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MENTE Y CORAZÓN por M.R.

“Eres un cabezota”, “mi hermano es muy cerebral”, “tienes que hacer de tripas corazón”, “he tenido una corazonada”, “lo nuestro fue un flechazo”…

Estas frases que hemos dicho u oído miles de veces son la base de lo que quiero compartir y tienen más profundidad de lo que parecen. Hablan, según el caso, de por qué nos dejamos llevar más, si por los sentimientos o por los pensamientos (o razonamientos).

Yo creo que todas las personas que estáis leyendo esto ahora mismo, habéis tenido un flechazo alguna vez; solo con ver a una personas determinada en un momento determinado y a veces, sin hablar si quiera con ella, hemos tenido la seguridad de que era nuestra media naranja. Nos hemos enamorado en una fracción de segundo, y es en este punto donde me quiero detener.

Ese flechazo, reconozco que es precioso, pero es una sensación irreal. Enamorarse es sentir amor por alguien, y eso en su expresión verbal es amar; y amar es, según los entendidos, dar la vida por la persona amada. Entonces, reconozcamos que, a una persona que nos ha “deslumbrado” en un momento de atracción y quizá no hemos cruzado una palabra con ella, no daríamos nuestra vida por la suya. Lo correcto es (o sería) conocer a esa persona (mucho), saber sus valores, si es persona buena, justa, coherente, equilibrada, responsable, sana, o si por el contrario es cruel, sin valores, sin escrúpulos, inmadura… Conocerla de tal manera que no dudemos de que sea al máximo compatible con nosotros. Abogo, por una decisión en la que los sentimientos se complementen con los pensamientos.

Decía Aristóteles que la máxima virtud es el equilibro, y como animales racionales, esto debería ser algo sencillo e inherente de conseguir; nuestros compañeros irracionales funcionan mayoritariamente por su instinto y en un pequeño porcentaje por sentimientos y pensamientos.

Tenemos un cerebro que, por algún motivo es capaz de dictarnos órdenes coherentes, razonables, razonadas e inteligentes y un corazón que nos “endulza” con amor, cariño, pasión, bondad…Sería buenísimo que supiésemos combinar estas dos armas tan poderosas en nuestro propio bien y en el de los nuestros.  No nos dejemos llevar por nuestro primer impulso, dejemos ese comportamiento para los animales, que en muchos casos muestran más inteligencia que nosotros mismos.

El mismo rasero habría que recomendar a esas personas cerebrales que se pasan la vida analizando datos y comparando situaciones. Aquellos que no experimentan sentimientos ni sensaciones. Pienso que tienen una vida muy triste.

Lo dicho, amigos, combinemos nuestra mente y nuestro corazón.

M.R.

 

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DE LA CÓLERA Y LA IRA por J.L.I.C.

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Cólera, producto de la irritación: arrebato, enojo o enfado, llevado a los últimos límites. Límites alcanzados por algo que nos contraría, sin importar si la acción física o verbal que sentimos como agravio u ofensa, sea contraria a nuestros intereses o sentimientos; buena o maña; justa o injusta. Es indiferente. Una vez alcanzada la cólera, toda acción de repulsa u oposición, es injusta y desproporcionada; el único objetivo es hacer el mayor daño posible en el menor espacio de tiempo. Y si fuese posible, llegaría el encolerizado al límite del exterminio.

No importa, ni siquiera valorable el daño que pueda ocasionar, pues el hombre, en esos momentos de cólera, pierde totalmente la consciencia del momento presente. La razón es incompatible en su totalidad con la ira y la cólera.

La cólera es un efecto, una desviación involuntaria del espíritu, pues surge de improviso como acto reflejo; no obedece a razonamientos, ni a reflexión alguna, al igual que el impulso nervioso de recibir agua fría en la espalda.

Cólera o ira, es aquella que se salta a la razón y que, en su meta final, culmina en el atropello.

En grandes ocasione, es producida por la injusticia, en otras, por la contradicción, hasta llegar al desvarío y la sinrazón.

