, cada uno ha seguido su propia ruta. Él, por ejemplo, se casó muy joven con Elvira, su primer y único amor. Tienen dos hijos, Anita, una niña preciosa y encantadora y Enrique, dos años menor que ella. Decían en mi familia que no había sido un buen padre, porque no pasaba suficiente tiempo con sus hijos y parecía que  no los quisiera por igual. Pero yo creo que no era así; sucedió que se hizo representante de ventas de una importante compañía y eso le obligaba a pasar mucho tiempo fuera de casa, a veces largos periodos; no obstante, cuando regresaba, todo su tiempo lo dedicaba a su hogar con devoción.

-Lo que sucede es que me identifico un poco más con Enrique –se disculpaba mi hermano un día. – Con él puedo jugar al fútbol, ir de pesca y hacer todas esas cosas que hacíamos cuando niños. Eso no significa que quiera a uno más que al otro. ¡Por supuesto que los quiero igual! Yo no juego mucho con Anita porque me cuesta sentarme a jugar a las muñecas o a ponernos maquillaje. Por eso acordamos con Elvira que ella se encargaría de los juegos y demás cosas de la niña, y yo de Enrique.

Yo vivía en el extranjero, pero viaja con la frecuencia que me permitía mi trabajo, a visitar a mi familia. Cada vez que regresaba, llevaba a los hijos de mi hermano, que los quiero como propios, a otros sobrinos y sus amiguitos, de paseo al mar, a acampar o a algún lugar turístico. La pasábamos muy bien, ellos lo disfrutaban viéndolos felices.

Una de las razones por la que siempre los invitaba a pasear era Anita, que en aquel entonces tenía diez años. No sé. Me parecía que había algo extraño en su comportamiento. A pesar de ser una niña muy vivaz e inteligente, su modo de proceder no era normal. Su mirada era esquiva, siempre evitaba tener que mirarte a la cara; más bien tomaba cualquier cosa y jugaba mientras hablaba. La mayoría del tiempo parecía estar buscando algo en el suelo, y cuando te miraba, sus ojos irradiaban soledad y amargura. Yo sentí que su corazón palpitaba a otro ritmo, por eso siempre le dedicaba una atención especial cuando salíamos. Con el correr del tiempo fuimos buenos amigos, algo raro en ella, pues nunca le conocí un amigo que considerara especial, ni siquiera la vi involucrarse en los juegos que organizaban los otros niños.

-No me gustan los niños de mi edad –me dijo un día. ¡Son tan infantiles!.

-Pero si tú apenas eres una niña con ellos –le respondí sorprendido.

-Tal vez mi edad es de niña, pero mi corazón, no. –Contestó en tono firme.

Y de inmediato se marchó dejándome con las palabras en la boca y un sabor de boca agridulce. Cuando hablé al respecto con mi hermano y Elvira, me respondieron: “No te precupes, ella ha sido así desde niña. Es un poco introvertida, quizás muy madura para su edad. Por eso no se relaciona mucho con los otros niños, pero nada más”.

Un año más tarde, la nostalgia me arrastró de vuelta a casa. La separación de los míos hacía mella en mi corazón. Así que regresé y en esa ocasión estreché más mi relación con Anita. A diferencia de mi hermano, a mí me gustaba más compartir con ella. En el fondo era una niña como cualquiera, pero rodeada de un halo de misterio que despertaba mi preocupación. Rara vez se la veía reír; cuando algo le gustaba simplemente sonreía: su actitud hacia la vida era de desilusión. Su madre tampoco le dedicaba mucha atención, ella era directora de un colegio que absorbía la mayor parte de su tiempo.

Un día, en uno de nuestro rutinarios paseos por el parque, mientras caminábamos y degustábamos un helado, me lo contó, pero antes me hizo jurar que jamás hablaría de ellos con sus padres. Desde ese día todo cambió para mí. ¿Cómo ignorar a un pajarillo desvalido que un buitre saca con violencia de su nido? ¿cómo devolver su ruta a aquel apacible río que crece sin control en el invierno, y que arrastrado por la tormenta abandona su cauce destruyendo lo que se interpone en su paso?.

Yo, que toda la vida me he jactado de ser una persona madura, aplomada y tranquila, comencé a sentirme atribulado y confundido, y empecé a dormir poco. También cambiaron algunos de mis valores.

Acudí a las autoridades. Se sorprendieron, quizás me creyeron, y me dijeron que tendría que poner a Anita en evidencia porque su declaración era vital, pero así y todo, que era sólo su palabra, porque no había pruebas materiales, ni testigos. Eso nos dejaba pocas posibilidades de que se hiciera justicia.

Entonces tomé la decisión. Robé algunas fotografías del álbum familiar de mi hermano e indagué. Estaba decidido a remover cielo y tierra.

-Prométeme que si lo encuentras, me llevarás contigo –me dijo Anita un día.

-Te lo prometo – respondí.

La búsqueda duró tres años. Tres largos años con sus días y noches que parecían no tener fin. Cuando averigüé sobre cierto almacén en otra ciudad, de inmediato viajé ligero de equipaje y fui a buscarlo. Desde el aeropuerto fui directo a la dirección que me habían dado. Compré algunas cosas –que luego tiré a la basura- y me dispuse a pagar.

Él estaba allí.

