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LA CATEDRAL por M.R.

Hola. Llevaba muchos años queriendo hacer lo que voy a hacer hoy. Es una cosa muy sencilla, pero por H o por B nunca me había puesto a ello. Os voy a contar un sueño que tuve hacer varios lustros; no un sueño poético o metafórico, sino un sueño real, que tuve una noche. Para mí fue tan vívido e intenso que no he olvidado un solo detalle. La verdad es que fue una pesadilla.

En la vida real, mi madre tenía una amiga que tenía dos hijas gemelas dos años menores que yo. Un día de verano, fui a un pueblo llamado San Rafael, en la realidad con estas dos hermanas amigas mías. Íbamos a comer y a pasar unos días al aire libre.

Cuando llegamos a esta localidad segoviana subimos a la montaña a disfrutar unas horas. Cuando sentimos hambre nos bajamos al pueblo a comer en un bar. Estando allí, un pensamiento explotó en mi cerebro: ¿y las niñas?, yo era el responsable de ellas. Había desaparecido.

Me vi en el Land Rover en el que habíamos llegado, conduciendo a toda velocidad montaña arriba. Por algún extraño motivo, me había “olvidado” de las gemelas allí y no me las había llevado a comer.

En ese momento, el soleado y alegre cielo veraniego se cubrió de una gigantesca nube negra que hizo que de repente pareciera que anochecía, mientras una violenta lluvia empezó a caer.

El todo terreno aceleraba pendiente arriba. Yo estaba súper angustiado por la suerte de las dos pequeñas hermanas.

Paré el coche en una explanada, en la que yo sabía que habíamos estado unas horas antes. Miré a mis pies y vi como el suelo se resquebrajaba, y emergían del subsuelo dos ataúdes plateados, separados por cosa de un metro. Me espanté, pues sabía perfectamente quien estaba dentro.

En ese instante, sonó un fortísimo estruendo, mientras el pánico por ver aquellos dos nichos seguía creciendo en mi interior, el suelo volvió a agrietarse. La lluvia seguía cayendo brutalmente. Ante mis ojos emergía poco a poco, una catedral de tamaño colosal. La tierra estaba dando a luz, sacando de sus entrañas, un gigantesco templo medieval. Arena, rocas y raíces de árboles caían a mi alrededor, fruto de aquella demoledora erupción.

Yo solo podía seguir observando atónito como aquella mole de granito y mármol crecía ante mí. Aquel techo abovedado, aquellas columnas de gran diámetro, las filas de bancos de madera para os feligreses. Estatuas de ángeles, mirándome con sus espantados ojos de piedra.

Finalmente, cuando aquella maravillosa y espeluznante acción acabó, y yo estaba en medio del pasillo principal de aquella catedral, un coro de cientos de voces graves y masculinas atronó en aquellos muros. ¿Cuándo iba a acabar esa locura? En el exterior, las gotas de la tormenta furiosa golpeaban las 20 enormes vidrieras. Los truenos, demoledores, servían de base musical al tremendo coro que no cesaba.

En ese momento, de ambos lados del gran altar de piedra gris, comenzaron a salir cientos de monjes. Caminaban lentamente, ataviados con hábitos negros, cantaban solemnemente una triste letanía. El primero de ellos, portaba una gran cruz plateada.

PD: Mientras iba traspasando esta pesadilla desde mi memoria al folio, me iba dado cuenta de lo dificilísimo que es describir un sueño. ¡Qué complicado resulta plasmar la inmensidad y la absurdez de esa mentira onírica en una expresión! De este trabajo, espero, por lo menos, expulsar de mi ánimo este producto tan angustioso que me ha acompañado hasta hoy.

M.R.

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BENDITO SEA TU NOMBRE por M.R.

A finales de 1.808 el general Napoleón Bonaparte terminó de preparar su plan más ambicioso: la conquista de Rusia.

La más alta y distinguida jerarquía del ejército francés asesoró al futuro Emperador.

Un proyecto militar tan ambicioso como complejo como nunca había visto el hombre, no podía contemplar ningún error, ni mucho menos fracasar. Napoleón tenía claro que si quería dominar Europa tenía que someter al gigante ruso.

La clave era salir de Francia en pleno invierno, para tres meses después llegar a las lindes del Zar cuando comenzara la primavera. El principal enemigo de los galos era el frío tan descomunal que asolaba esa zona del continente.

Así, el 4 de enero de 1.809 partió de París un contingente poderoso, 500.000 soldados de infantería pie, 1.000 unidades de caballería, 500 médicos militares, 250 enfermeras voluntarias (aunque se apuntaron más de 400) y 80.000 miembros de la Reserva, encargados de la logística. Más 300 fuerzas de mando.