Para combatir la cólera del colérico, la mayor y mejor estrategia es la esquiva, pues es una ataque sin razonamiento ni control, y, por lo tanto, en la defensa no debería existir precipitación. La precipitación y la pérdida de consciencia de los sentidos básicos y primarios, es la desvinculación y desventaja del hombre encolerizado.

Esquiva la primera agresión, su primer verbo ofensivo, para así, aumentar su descontrol, y seguidamente, mediante la canalización y la fusión de la cólera y el auto-control; de lo bueno y lo malo; del ying y el yang, unifica y dirige la energía (la acción), para desembocar en su fuente de inicio, donde transformará su cólera en quietud.

Pero empresa más ardua, es no caer en manos de la ira y la cólera. Solo una larga y dura preparación dará fruto; conseguiremos controlar y evadir a nuestra mente de tan grave error, pues tan solo, y tras la toma de consecuencia del bien y el mal, de la vida y la muerte, de la luz y la oscuridad, etc., alcanzaremos el equilibrio mental, templando nuestro espíritu; y así podremos dominar y controlar nuestras sensaciones y sentimientos. Esta es la fórmula para evitar el desvarío y la ofuscación y, por el contrario y, a través de la reflexión, conocer nuestro lado oscuro, viciado, que nos conduce a la inflexión.

El hombre encolerizado, por lo general, no contra aquellos que le agraviaron, sino contra aquellos que presume que le van a agraviar acometerá, y esto demuestra que la ira y la cólera no nacen de la ofensa.

Las fieras salvajes carecen de ira, no son víctimas de la razón o la sinrazón, pues aunque produzcan daño o dolor, no los buscan. Las fieras salvajes se rigen por el equilibrio y templanza que impone la madre naturaleza.

Cólera: exceso de ego y soberbia, falta de paz, sosiego y humildad.

Ego: exceso de súper yo; no acepta la oposición ni la competencia, ya que, en su viciado error, como defecto, está al margen de la auténtica realidad, que para él supone el mundo exterior.

Soberbia porque él se cree el mejor. Falta de paz, pues ésta no existe en su interior. Su ego le obliga a estar en guardia continua, y por lo tanto siempre está en plena tensión. Tensión que le priva del sosiego; su intranquilidad ocupa el espacio, pues es superior.

De humildad, porque carece de la virtud de conocer y ser consciente de sus limitaciones y debilidades; para el colérico, la humildad es una bajeza de una especie inferior; y ésta es siempre su perdición, porque siempre encontrará a un ser humilde y sosegado que le vencerá por ser realmente superior.

“Quien actúa movido por la cólera, es porque no tiene ningún control de sí mismo; quien sin control se mueve, su propio veneno ingiere”.

Por J.L.I.C.


LA CONTAMINACIÓN por J.L.I.C.

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¿Qué es la contaminación? Cuando pensamos en la contaminación lo primero que se nos viene a la mente son los humos, la polución que producen las industrias, los vehículos, las calefacciones de los edificios o los vertidos residuales que terminan en los cauces de ríos o arroyos.

Pero hay otra contaminación que marca nuestras vidas a través de nuestras acciones, éstas, inducidas por la contaminación. Todo en la vida puede ser bueno, o por el contrario, contaminante.

El cloro, es una sustancia química necesaria e imprescindible en nuestras vidas; en su justa medida, marca el equilibrio y nos permite potabilizar el agua que consumimos, líquido elemento imprescindible para la vida. Sin embargo, el cloro en exceso, es contaminante, es un veneno que pone en peligro la propia vida.

El amor, arduo sentimiento que puede llenar nuestra vida de dichas o desdichas. El amor, en perfecto equilibrio se traduce en el acto de amar; amar es un acto de entrega que mana de dentro hacia fuera sin ninguna condición, no limita la libertad de quienes amamos.

Por el contrario, el amor en desequilibrio se transforma en contaminante y, se traduce en querer. Yo te quiero, yo quiero un coche… querer es un acto de posesión que limita la libertad de las personas que decidimos querer, pues rompemos el equilibrio contaminándonos a nosotros mismo, así como a nuestro entorno.

Por J.L.I.C.