Lo observé con fingida indiferencia, mientras mi estómago se revolvía convulsionado. Incluso tuvo que repetirme el precio de la compra dos veces, porque mis oídos se negaban a escucharlo. Tembloroso saqué el dinero del bolsillo y mordí los labios para no abrir la boca, luego salí tan deprisa que recogí el cambio.

Esa noche no concilié el sueño. El haberlo tenido frente a mí me conmocionó. Antes de seguir adelante, analicé con cabeza fría todo lo que Anita me relató. Sabía que yo no era la persona idónea para zanjar el problema, pero mis conversaciones con mi sobrina y el recuerdo de su mirada ensombrecida por la desgracia, hicieron mío su conflicto. Decidí continuar con mi plan.

Al día siguiente salía del hotel a deambular por la ciudad sin rumbo, hasta que el reloj marco las ocho de la tarde. Era la hora del cierre según un aviso que colgaba en la puerta del almacén. Justo antes de que cerrara, y tras asegurarme que el último cliente y los empleados habían abandonado el lugar, tomé aire y entré.

-Buenas noches- me saludó. Usted estuvo aquí ayer y se fue antes de que yo pudiera darle su cambio. Ahora se lo doy.

-¡No!-le dije.

-¿En qué puedo ayudar?-preguntó sorprendido.

Sin mediar palabra saqué del cinto la pistola que me había procurado y le apunté a la cara.

-¡cierra la puerta!-le grité, señalando el acceso al local.

-¿quiere el dinero? ¡lléveselo, llévese todo lo que quiera!.

-¿Tengo acaso cara de ladrón, maldita escoria?.

-¿Pues entonces, qué quiere? ¿quién es usted?.

– Me llamo Eduardo. Soy el que ha pagado la minuta del psiquiatra que intenta curar a Anita.

-¿Qué Anita? Preguntó mientras se arrodillaba cobarde a mis pies, implorando perdón con el gesto. Eso me irritó aún más.

– ¡Levántate! Levántate y mírame a los ojos, cobarde –le ordené, al tiempo que le golpeaba con el pie.

-¿Qué Anita? – volvió a preguntar mientras se levantaba gimoteando.

– La hija de Fernando que fue tu mejor amigo hasta hace unos años. La hija del que te brindó la mano cuando no tenías nada; el que hospedó y te convirtió en su socio, y a quien traicionaste abusando de su hija. ¿Sabes ya cuál Anita, hijo de puta?.

Su rostro palideció,  tal vez presintiendo lo que le esperaba, y comenzó a temblar sin control.

-¡Por favor! No me mate!

-¡Mírame a los ojos! – le grité otra vez.

Nuestros ojos se encontraron y entonces pasó ante mí la película del relato de mi sobrina; una visión que me mostraba cómo ese hombre le indujo con dulces y regalos a que le practicara sexo oral, al tiempo que le manoseaba su cuerpo inocente. Después la amenazó para que no le fuera a contar nada a sus padres ni a nadie.

Eso duró un año, cuando Anita apenas tenía seis.

Escuché de nuevo la voz entrecortada de mi sobrina: “Era extraño… yo me limitaba a hacer lo que él me había enseñado… cuando me lo ordenaba. Sólo tenía que hacer una señal… y yo sabía lo que debía hacer. Recuerdo que en una oportunidad, él hablaba con mi madre mientras ella planchaba la ropa… entrecerró la puerta y dejó su cabeza por fuera… me hizo la señal y se bajó la cremallera…”.

Mientras ella lloraba inconsolablemente, yo me doblaba en el lavabo a vomitar.

Tenía su abominable figura ante mí. Mis dedos actuaron antes de que mi cerebro diera orden alguna. Apreté el gatillo varias veces y vi como caía su cuerpo degenerado y sucio sin que sus ojos se apartaran de los míos en ningún momento.

-Ahora estamos pagos-le dije.

Me incliné, tomé la llave y salí del almacén, con una frialdad que me aterrorizó.

No tuve elección. Yo no podía vivir tranquilo sabiendo que ese hombre estaría haciendo lo mismo a otra niña. Por eso decidí tomarme la justicia por mi mano.

Dos días más tarde, vino Anita a mi oficina y pidió hablar conmigo a solas. Yo sabía por qué venía, pero procuré actuar con normalidad.

-Me has traicionado-fue lo primero que dijo cuando estuvimos a solas, al tiempo que me golpeaba en el pecho.

-Anita, yo nunca te traicionaría-le contesté.

-Ese monstruo está muerto. Mis padres están ahora en la funeraria. Lo asesinaron, dijo papá. Fuiste tú ¿cierto? Fuiste tú y no me llevaste… yo quería hacerlo y no me llevaste – y rompió en un llanto desgarrado.

-Ahora ya puedes sentirte mejor. Fue la vida la que puso alguien en su camino para que cobrara lo que te hizo.

-Tú no lo entiendes. No es lo mismo.

– Sí es lo mismo. Ya no está y nunca más volverá a hacerte daño, ni a nadie. – le contesté.

– ¡No! Yo esperaba que me llevaras. Yo quería gritarle a la cara lo que significó para mí lo que me hizo, lo que han sido todos estos años con ese recuerdo sucio. Yo quería mirarlo a los ojos, matarlo yo misma –dijo, y ocultó el rostro entre sus manos.

Quedé petrificado. Tenía ante mí a una niña a la que un hombre desalmado había despertado los más feroces sentimientos y estaba dispuesta a violar todos sus principios – tal y como lo había hecho yo- en nombre de la venganza.