Este relato se postra ante todas estas personas que pusieron su vida en un ideal. Este relato se rinde a todos los soldados de todas las guerras. Personas que por su vocación dejaron unas vidas, unas tierras y unas familias para servir a su país.

Esta pequeña historia resume las últimas horas de un soldado hecho preso.

La marcha del inmenso ejército francés no contó con apenas incidentes. Cada territorio invadido, no suponía más que un centenar de bajas. Estaba siendo todo un paseo militar. Napoleón se sentía la reencarnación de Alejandro Mago.

Pero al llegar a la ciudad polaca de Gorlice se desató el infierno.

“Recuerdo que salían combatientes por todas partes y en cantidad infinita, por cada uno que derribamos aparecían tres. Parecían ajenos al dolor y al frío. Estaban como endemoniados. Mi regimiento de 1.000 soldados quedó aislado de los demás. Las municiones se iban agotando, así como nuestros víveres y nuestras fuerzas, son embargo ellos parecían multiplicarse en número y el ferocidad. La derrota en Gorlice ya era evidente.

Mi memoria plasmó un cuadro de fuego, sangre, destrucción, gritos, muerte y un puñado de soldados franceses huyendo hacia su propio sacrificio. Me negué a huir y a morir de aquella manera.

Aquella luna grande, hermosa, pura y plateada me vio erguirme, agarrar mi bayoneta y salir corriendo mientras aullaba como un lobo. No pensaba morir solo. Una serie de explosiones de cañón estallaron muy cerca de mí. El calor infernal y la metralla no consiguieron detenerme . VI aquel miliciano ruso cerca de mí, asustado y sorprendido. Un movimiento después, mi bayoneta se hundía en su estómago. Su mirada fue mía y su sangre bañó mis manos. Después silencio y oscuridad.

Ahora estoy esperando en mi fría celda, cuando la campana comienza a repicar. Me vienen recuerdos de mi vida pasada, mi hermosa y joven mujer, mi pequeño hijo, el coro angelical de la iglesia de mi pequeño pueblo, el asado de cordero que preparaba mi madre o las partidas de ajedrez con mi padre, pero ya no puedo hacer nada, porque a las 05:00 de esta gélida madrugada ellos me llevarán a la horca. Las arenas de mi reloj se escurren rápido…

Entonces la pasada y oxidada puerta se abre. Dos soldados con cara de estatua custodian a un viejo cura. Después de leerme unos pocos Salmos, susurra: “Bendito sea tu nombre. Amén”.

Y mis últimos pensamientos acuden con pena pero sin miedo, “Si hay un Dios ¿por qué ha permitido todo esto y por qué me deja morir? y ¿cómo será que la vida no es más que una extraña ilusión?”

Este texto está basado en la canción “Mellowed Sy thy name” de Iron Maiden


SALVAJE HUMANIDAD por E.F.B.

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Tengo que confesarlo: a medida que me hago más mayor, se incrementan en mi persona los índices de sensibilidad que contribuyen al sufrimiento. Cada día me noto más afectado por comportamientos de mis congéneres que, indiscutiblemente, nacen de una soberana estupidez; y lo que es peor, viendo cómo actúa una considerable parte del grupo, temo, que en algún momento yo mismo pueda ser uno de los actores en la comparsa de la gilipollez; si es que no lo soy ya.

Cuando veo esas imágenes de “ultras” de los equipos de fútbol europeos faltando al respeto a todo el que se pone por delante, destrozando el mobiliario urbano de ciudades en las que van dejando su vandálica huella y a las que, además, imprimen en su memoria una falsa imagen de lo que significan sus países de procedencia, no puedo por menos que verme invadido de incomprensión.

Soy un seguidor insaciable de los documentales sobre naturaleza, y deben ser miles, los de animales salvajes que colecciono con interés en los archivos de mi mente. He visto escenas escalofriantes de cuando, por ejemplo: el predador le da alcance a su presa extenuada y con dolorosos ataques va inutilizando las defensas de su víctima, clavando sus fauces en la carne vida que desgarra sin piedad. O las peleas feroces entre leones por asuntos territoriales en los que la supervivencia juega el papel fundamental. Es apasionante entender las motivaciones, que mueven a estos animales – que no hacen nada porque sí- a convertirse en “asesinos” justificados por la propia ley natural.

Sin embargo, las variantes del comportamiento humano parecen cada vez más inescrutables; cada vez se entienden menos los motivos por los que actúan algunas “jaurías” de bípedos pertenecientes al grupo de la humanidad.

Casi siempre intento mostrar respeto hacia cualquiera que se piense o actúe de modo diferente a como lo pueda hacer yo, entre otras cosas porque no soy dueño ni tan siquiera accionista de la verdad universal. No me considero tampoco discriminatorio con quienes defienden actos o ideas distintas a las mías, a pesar de aparentar contradicción cuando me esclavizan mis propias palabras, sobre todo en reuniones acaloradas en las que meto mucho la pata al esgrimir mi poco cuidado lenguaje coloquial. Pero se me hace cuesta arriba respetar a quienes, en el siglo XXI, aún pretenden imponer sus criterios a fuerza de brutalidad.