-Yo no fui Anita. Nunca pude encontrarlo – repetí, esperando sonar convincente.

-¡Júramelo!

Nos miramos a los ojos. Quizás su intuición femenina le hizo saber que yo no decía la verdad.

-¡Júramelo, por favor! – repitió, pero esta vez fue un ruego más que una orden.

-Te lo juro. Nunca puede saber dónde estaba.

Me abrazó durante un largo rato y los dos lloramos en silencio.

Una hora más tarde la dejé en su casa. Sólo me dijo gracias. Esperé hasta que alcanzó la puerta. Antes de entrar, giró y me miró pensativa. En su mirada volvía a tener la inocencia de la niña que era.

E.A.C.


LA CASCADA, Cuento Infantil por E.A.C.

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Ese día, cuando la luz comenzaba su reposo diario, el Señor Oso huyó en compañía de su familia, la Señora Osa y sus tres oseznos, dos machos y una hembra muy joven, a quien cariñosamente llamaban Este. No sabía a ciencia cierta qué camino tomar, pero confiaba en si instinto de macho que siempre lo llevaba hasta lugares remotos en donde abundaban el agua y los manjares silvestres. Los oseznos mayores pronto formarían su propia familia,  en cambio Este, su princesa como él insistía en llamarla, todavía era muy joven, tan joven que aún no conocía la maldad.

Las fábricas, el progreso, la contaminación, en fin, el hombre que todo lo destruye, reflejaba su espíritu despiadado en el deplorable estado del bosque. La naturaleza, como antaño, ya no proveía a los habitantes de la selva de suficiente comida, y el agua de los ríos más cercanos estaba envenenada por detritus que se arrojaban en los cauces otrora caudalosos, convertidos ahora en pantanos. Él lo sabía, llevaba años señoreando el bosque, podía percibir la desgracia en el aroma del viento. Los animales deambulaban hambrientos e irascibles en busca de una presa, destrozándose entre sí a la primera diferencia. Todo estaba cambiando, incluso el clima. El verano era mucho más caluroso y el invierno llegaba sin lluvias, reseco y cruel. Si se quedaban allí no lograrían sobrevivir.

Caminaron mucho tiempo. Cuando el sol se preparaba para irse a dormir les indicaba el sendero. La luna – encargada de iluminar a los infatigables caminantes-, los acompañaba, y las estrellas mostraban a los viajeros, como en un mapa, la ruta a seguir. Esta vez tampoco se equivocó, al menos eso parecía cuando alcanzaron el pico de una montaña y apareció ante ellos un pequeño bosque que se desplegaba a sus pies como una alfombra tejida a mano, adornada con una fama de verdes entreverada por trazos rojos, amarillos y ocres. Allí se resguardarían del frío y encontrarían suficiente alimento para sobrevivir al invierno. En un claro del bosque, un riachuelo alimentaba un lago transparente como un espejo aguamarina. El piar de los pájaros y los alegres cánticos de otros animales impregnaban la atmósfera de un delicioso espíritu festivo. Encontró una cueva en la base de la montaña. Con un toque de su mano mágica, la Señora Osa la transformó en hogar, y con la ayuda de sus hijos mayores, y de paso, para iniciarlos en el rudo aprendizaje de la supervivencia, comenzó la búsqueda y almacenamiento de provisiones.

Un día, mientras paseaba cerca de la cueva, descubrió en la maleza extraños espacios. Habían sido hollados por el peso de algún cuerpo. Su mente se iluminó de inmediato: eran pisadas humanas. Las del hombre, su depredador y eterno enemigo. Las huellas delataban humedad reciente… Serían dos, máximo tres… Papá Oso sabía de lo que eran capaces aquellos monstruos que atacaban sin razón, como la tormenta que va y viene sin aviso. Su instinto dictó la decisión: Alejaría de allí a los invasores, preservaría la vida de su compañera y de sus hijos, demasiado jóvenes para batirse en duelo, y más jóvenes aún para morir. Rastreó las huellas, y cuando notó que la humedad de la hierba pisoteada aumentaba emitió un clamor que resonó en todo el bosque. Para Mamá Osa y sus oseznos fue: “¡Escóndanse. Hay peligro!”, y para los depredadores: “¡Aquí estoy, vengan por mí!”.

Atravesó deprisa el arroyo, demarcando el terreno que permitiría a los hombres seguirlo y comenzó a ascender por la montaña, asegurándose siempre de que le pisaban los talones. Durante la carrera escuchó varias veces un estruendo familiar que le recordaba la explosión de los truenos durante las tormentas. No sentía miedo a la muerte, aunque sabía que ésta lo rondaba disfrazada de cazador. Cuando alcanzó la cumbre pensó que había llegado al cielo, pues las brumas heladas rodearon su fatiga. Medio aturdido aún, pisó una piedra que se fugó con él montaña abajo. Cayeron al precipicio con la misma fluidez con que la lluvia del verano se desprende de las nubes. Un saliente del peñasco detuvo abruptamente la caída. Papá Oso perdió el conocimiento, antes de escapar del mundo vio como la piedra era tragada por el abismo. Al despertar, herido e impotente, limitado por unos pocos metros de terreno rocoso, pensó que la muerte era mejor que aquella cárcel suspendida sobre el barranco, pero el recuerdo de sus hijos, de su compañera y la necesidad de salvarlos, impidió que continuara el viaje al país de los muertos. Habían transcurrido varias horas, había nacido la noche, y él continuaba allí, aislado, rodeado de silencio, y con el bosque que días atrás soñó como su nuevo hogar enfrente, pero sin poder ganarlo, sin poder disfrutar de su espesura y cobijo.

La Señora Osa escuchó el grito de su compañero. Atrapada en el presagio de la desdicha reunió a su familia y los escondió en el fondo de la cueva, no sin antes cubrir con ramas y hojas sueltas el umbral. Pasaron la noche sin hacer ruido, escuchando los sollozos ahogados de Este, que en su inocencia no podía comprender qué sucedía. Ya al amanecer, el cansancio los abrazó como se abrazan los amantes después de una noche en vela, y pudieron descansar un poco. No así la Señora Osa, que esperaba con inquietud el regreso de su compañero. Cuando el gallo anunció que el sol despertaría pronto, se puso en pie y abandonó la cueva con sigilo para ir a buscar al Señor Oso. La búsqueda fue infructuosa. Había desaparecido. Su olor se desvanecía sobre el arroyo. De pronto, escuchó un nuevo grito. No como el del día anterior, no, éste tenía el sabor amargo de la comida descompuesta. Era un grito de dolor y nostalgia. Se reunió con sus hijos y entre todos buscaron el lugar de procedencia de los lamentos de Papá Oso. Al fin lo vieron. Parecía un abrigo de invierno colgado en un armario.

No se veía forma alguna de llegar hasta él. Subieron la montaña, intentaron rescatarlo, pero fue inútil. Estaba abandonado en medio de la nada. Entonces comenzaron a comunicarse a gritos. El Señor Oso estaba triste y agobiado por la sed; la separación de los suyos le carcomía los huesos, pero todos se alegraron y dieron las gracias a la vida por estar vivos y por encontrarse nuevamente aunque los separara un abismo.

Tuvieron que replantear la situación. Los oseznos mayores se dedicaron a recoger alimentos para el invierno. Mamá Oso y Este se dedicaron a cuidar a distancia a Papá Oso. Para combatir la tristeza se paraban y le contaban a gritos todo lo que sucedía con ellos. Lo tranquilizaban dejándole saber que estaban bien y que tenían almacenados los alimentos para sobrellevar el invierno. Le cantaban alegres canciones, y Este le contaba cuentos para que pudiera conciliar el sueño. Él hacía lo mismo. Pasaba las noches imaginando historias para contarle, en las que su pequeña era una heroína. Ya a la mañana, animaba a su familia fabulando cómo sería la vida futura cuando consiguieran juntarse de nuevo. La Señora Osa habló con las aves, comandadas por el águila, para que ellas hicieran de correo y llevaran todos los días agua y alimentos al prisionero de la montaña; a su vez, el Señor Oso devolvía con los mensajeros diminutas figuras impregnadas de amor, que tallaba a mano durante su ocio obligatorio.

El destino que todo lo mueve a su albedrío tenía otros planes. Los oseznos mayores crecieron y el instinto los lanzó contra el mundo. Partieron en busca de su propio destino con la promesa de regresar a tiempo, con sus futuras familias, para almacenar los alimentos. La Señora Osa y Este continuaron la infatigable labor de cuidar desde la distancia a papá; hasta que la realidad puso a Mamá Osa de cara a duras decisiones. Ya el frío se acercaba al bosque. Mientras paseaba con su pequeña cerca del lago encontró nievas marcas de hierba. Ambas corrieron a esconderse. El Señor Oso supo que algo andaba mal cuando no volvió a escuchar las canciones que los despertaban todas las mañanas. Cuando Mamá Osa y Este se arriesgaron a salir, acudieron a visitarlo y a relatarle lo sucedido, Papá Oso aconsejó que la única salida posible era volver al viejo bosque y reunirse con sus hijos y sus viejos amigos. Sabía, al igual que Mamá Osa, que si se quedaban tenían pocas posibilidades de sobrevivir. Si no partían pronto el invierno no les permitiría viajar. La partida era necesaria e inaplazable. El último día cantaron entre sollozos las viejas canciones haciéndose muchas promesas. “Volverás pronto, ya lo verás estrella mía” fueron las palabras de despedida de pequeña Este.

Papá Oso las miró e intentó embadurnar su memoria con esta última imagen. Los verdes que antes brillaban parecieron opacos y envejecidos. Mamá Osa y su pequeña cría se alejaban. A cada paso volvían la vista atrás, posaban un beso en sus pezuñas u se lo enviaban con el viento, como hacen las flores con el polen. Los besos llegaban hasta Papá Oso como una caricia dolorosa. Su cuerpo se clavó en el piso, fundiéndose con la piedra, y de sus ojos comenzaron a manar dos filamentos de agua que nunca se detuvieron.

El bosque se adornó con una nueva joya: una cascada que brillaba como los diamantes en el cuello de una reina, transformando el bosque en un paisaje navideño.

Los hombres invadieron el bosque convirtiéndolo en un paraje turístico que atraía por su extrañeza y exotismo, por la magnificencia del paisaje y su peculiar cascada.

De los dos puntos diminutos horadados en la piedra brotaba un chorro fulgurante, un torrente salado, un pedazo de mar. Quienes visitaban el bosque decían que en las noches de luna llena se escuchaban en la lejanía unos gritos desesperados de un padre que clamaba por su familia.