La raza humana destaca sobremanera por ser transmisora del conocimiento conquistado a través de milenios, y que sirve –o debería servir- para determinar la grandeza de una especie en cuyas acciones se encontrarían las claves del imprescindible equilibrio natural. Sin embargo, no paramos de comportarnos como unos “bichos” maquiavélicos, destructores y dañinos hasta el “no va más”. Para las religiones que contemplan finales apocalípticas, sin duda, el hombre representa la semilla indiscutible de una segura consecución.

Ya sé que este tipo de discursos es muy antiguo, como también sé que sigo ignorando cuál es la solución. Pero no dejo de sobrecogerme ante sucesos como la reciente “matanza de Orlando”, el drama continuo de molles de refugiados que huyendo de la muerte se ven atrapados por la misma sin piedad, las peleas entre “hinchas” del fútbol antes y después de la sana competición; por no extenderme en lo que sería la “enciclopedia de desaciertos humanos” jamás escrita y cuyas páginas viajarían más allá de la eternidad.

En definitiva, supongo que deberé seguir indagando en uno de los mayores misterios de la historia de la vida en la tierra. Desde luego no voy a renunciar a ver los telediarios porque soy de los que necesitan saber cómo está el mundo, pero la opción de los documentales sobre animales salvajes estará antes en mi lista de favoritos; decimos de ellos que son menos inteligentes que nosotros, pero, a veces, cuando me miran – sobre todo el caso del león – sus ojos parecieran transmitir el siguiente mensaje: “eso está por ver”.

Así que seguiré intentando aprender del resto de especies inferiores por si sucediese que tanta elevación interaminal afecta a la presión sanguínea y es por eso que no somos como deberíamos ser. Quién sabe si en el mundo de las fieras hallo iluminación a tan desazonadora oscuridad. Porque de verdad, no comprendo hacia dónde camina… ¿cuáles son los designios de mi propia raza? Y no solo es que no lo comprenda, además, me pregunto: ¿existe una manera humana de poderlo comprender?.

E.F.B.  


ANITA por E.A.C.

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El día que Anita, por fin, me abrió su corazón – como cuando un botón de rosa brota y se rinde ante la luz del sol- sentí caer sobre mis espaldas la carga de sus sufrimientos. Desde ese día mi vida cambió para siempre.

Fernando es mi hermano gemelo. Es un buen hombre. Quizás un poco machista y anticuado, pero una persona humana, fiel y responsable.  Nuestras vidas, aunque diferentes, siempre han caminado muy unidas.

Tenemos una relación muy especial: a veces hacemos las mismas cosas sin saberlo. Incluso, cuando sufrí un accidente, me contó que sentía los dolores que yo sufría, aun cuando nos encontrábamos a miles de kilómetros de distancia. Y, sin embargo, cada uno ha seguido su propia ruta. Él, por ejemplo, se casó muy joven con Elvira, su primer y único amor. Tienen dos hijos, Anita, una niña preciosa y encantadora y Enrique, dos años menor que ella. Decían en mi familia que no había sido un buen padre, porque no pasaba suficiente tiempo con sus hijos y parecía que  no los quisiera por igual. Pero yo creo que no era así; sucedió que se hizo representante de ventas de una importante compañía y eso le obligaba a pasar mucho tiempo fuera de casa, a veces largos periodos; no obstante, cuando regresaba, todo su tiempo lo dedicaba a su hogar con devoción.

-Lo que sucede es que me identifico un poco más con Enrique –se disculpaba mi hermano un día. – Con él puedo jugar al fútbol, ir de pesca y hacer todas esas cosas que hacíamos cuando niños. Eso no significa que quiera a uno más que al otro. ¡Por supuesto que los quiero igual! Yo no juego mucho con Anita porque me cuesta sentarme a jugar a las muñecas o a ponernos maquillaje. Por eso acordamos con Elvira que ella se encargaría de los juegos y demás cosas de la niña, y yo de Enrique.

Yo vivía en el extranjero, pero viaja con la frecuencia que me permitía mi trabajo, a visitar a mi familia. Cada vez que regresaba, llevaba a los hijos de mi hermano, que los quiero como propios, a otros sobrinos y sus amiguitos, de paseo al mar, a acampar o a algún lugar turístico. La pasábamos muy bien, ellos lo disfrutaban viéndolos felices.

Una de las razones por la que siempre los invitaba a pasear era Anita, que en aquel entonces tenía diez años. No sé. Me parecía que había algo extraño en su comportamiento. A pesar de ser una niña muy vivaz e inteligente, su modo de proceder no era normal. Su mirada era esquiva, siempre evitaba tener que mirarte a la cara; más bien tomaba cualquier cosa y jugaba mientras hablaba. La mayoría del tiempo parecía estar buscando algo en el suelo, y cuando te miraba, sus ojos irradiaban soledad y amargura. Yo sentí que su corazón palpitaba a otro ritmo, por eso siempre le dedicaba una atención especial cuando salíamos. Con el correr del tiempo fuimos buenos amigos, algo raro en ella, pues nunca le conocí un amigo que considerara especial, ni siquiera la vi involucrarse en los juegos que organizaban los otros niños.

-No me gustan los niños de mi edad –me dijo un día. ¡Son tan infantiles!.

-Pero si tú apenas eres una niña con ellos –le respondí sorprendido.

-Tal vez mi edad es de niña, pero mi corazón, no. –Contestó en tono firme.

Y de inmediato se marchó dejándome con las palabras en la boca y un sabor de boca agridulce. Cuando hablé al respecto con mi hermano y Elvira, me respondieron: “No te precupes, ella ha sido así desde niña. Es un poco introvertida, quizás muy madura para su edad. Por eso no se relaciona mucho con los otros niños, pero nada más”.

Un año más tarde, la nostalgia me arrastró de vuelta a casa. La separación de los míos hacía mella en mi corazón. Así que regresé y en esa ocasión estreché más mi relación con Anita. A diferencia de mi hermano, a mí me gustaba más compartir con ella. En el fondo era una niña como cualquiera, pero rodeada de un halo de misterio que despertaba mi preocupación. Rara vez se la veía reír; cuando algo le gustaba simplemente sonreía: su actitud hacia la vida era de desilusión. Su madre tampoco le dedicaba mucha atención, ella era directora de un colegio que absorbía la mayor parte de su tiempo.

Un día, en uno de nuestro rutinarios paseos por el parque, mientras caminábamos y degustábamos un helado, me lo contó, pero antes me hizo jurar que jamás hablaría de ellos con sus padres. Desde ese día todo cambió para mí. ¿Cómo ignorar a un pajarillo desvalido que un buitre saca con violencia de su nido? ¿cómo devolver su ruta a aquel apacible río que crece sin control en el invierno, y que arrastrado por la tormenta abandona su cauce destruyendo lo que se interpone en su paso?.

Yo, que toda la vida me he jactado de ser una persona madura, aplomada y tranquila, comencé a sentirme atribulado y confundido, y empecé a dormir poco. También cambiaron algunos de mis valores.

Acudí a las autoridades. Se sorprendieron, quizás me creyeron, y me dijeron que tendría que poner a Anita en evidencia porque su declaración era vital, pero así y todo, que era sólo su palabra, porque no había pruebas materiales, ni testigos. Eso nos dejaba pocas posibilidades de que se hiciera justicia.

Entonces tomé la decisión. Robé algunas fotografías del álbum familiar de mi hermano e indagué. Estaba decidido a remover cielo y tierra.

-Prométeme que si lo encuentras, me llevarás contigo –me dijo Anita un día.

-Te lo prometo – respondí.

La búsqueda duró tres años. Tres largos años con sus días y noches que parecían no tener fin. Cuando averigüé sobre cierto almacén en otra ciudad, de inmediato viajé ligero de equipaje y fui a buscarlo. Desde el aeropuerto fui directo a la dirección que me habían dado. Compré algunas cosas –que luego tiré a la basura- y me dispuse a pagar.

Él estaba allí.

Lo observé con fingida indiferencia, mientras mi estómago se revolvía convulsionado. Incluso tuvo que repetirme el precio de la compra dos veces, porque mis oídos se negaban a escucharlo. Tembloroso saqué el dinero del bolsillo y mordí los labios para no abrir la boca, luego salí tan deprisa que recogí el cambio.

Esa noche no concilié el sueño. El haberlo tenido frente a mí me conmocionó. Antes de seguir adelante, analicé con cabeza fría todo lo que Anita me relató. Sabía que yo no era la persona idónea para zanjar el problema, pero mis conversaciones con mi sobrina y el recuerdo de su mirada ensombrecida por la desgracia, hicieron mío su conflicto. Decidí continuar con mi plan.

Al día siguiente salía del hotel a deambular por la ciudad sin rumbo, hasta que el reloj marco las ocho de la tarde. Era la hora del cierre según un aviso que colgaba en la puerta del almacén. Justo antes de que cerrara, y tras asegurarme que el último cliente y los empleados habían abandonado el lugar, tomé aire y entré.

-Buenas noches- me saludó. Usted estuvo aquí ayer y se fue antes de que yo pudiera darle su cambio. Ahora se lo doy.

-¡No!-le dije.

-¿En qué puedo ayudar?-preguntó sorprendido.