E.A.C.


BOTAS Y AGUA por R.N.M.R

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Empiezo la carrera, los primeros kilómetros, el terreno es liso y deslizante, no parece tan angustioso como dicen, sigo avanzando sin descanso y empiezo a tener sed, solicito ver a mi madre y a mi hermano, para que se adentren en la carrera y les permitan darme un pequeño buchito de agua. Y así es, se lo permiten, se vuelven a alejar del camino y con mucha tristeza sigo mi ritmo, empiezo a seguir avanzando y hago amistades en el camino, con las que el mismo, se me sigue haciendo fácil.

Muchos empiezan a tropezarse por causa del cansancio y del agobio. Con tristeza yo sigo mi ritmo sin detenerme, y sigo avanzando. De repente, a lo lejos, empiezo a ver una cuesta hacia arriba llena de gravilla, y digo para mí: “¿será solamente este cachito del camino?”. Vuelvo a tener sed, y vuelvo a solicitar ver a mi familia para que me den de nuevo agua, y así es… otro pequeño buchito. Qué buena está el agua cuando verdaderamente la necesitamos.

Pero esta vez, les noto un poco raros y digo: “no os preocupéis, tan solo es una pequeña cuesta con gravilla. No me rendiré, yo puedo madre”. Mi madre triste y desolada junto a mi hermano menor empieza a llorar, y me dice: “hijo, no dejes de luchar, yo estoy aquí, junto a tu hermano para traerte agua cada vez que la necesites… pero hay un problema hijo, tienes otra carrera más dura que no es la tuya y ya no hay vuelta atrás, es mucho más larga y tiene muchos baches. Más para adelante, después de la gravilla, viene un tramo bastante angustioso llenito de barro”. “Ponte las botas que te regaló tu padre y sigue avanzando sin detenerte, como bien te enseñó él, porque me duele decirte que detrás tuya, viene una buena manada de lobos a por ti”. “No aprietes el paso porque te sofocarás y tendrás flato, tampoco aflojes el paso que te alcanzarán y te devorarán”.

“¡No me digas madre!, entonces ¿qué hago?”. “Coge un ritmo adecuado en el que puedas mantenerte y no sofocarte, yo te daré el agua que necesites, y tienes las botas que tu padre te regaló, que estoy segura te van a ayudar más de lo que tú te piensas. Solo hijo tienes que aguantar y ser fuerte”.

Lo comprendí a pesar de que no era fácil asimilarlo, y dije: “madre, tengo el agua que necesito gracias a ti, y tengo las botas de padre que me harán el camino más fácil. Te prometo que no me rendiré mientras tenga vida. Te querré a ti y a mi hermano de por vida”.

R.N.M.R.


MELODÍA DESAFINADA EN BEBOP (Parte II) por I.M.A.

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… El asiento del autobús ocupado, los paseos por el patio, las comidas…. Todo se desarrollaba con su hijo Dubutu. No podía dar crédito a lo que acababa de descubrir y parecía evidente que Dubutu sí había existido en su pasado.

Fue un pequeño honor que cuando inconscientemente Bebop me reveló su secreto, el transformó la relación con su hijo en algo normal hacia mi persona. Pienso que le dejó muy aliviado y feliz el hecho de que yo lo aceptase. Bebop se levantó y me dijo: “¡Es la hora de pasear con Dubutu!, él me espera, hoy tener muchas cosas de que hablar con él”.

“Muy bien Bebop, disfrutad mucho”, le animé aun sin poder reaccionar como consecuencia del “shock” que me había producido semejante descubrimiento.

Resumiré el final de la historia: pasaron otras dos semanas conviviendo con Bebop y siguiéndole la corriente con Dubutu. La noche anterior a mi partida fui a despedirme de Bebop. Cuando asomé la cabeza por la entrada de su celda, Bebop estaba tumbado en la cama llorando.

“¿Qué te ocurre amigo?!”.

“Estoy tan triste, tengo dolor por tener a Dubutu en este lugar, siempre cerrado en módulo, siempre utilizando su compañía para procurar sanar mis penas”. Quedé pensativo.

“Bebop, de eso llevo días queriendo hablarte y creo que debo hacerlo antes de regresar a Madrid y te pido disculpas por mi atrevimiento pero te ruego lo tomes como un gesto de aprecio. Dime algo Bebop ¿no crees que deberías dejar marchar a Dubutu?.

Bebop puso cara de asombro.

“¿No te parece que Dubutu estaría mucho mejor fuera de aquí?”.

“Eso ser muy duro para mí”. Respondió entre sollozos.

“Amigo mío, yo te comprendo, te comprendo mucho más de lo que puedas imaginar, pero tu hijo tiene el derecho de descansar, de ir en busca de paz, paz que aquí te sería imposible encontrar. Tu hijo necesita partir y probablemente tu más que él, necesites que lo haga. Debes liberarte de todo esto y debes liberarte tú”.

“Pero… eso sería que me abandona, eso sería que no me quiere, sería horrible”.

“No Bebop, es exactamente lo contrario, él no te abandonaría jamás, él partiría hacia un lugar hermoso, donde hay paz, donde solo existe amor y desde donde él puede cuidar de ti. Él debe marchar porque te ama y tú debes permitir que lo haga porque le amas doblemente. Bebop prométemelo”.