Sin mediar palabra saqué del cinto la pistola que me había procurado y le apunté a la cara.

-¡cierra la puerta!-le grité, señalando el acceso al local.

-¿quiere el dinero? ¡lléveselo, llévese todo lo que quiera!.

-¿Tengo acaso cara de ladrón, maldita escoria?.

-¿Pues entonces, qué quiere? ¿quién es usted?.

– Me llamo Eduardo. Soy el que ha pagado la minuta del psiquiatra que intenta curar a Anita.

-¿Qué Anita? Preguntó mientras se arrodillaba cobarde a mis pies, implorando perdón con el gesto. Eso me irritó aún más.

– ¡Levántate! Levántate y mírame a los ojos, cobarde –le ordené, al tiempo que le golpeaba con el pie.

-¿Qué Anita? – volvió a preguntar mientras se levantaba gimoteando.

– La hija de Fernando que fue tu mejor amigo hasta hace unos años. La hija del que te brindó la mano cuando no tenías nada; el que hospedó y te convirtió en su socio, y a quien traicionaste abusando de su hija. ¿Sabes ya cuál Anita, hijo de puta?.

Su rostro palideció,  tal vez presintiendo lo que le esperaba, y comenzó a temblar sin control.

-¡Por favor! No me mate!

-¡Mírame a los ojos! – le grité otra vez.

Nuestros ojos se encontraron y entonces pasó ante mí la película del relato de mi sobrina; una visión que me mostraba cómo ese hombre le indujo con dulces y regalos a que le practicara sexo oral, al tiempo que le manoseaba su cuerpo inocente. Después la amenazó para que no le fuera a contar nada a sus padres ni a nadie.

Eso duró un año, cuando Anita apenas tenía seis.

Escuché de nuevo la voz entrecortada de mi sobrina: “Era extraño… yo me limitaba a hacer lo que él me había enseñado… cuando me lo ordenaba. Sólo tenía que hacer una señal… y yo sabía lo que debía hacer. Recuerdo que en una oportunidad, él hablaba con mi madre mientras ella planchaba la ropa… entrecerró la puerta y dejó su cabeza por fuera… me hizo la señal y se bajó la cremallera…”.

Mientras ella lloraba inconsolablemente, yo me doblaba en el lavabo a vomitar.

Tenía su abominable figura ante mí. Mis dedos actuaron antes de que mi cerebro diera orden alguna. Apreté el gatillo varias veces y vi como caía su cuerpo degenerado y sucio sin que sus ojos se apartaran de los míos en ningún momento.

-Ahora estamos pagos-le dije.

Me incliné, tomé la llave y salí del almacén, con una frialdad que me aterrorizó.

No tuve elección. Yo no podía vivir tranquilo sabiendo que ese hombre estaría haciendo lo mismo a otra niña. Por eso decidí tomarme la justicia por mi mano.

Dos días más tarde, vino Anita a mi oficina y pidió hablar conmigo a solas. Yo sabía por qué venía, pero procuré actuar con normalidad.

-Me has traicionado-fue lo primero que dijo cuando estuvimos a solas, al tiempo que me golpeaba en el pecho.

-Anita, yo nunca te traicionaría-le contesté.

-Ese monstruo está muerto. Mis padres están ahora en la funeraria. Lo asesinaron, dijo papá. Fuiste tú ¿cierto? Fuiste tú y no me llevaste… yo quería hacerlo y no me llevaste – y rompió en un llanto desgarrado.

-Ahora ya puedes sentirte mejor. Fue la vida la que puso alguien en su camino para que cobrara lo que te hizo.

-Tú no lo entiendes. No es lo mismo.

– Sí es lo mismo. Ya no está y nunca más volverá a hacerte daño, ni a nadie. – le contesté.

– ¡No! Yo esperaba que me llevaras. Yo quería gritarle a la cara lo que significó para mí lo que me hizo, lo que han sido todos estos años con ese recuerdo sucio. Yo quería mirarlo a los ojos, matarlo yo misma –dijo, y ocultó el rostro entre sus manos.

Quedé petrificado. Tenía ante mí a una niña a la que un hombre desalmado había despertado los más feroces sentimientos y estaba dispuesta a violar todos sus principios – tal y como lo había hecho yo- en nombre de la venganza.

-Yo no fui Anita. Nunca pude encontrarlo – repetí, esperando sonar convincente.

-¡Júramelo!

Nos miramos a los ojos. Quizás su intuición femenina le hizo saber que yo no decía la verdad.

-¡Júramelo, por favor! – repitió, pero esta vez fue un ruego más que una orden.

-Te lo juro. Nunca puede saber dónde estaba.

Me abrazó durante un largo rato y los dos lloramos en silencio.

Una hora más tarde la dejé en su casa. Sólo me dijo gracias. Esperé hasta que alcanzó la puerta. Antes de entrar, giró y me miró pensativa. En su mirada volvía a tener la inocencia de la niña que era.

E.A.C.


HOMO SAPIENS por TONY (Colaboración desde CP Estremera)

HOUSTON  - AUGUST 28:  A sculptor's rendering of the hominid Australopithecus afarensis is displayed as part of an exhibition that includes the 3.2 million year old fossilized remains of "Lucy", the most complete example of the species, at the Houston Museum of Natural Science, August 28, 2007 in Houston, Texas. The exhibition is the first for the fossil outside of Ethiopia and has generated criticism among the museum community and others that believe the fossil is too fragile to be moved from it's home country. (Photo by Dave Einsel/Getty Images)

Cuando Lucy murió con 20 años, su familia no celebró funeral, tampoco la dieron sepultura. Claro que albergaban buenos sentimientos  por ella, de hecho creo que Lucy no hubiera celebrado ningún tipo de ceremonia si algún familiar suyo hubiera fallecido. Y es que Lucy fue una Australopithecus que vivió aproximadamente hace 3 millones de años en África.

Todos los humanos estamos, de algún modo, emparentados con ella, bien somos descendientes directos o lo somos de alguno de sus pocos congéneres.

Lucy es Eva.

Si nuestros ojos pudieran ver a través de los siglos, nos daríamos cuenta de que se parecía más a un mono que a un humano. ¿Qué la hacía especial? ¿qué diferencia poseía de los primates anteriores para considerarla el primer escalón hacia el sapiens?.

¡¡Ella y los suyos se pusieron en pie!!. Dejaron libres las dos extremidades que ahora nos permiten teclear el ordenador, afeitarnos…, este no era su objetivo claro, se levantaron para, con sus manos libres, poder cultivar alimentos o sería más exacto decir recolectar alimentos. También obtuvieron la ventaja de, al tener la cabeza más alta y por ende ver más allá, detectar posibles peligros.

Para saber de nuestro bipedismo tendríamos que  viajar millones de años en el pasado y, sin embargo, no lo hacemos a la hora de interesarnos, intentar comprender nuestros temores o miedos, motivaciones o nuestras neuras.

Pensamos en todo sin perspectiva, cayendo erróneamente en argumentos ridículos. A veces tenemos la explicación de nuestros traumas, manías o formas de comportarnos y no vamos más atrás de nuestra infancia.

Y gracias a los conocimientos de genética y epigenética podemos ser más conscientes de cómo nos pueden influir nuestros padres, abuelos, bisabuelos… pues bien, aún nos quedamos cortos, si quisiéramos ampliar la comprensión de nosotros mismos, deberíamos tirar de ese hilo de unos millones de años y llegar hasta Lucy.

Ese tirar para atrás es un viaje al centro del cerebro. El encéfalo es como los anillos del tronco de un árbol, que va creciendo con los años.

La evolución es un apilamiento de estratos. En concreto, de tres. Podríamos considerar a cada uno “un cerebro”, porque tiene su propia inteligencia, su propio sentido del espacio y de la memoria. El más profundo, el que está en el centro, se denomina “cerebro reptiliano”. No piensa, ni tiene emociones, actúa por reflejos. Lo envuelve el cerebro límbico responsable de las emociones. Y en la superficie, el neocórtex, el que nos caracteriza como sapiens, el que se encarga de nuestro pensar. Aunque los humanos vamos muy de intelectuales, no sólo empleamos el neocórtex, utilizamos los tres cerebros constantemente.

Por debajo de nuestra intelectualidad, está Lucy, manejando los controles, y si profundizamos más, nos podríamos encontrar otros mamíferos y reptiles al mando.

Citando a Desmon Moruis, Zoólogo, nos habla de la “importancia de bucear más allá de los motivos racionales que empleamos para explicarnos”. “Hay ciento noventa y tres especies vivientes de simios y monos. Ciento noventa y dos están cubiertas de pelo. La excepción la constituye un mono desnudo que se ha puesto a sí mismo el nombre de Homo Sapiens”.

Esta rara especie pasa una gran parte de su tiempo estudiando sus más altas motivaciones, y una cantidad de tiempo similar ignorando a conciencia las más básicas y fundamentales.

Reflexionando Gustav Jung dijo: “una vez se ha hecho todo lo que se pudo hacer, queda todavía lo que se podría hacer si uno tuviera conocimiento de ello”. Pero, ¿cuánto sabe un hombre de sí mismo?.

Doy por hecho que sois y soy consciente que no estoy en poder de todos los conocimientos mencionados en estas letras, simplemente leyendo y leyendo he recopilado datos y más datos y con ellos he intentado plasmar una idea, más o menos acertada en mi forma de plasmarlos… haberlo logrado es algo que vosotros, quienes leáis estás letras debéis decir.