Se mantuvo en silencio por unos minutos, con los ojos cerrados.

“Lo prometo señor”. Respondió con un gesto de resignación.

No dimos un abrazo de despedida y me fui a dormir.

Al día siguiente cargue con mi equipaje y bajé listo para viajar. Me despedí de unas cuantas personas y al asomarme por la ventana, me entró la risa a la vez que sentí una gran compasión por Bebop. Ahí iba él, vistiendo sus flamantes guantes azules de cuero, balanceando su cuerpo de un lado a otro, con paso lento y su mano, esta vez yo lo sabía, entrelazada con la de su hijo Dubutu. Iba cantando mientras con su mano derecha llevaba el compás de la canción alzándola con el mejor estilo, como cuando Leonard Bernstein dirigía grandes orquestas sinfónicas. Me dije para mí mismo: “Quizá todo esté bien y así deba de ser, al fin y al cabo tal y como Charlie Parker decía: “en jazz hasta las notas disonantes son bellas y tienen su espacio”.

Una vez en el autobús, me ubicaron en el compartimento número diez. En el asiento de la derecha estaba sentando un hombre de mediana edad, desaliñado. Barba de varios días, con cara de pocos amigos y una cicatriz se dibujaba en la frente. Le trasladaban a Madrid para finalizar su condena después de tres años en Álava y, por supuesto conocía a Bebop cuando le pregunté por él:

“¡Ah sí! Ese negro gordo que está como una puta cabra, joder tío ese por lo visto es un Tutsi, esos que se están matando todo el día con esos otros jodidos negros de otra tribu. Tío… ¿se dice tribu o etnia?… no me acuerdo como se llaman.

“¿Hutus?” Le pregunté.

“Sí tío! Eso… Hutus. Por lo visto entraron en su casa o en su choza o en donde coño vivían esos negros y violaron a su mujer y a su hija, luego los hicieron picadillo, las descuartizaron tío”. Exclamó excitadísimo, como entusiasmado.

A pesar de la repugnancia, del asco y la rabia que estaba sintiendo por este personaje, continué preguntando, su forma de narrar los hechos era como para vomitar.

“¿Qué ocurrió con su hijo?”.

“Le cortaron la cabeza tío, y por lo que me han contando tío el gordo no hizo nada, el muy cabrón debió salir corriendo y salvó el pellejo, ¡qué negro cabrón!”.

Sentí ganas de matar a ese impresentable, sentí tanto odio que en ese momento lo hubiese puesto debajo del autobús deseando intensamente que pasara por encima y lo hiciera trizas, pero finalmente conseguí calmarme no sin que mi estómago ya se hubiese revuelto por completo.

Por esas coincidencias de la vida, que nunca son casualidades, pude escuchar la historia de Bebop una vez más Esta vez por una persona que demostró una sensibilidad exquisita y muchísimo respeto a la hora de explicarme lo sucedido. Todo fue como me contó aquel personaje desalmado del autobús, con una diferencia: Bebop nunca escapó dejando a su familia abandonada a su suerte. Bebop fue amarrado a una estaca, le quemaron las plantas de los pies y las palmas de las manos, le arrancaron las uñas. Los hutus se retiraron y Bebop permaneció varios días atado, presenciando aquel dantesco espectáculo de cómo los buitres se daban un festín con los restos de su familias esparcidos por el suelo. Finalmente desvaneció despertando en la cama de un hospital de Kigali.

Bebop fue sentenciado a una condena de 8 años y un día por robo a mano armada y violencia de un vehículo según se pudo comprobar en las imágenes captadas por las cámaras exteriores de una tienda de Bilbao, en la calle General Concha, por cierto, cámaras en blanco y negro, cuyo detalle es infinitamente menor a las de color. Además varias personas declararon como testigos de aquel suceso. Es cierto que Bebop había sido detenido en Madrid por robar en el supermercado de unos grandes almacenes, el me lo contó, pero como bien decía “Dubutu y yo tener que comer”. Como consecuencia de esa detención Bebop fue asociado por la policiía en el atestado de Bilbao.

En el auto emitido por el juzgado de instrucción de Bilbao , Bebop declaró que el día de autos se encontraba en Madrid, en un Burguer King celebrando el cumpleaños con su hijo Dubutu. En el mismo auto, el juez hace eco sobre el falso testimonio en la declaración de Bebop ya que como se pudo comprobar Bebop no tenía hijos. Por otro lado, en conversaciones que pude mantener con él, las únicas ciudades que Bebop conocía en España eran Algeciras y Madrid. Curiosamente Bebop no sabía conducir.

Nunca se pudieron comprobar sus huellas dactilares, sencillamente porque Bebop no tenía huellas en sus dedos. Cuando tuve mi primer encuentro en el autobús con Bebop, él regresaba de Madrid donde había sido citado para una rueda de reconocimiento, afortunadamente en esta ocasión Bebop quedó libre de cualquier cargo.

Mi intuición, que en este caso particular emana desde lo más profundo de mi corazón, me dice que lo único que hizo Bebop fue crear un pequeño mundo, una burbuja dejando fuera de ella el odio, el horror y parte de su sufrimiento. Un lugar donde poder cohabitar con su último recuerdo, su hijo Dubutu.

Tengo la firme convicción que mientras este planeta cuente con personas como Bebop, con pequeños creadores de esperanza y de paz, creadores de escenarios de bondad, reales o imaginarios, eso no importa, el ser humano tendrá algunas posibilidades de subsistir y de conservar la especie.