Tony


REGRESO A ROSSLYN por TIBU

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La primera vez que tuve conocimiento de la existencia de la mal llamada “Capilla” de Rosslyn fue a lo largo de una conferencia sobre los Templarios en el Ateneo Cultural de Madrid, hará cerca de treinta años. Por entonces yo era un joven curioso, ávido de conocimientos diferentes, y poco pude imaginar hasta qué punto aquella conferencia iba a marcarme profundas huellas que me guiarían en la vida hasta hoy, aunque eso es otra historia.

Cuando el ponente, D. César Navarro, famoso y eminente psiquiatra forense a nivel mundial, quien posteriormente ha sido presidente del Ateneo y con el que mantengo una fraternal amistad, habló de la existencia de una antigua capilla en Escocia, en la población de Rosslyn, construida y diseñada por aquellos templarios que huyeron de la captura masiva el 13 de octubre de 1307 y sus descendientes, se encendió dentro de mí la llama de la curiosidad por conocer el edificio. Tal fue el deseo de comprobar en primera persona su existencia, que un mes más tarde hice la primera visita al antiguo monumento. A la fecha de hoy ya han sido nueve los viajes que he llevado a cabo a este mítico emplazamiento y en cada uno de ellos he ido descubriendo detalles nuevos que había pasado desapercibidos. Y cada nuevo hallazgo me llevaba a nuevas conclusiones y reflexiones sobre este, para muchos como yo, sagrado lugar.

Hará aproximadamente cuatro años, en un momento en que mi vida profesional se había derrumbado y la personal iba en el mismo camino por consecuencia de lo primero, decidí volver a visitar el santuario. Esta vez, como no tenía una responsabilidad laboral que apremiase mi regreso, opté por hacer un relajado viaje en mi moto, disfrutando del paisaje. Llegué Rosslyn después de cuatro días de partir de Madrid, a eso del mediodía. Me acompañaba un viejo amigo a quien llamaré Berlín por aquello de ser discretos. Hacía un agradable día de principios de verano, con un cielo lleno de nubes y claros que hacía que el sol esparciera sus rayos al azar iluminando los numerosos pináculos de la “capilla” de Rosslyn de forma espectacular. Era como saludar a una vieja amiga. Entramos en el edificio y nos alegramos de encontrarlo desierto, pudiendo disfrutar así de su aura de espiritualidad viva sin ninguna distracción. Es familiar y acogedora y al mismo tiempo interesante y emocionante. Parece en todo momento llena de vida. Recorrimos la nave disfrutando del lugar y después centramos nuestra atención en las tallas del maíz y el cactus del aloe, reconfirmando que no eran alucinaciones lo que habíamos visto en anteriores visitas. Inmersos en esa contemplación estábamos cuando una señora vino hacia nosotros desde la entrada norte y sonriendo, nos preguntó si habíamos visto el maíz indio.

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Se trataba de la reverenda Janet Dyec, botánica, casada con un reverendo también botánico de profesión. El matrimonio es el encargado del mantenimiento y cuidado del edificio. Nos habló de unos documentos que demuestran que el príncipe Henry Sinclair, gracias al dinero de los templarios, había armado una flota de 12 navíos para hacer un viaje al Nuevo Mundo. La fecha es anterior a 1400. La fecha es indudable porque Henry Sinclair fue asesinado ese año después de haber regresado  de su viaje.

Cuando empezamos a repasar los detalles del edificio, nuestra atención fue atraída por los pilares independientes, catorce en total, de ellos doce idénticos en forma y dos especiales y realmente espléndidas, en el extremo este de la “capilla”. El pilar de la izquierda es conocido como el Pilar del Maestro de Obras, muy elegante y de hermosas proporciones. El pilar de la derecha  es muy distinto, conocido como el Pilar del Aprendiz, se encuentra profusamente adornado por cuatro franjas florales que bajan en espiral alrededor de las estriaciones centrales. Nuestra reconstrucción del pasado nos permitió entender lo que estábamos contemplando. El pilar del Maestro de Obras es en realidad el pilar sacerdotal conocido por los templarios y sus sucesores como Jaquín, y el pilar del Aprendiz es el pilar llamado Boar. Los actuales cuidadores de Rosslyn no lo saben, pero una talla de una cabeza con una herida en la sien derecha, encarada hacia la esquina noroeste, en lo alto del muro, es una representación de Seqenenra Tao, el último verdadero rey de Egipto.

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Y mientras hablábamos del verdadero significado de los pilares y la cabeza herida, un velo se levantó ante nuestros ojos. ¿Habríamos estado ciegos?. La “capilla” de Rosslyn no tenía nada de capilla, y ni siquiera era cristiana!!. Para empezar, no tiene altar para poder ser utilizada como capilla. Se ha colocado una mesa en el centro del edificio debido a que no hay ninguna estancia en el este, donde se alzan los pilares. Detrás de Boar y Jaquin hay tres pedestales de piedra junto a la pared, pero no son altares.