Al fin y al cambo ¿quién nos asegura que hay diferencia entre lo real o lo imaginario? ¿no es lo mismo?

Por I.M.A.


MELODÍA DESAFINADA EN BEBOP (Parte I) por I.M.A.

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Más que un autobús aquello parecía un cambión de transporte de ganado. Aunque pensándolo bien, creo que existe una ley que obliga a transportar el ganado en mejores condiciones.

“Dios mío, como tengamos aquí un incendio o este trasto vuelque, no salimos ni con la ayuda de todos los ángeles de la guardia celestial”, pensé.

El viaje desde Madrid hasta la prisión de Álava iba a ser largo y pesado. Al entrar en el autobús de la guardia civil, el agente me indicó que tomara asiento en el compartimento número once. Cuando abrí la puerta del habitáculo número once tal y como se me había ordenado, me encontré con un hombre de color que con una voz más bien cálida, muy poco acorde a sus grandes dimensiones exclamó: “lo siento señor pero está ocupado”. Yo pensé: “¿pero qué coño está diciendo?, disculpa pero el agente me ha ordenado entrar en este compartimento, el número once”. Respondí amablemente. “Usted puede decir agente que este sitio estar ocupado”. Insistió con el ceño fruncido.

“¿No comprendes que no puedo hacer eso?”, se lo pregunté haciendo uso de mi paciencia y con cierta preocupación porque era obvio que esto no pintaba bien. “Pues señor, usted verá, pero aquí no se puede sentar, porque no hay sitio”. Y sin más cerró la puerta de aquella pequeña celda móvil y permanecí durante un instante mirando la puerta con cara de perplejidad.

“Dios mío, ¿qué he hecho yo para merecer esto?” pensaba para mis adentros. Claramente la situación podía complicarse y no poco. No podía hacer partícipe al guardia civil de semejante discusión, aquel hombre a pesar de su terquedad y rostro duro, transmitía una mirada noble. Yo era consciente que si metía al agente verde por medio, el saldría peor parado que yo. Me calmé, me di la vuelta y me dirigí a la parte trasera del autobús donde se encontraba el guardia civil sentado chequeando unos listados de no sé qué.

“Disculpe agente, ¿sería posible que pudiera asignarme otro compartimento? Padezco de claustrofobia y debido al gran tamaño del compañero que se encuentra allí y el limitado espacio del habitáculo, al ser un viaje tan largo, tengo miedo de poder sufrir un ataque de ansiedad”. Apretaba con mi mano el dedo pulgar, esperando una contestación poco amable tal y como suele ser costumbre entre la guardia civil. “Váyase para la 9”. Me respondió sin levantar la mirada de sus papeles.

Suspiré expulsando el aire de mis pulmones y me sentí realmente aliviado. La situación se había solucionado y además pude hacer el viaje solo, sin compartir con nadie esa jaula de circo.

Esa fue mi primera toma de contacto con “Bebop”. Le llamaba así porque su parecido con el músico y compositor de Jazz Charlie Parker era asombroso. A él le divertía el mote. No puedo asegurar que Bebop llegar a ser mi amigo, lo que sé con certeza es que al final sentí una gran empatía y una gran compasión por él.

Bebop se sentaba por las mañanas en un pequeño banco situado entre la salida al patio y una cancha de baloncesto y su saludo siempre era el mismo: “Buenos días señor, ¿cómo está usted esta mañana? ¿quiere un caramelo de menta?. Preguntaba sonriendo, levantando su mano derecha abierta, siempre cubierta por un guante azul de cuero. Bebop hablaba buen español salvo que de vez en cuanto erraba al conjugar los verbos.

“Muy bien Bebop, un día más. ¿Sabes?, hoy he soñado que una princesa venía a rescatarme y me sacaba de aquí”. – “Y cómo era esa princesa señor?”. Preguntó inmediatamente. “Era una princesa morena de ojos negros, cabello largo, sonrisa de las que embrujan, cuerpo delicado y guapa por la más bella gitana de Triana”. Bebop suspiró.

“Soñar con princesas muy bueno señor, ocurre que a veces los sueños no ser de princesas sino de gente mala, muy mala señor, y a mi repetirse y repetirse hasta que yo despertar con lágrimas en los ojos, con el alma encogida y el corazón tan roto que no tener fuerza para salir de cama”. Mientras me lo decía, apretaba sus manos con tanta fuerza que se podía apreciar como asomaban las venas de su antebrazo.

“¿Y eso Bebop? ¿por qué esos sueños?”. Pregunté por curiosidad. Bebop se levantó del banco y sin decir palabra se puso a caminar. En esta ocasión Bebop adelantó su paseo diario. Caminaba alrededor de ese patio frío, siempre en la sombra por el clima del norte, al fondo por encima del muro una cantera con sus lomas perfectamente guillotinadas, de donde probablemente se extrajo toda la piedra necesaria para la construcción de aquella prisión.

Era sorprendente su forma de caminar. Bebop caminaba con un ritmo lento, su cuerpo se balanceaba al igual que un barco navega al recibir las olas por sus bandos de babor y estribor simultáneamente, de un lado a otro, perfectamente coordinado en los tiempos. Su brazo izquierdo se alzaba hacia delante y hacia detrás y su brazo derecho permanecía inmóvil, ligeramente separado del cuerpo, con la mano abierta y tímidamente doblada hacia dentro. Pero lo más llamativo y lo que más curiosidad me causaba era que Bebop durante sus paseos no cesaba de hablar. Hablaba todo el rato, a veces se ponía serio, a veces soltaba alguna carcajada y a veces simplemente una leve sonrisa.

Así transcurrían los días de Bebop, nunca quise preguntarle por qué estaba allí. No por nada en especial sino porque simplemente no me interesaba. A Bebop le gustaba mucho el fútbol, Bebop se sabía la alineación incluso de varios equipos de segunda división. También le fascinaba el dominó y Bebop jugaba largas partidas probablemente tratando de esquivar tantas y tantas horas muertas.

Fue un día que mi compañero de mesa de comedor tuvo una visita de su familia y no pudo llegar a tiempo para la cena. Bebop estaba solo y me acerqué hacia él con mi bandeja. Estaba sentado reposando sus antebrazos sobre la mesa y eso sí, como siempre luciendo us guantes azules de cuero. “¿te importa que me siente Bebop?”, se lo pregunté y al mismo tiempo, sin esperar respuesta reposé mi bandeja sobre el tablero, dando por supuesto que la contestación sería afirmativa.

“Es un placer señor, por favor tome asiento”, contestó como siempre con una sonrisa. “¿Cómo estás amigo? ¿has tenido un buen día?”. “Excelente señor, hoy reí mucho”. Contestó. “Cómo me alegro Bebop”, le respondí también con una gran sonrisa. “¿Qué es lo que te ha hecho reír tanto?” pregunté intrigado y ansioso. “Cosas mías señor, cosas mías…” me respondió cerrando manifiestamente en banda toda posibilidad de una conversación sobre sus “risas”.

En ese momento observé que al lado de Bebop había un cubierto perfectamente organizado como si Bebop estuviera esperando a alguien para cenar. “Esperas a alguien para cenar Bebop?”, pregunté sorprendido. “No!”, contestó riéndose.

Bebop separó dos cucharadas de caldo y las vertió sobre el plato que mantenía a su lado. Troceó en dos partes su filete de carne y procedió del mismo modo. La verdad, yo no entendía nada, pero sabía perfectamente que en Bebop algo no iba bien. No tuve el valor de preguntar, la situación era tan extraña que muy al contrario de permitir que mi mente se anegara con pensamientos contrarios hacia su persona, sentí un profundo respeto.

Los días iban pasando y todos seguíamos a nuestra rutina. Yo con mis cosas y Bebop con su fútbol, sus paseos y sus dominós. Durante el transcurso de las siguientes dos semanas tuve varias charlas con Bebop y me agradaba porque Bebop me hacía reír, hasta que un día, sentados en el banco del patio, se produjo una situación sorprendente.

“¿De dónde eres Bebop?”, le pregunté.

“Adivine”. Me retó en un tono desafiante pero simpático.

“Yo diría que eres de Nigeria”.

“Ja!, no señor, ¿por qué te parece que yo nigeriano?”.

“Tu acento me recuerdo a un nigeriano que conocí en la ciudad de Kano, Nigeria. Él hablaba un español parecido al tuyo y además tu color también es muy similar, eres uy negro, de lo negro que eres casi eres morado”. Bebop soltó una carcajada, me preguntó si yo era racista.

“No, para nada”, negué con rotundidad. “En realidad me importa poco si una persona es negra, amarilla o verde. No es el color de la piel lo que me interesa, es el color del alma”.

“¿Verde?” preguntó Bebop, “¿verde como marciano?¿usted tendría un amigo marciano?”.

“Claro Bebop, tener un amigo marciano sería extraordinario imagínate como….”

“El alma ser de grande importancia”. Me interrumpió. “La calidad del alma de una persona verse clara cuando situación en la vida es difícil”. Quedó pensativo fijando la mirada hacia el infinito.

“Qué razón tienes amigo, no podría estar más de acuerdo contigo. Cuando hay un gran queso en una fiesta, todos los ratones acuden de inmediato, pero cuando la siguiente fiesta es sin queso, solo asisten unos pocos, “los de verdad”, los ratones que se acuerdan que la fiesta del queso también la organizaste tú. En cualquier caso, no me has contestado ¿de dónde eres?”.

“Soy de Ruanda, soy Tutsi”.

“Tutsi… “ quedé sorprendido, “¿tienes familia Bebop”.

“Sí, un hijo varón de 6 años, se llama Dubutu”

“Y en la vida de mi amigo Bebop ¿Existe una señora Bebop?”

“Salumma-Du existir en el corazón, pero estar en el cielo”. Se hizo un silencio.

“Lo siento Bebop, lo siento mucho”. Bajé la mirada hacia el suelo.

“Yo también señor, mucho…” respondió mientras sus ojos se humedecían.

Dejamos pasar diez minutos en silencio, como meditando, como cuando dicen que ha pasado un ángel. Rompí el silencio “¿Dónde está tu hijo Dubutu?”. De pronto Bebop se echó a reir.

“Por Dios señor, ¿me lo pregunta de verdad? Usted cenar anoche con él en la misma mesa!”. Continuaba riendo. “¡Y no darse cuenta!”. Añadió.

Por un momento me quedé paralizado, no quería asumir lo que mi consciente me estaba revelando en aquel preciso instante. Fue el momento en el que entendí todo.

Continuará…