¡Aquella estructura no había sido erigida como un lugar de culto cristiano!. Nos enteramos también que Rosslyn tuvo que ser consagrada de nuevo en 1862 y que antes de esa fecha no se sabe con certeza cuál era su estatuto como lugar de culto. Cuanto más mirábamos, más obvio se nos volvía todo. El simbolismo es profusamente egipcio, celta, judío, templario… un techo salpicado de estrellas, crecimientos vegetativos surgiendo de las bocas de los hombres verdes celtas, pirámides, torres de la Jerusalén celestial, cruces angrelados, escuadras y compases, etc. La única imagen cristiana era la que aparecía en las alteraciones victorianas posteriores. En el muro norte hay un friso que muestra a unos cuantos templarios con un verdugo junto a ellos y miembros de la Inquisición encapuchados. Los templarios sostienen un sudario en el que aparece el rostro de Jacques de Molay claramente visible… también posteriormente pudimos constatar que Rosslyn nunca fue utilizada como capilla porque en el castillo había una capilla familiar.

Algo que parece obvio permanece desde entonces en mi mente: ¿es posible que Rosslyn fuese un santuario pos templario edificado para albergar los manuscritos que Huges de Payns, el fundador, había encontrado en el Santo de los Santos del Templo de Jerusalén?. Si esto fuese así, bajo mis pies se encontraba el tesoro más inapreciable de la cristiandad. Muchas horas de estudio posteriores a mi última visita a Rosslyn han desembocado en algunas conclusiones posibles pero esto será objeto de por lo menos un artículo más.

Por Tibu 


AFERRARSE AL PASADO por I.M.A.

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En reiteradas ocasiones he tenido que escuchar eso de “es que mi abuelo tuvo”, “es que mi padre tuvo”. Normalmente estas personas tratan de reflejar que a pesar de que en muchos casos no tienen la posibilidad ni de atender el recibo de la luz, aún mantienen cierto postín.

Siempre les pregunto lo mismo. ¿Y por qué tú no tienes nada?. Obviamente esta pregunta es retórica porque conozco la razón. No tienes nada porque continuas arrastrando mentalmente las posesiones de tus ancestros con lo que ello conlleva.

Hace más de quinientos años, los monjes Zen, Tao y Maites, iban caminando por la orilla de un río, todo estaba embarrado por las fuertes lluvias que se originaban durante esos días. Al llegar a una aldea los monjes se toparon con una mujer que intentaba cruzar el río pero temía a la corriente.

Tao la cogió en brazos y la llevó al otro lado. Los monjes continuaron caminando. Seis horas más tarde Maites preguntó ¿Por qué has llevado a esa mujer al otro lado del río?. Nosotros los monjes no hacemos esas cosas.

He dejado a la mujer hace seis horas, respondió Tao. ¿Tú todavía la estás llevando?.

La incapacidad de desprenderse del pasado está perfectamente reflejada en esta fábula. Como sería una vida como la de Maites, incapaz de liberarse mental y emocionalmente del pasado.

Sin duda, ir acumulando todo ese peso, ese yunque emocional, limita manifiestamente toda posibilidad de crecimiento ergo éxito, y es triste que esta sea la forma de vida para la mayoría de la gente de nuestro planeta.

El pasado se establece en nuestra mente en forma de recuerdos lo cual en sí no supone mayor problema. En realidad gracias a ellos podemos aprender de nuestros errores y corregirlos. El problema es cuando estos pensamientos se apoderan totalmente de nosotros y se convierten en nuestro “yo”.

Cuando nuestra personalidad se transforma como consecuencia de los recuerdos del pasado podemos convertir nuestra mente en la cárcel más insoportable, cruel y violenta jamás construida, al igual que el monje llevó la carga de su resentimiento alimentándolo durante seis horas, la mayoría de la gente lleva cargas mentales y emocionales totalmente innecesarias durante toda la vida.

Cuando el pensamiento emocional se nutre de rencores, aflicciones, culpas, etc. es que se está permitiendo que estas emociones sean las que se adueñen del “yo” y se aferren enérgicamente reforzando su identidad.

La forma de evitar vivificar situaciones o acontecimientos independientemente a que éstos se hayan producido hace un mes o veinte años es prestando de forma permanente atención al prístico e intemporal momento presente momento presente en lugar de realizar películas mentales. Puesto que el pasado no existe más que en nuestra mente, no puede impedirnos anclarnos en el presente, llegando a la conclusión que los acontecimientos vividos con anterioridad no tienen ningún poder sobre nosotros.

Cuando logramos entrar en este estado de consciencia es cuando permitimos que todo comience a fluir en nuestra vida.

Por I.M.A.