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CARTA A MIS PADRES por J.B.J.

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Cuando el tiempo con su inevitable guadaña

Os arrebató la vida,

Maldije a Dios y maldije al mundo,

Pues nunca esta uno preparado

Para ese fatal desenlace.

Pero un día, cuando a lágrima viva os lloraba,

Mis ojos enrojecidos se cerraron,

Entonces lo entendí.

Cuando miré dentro de mí,

Aparecisteis otra vez y me hicisteis recordar

Que el amor de aquellos que un día

La vida me dieron, nunca marcha.

Su pierdo el camino sé que ahí estáis,

Si pierdo la cordura vuestro amor seguirá conmigo.

Solo me encontraba, hasta que aprendí

A leer mi corazón.

Lejos queda ese niño enfermo

Que tantas noches os quitó,

Que tantos disgustos de adolescente os dio

Y que tanto dolor de adulto os arrojó.

Pero ahora, que por fin en mi vida la luz

Y la razón guían mi alma y mi corazón,

Cerca os tengo otra vez y por fin

En abrazo eterno os llevo junto a mí.

J.B.J.


LA CASCADA, Cuento Infantil por E.A.C.

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Ese día, cuando la luz comenzaba su reposo diario, el Señor Oso huyó en compañía de su familia, la Señora Osa y sus tres oseznos, dos machos y una hembra muy joven, a quien cariñosamente llamaban Este. No sabía a ciencia cierta qué camino tomar, pero confiaba en si instinto de macho que siempre lo llevaba hasta lugares remotos en donde abundaban el agua y los manjares silvestres. Los oseznos mayores pronto formarían su propia familia,  en cambio Este, su princesa como él insistía en llamarla, todavía era muy joven, tan joven que aún no conocía la maldad.

Las fábricas, el progreso, la contaminación, en fin, el hombre que todo lo destruye, reflejaba su espíritu despiadado en el deplorable estado del bosque. La naturaleza, como antaño, ya no proveía a los habitantes de la selva de suficiente comida, y el agua de los ríos más cercanos estaba envenenada por detritus que se arrojaban en los cauces otrora caudalosos, convertidos ahora en pantanos. Él lo sabía, llevaba años señoreando el bosque, podía percibir la desgracia en el aroma del viento. Los animales deambulaban hambrientos e irascibles en busca de una presa, destrozándose entre sí a la primera diferencia. Todo estaba cambiando, incluso el clima. El verano era mucho más caluroso y el invierno llegaba sin lluvias, reseco y cruel. Si se quedaban allí no lograrían sobrevivir.

Caminaron mucho tiempo. Cuando el sol se preparaba para irse a dormir les indicaba el sendero. La luna – encargada de iluminar a los infatigables caminantes-, los acompañaba, y las estrellas mostraban a los viajeros, como en un mapa, la ruta a seguir. Esta vez tampoco se equivocó, al menos eso parecía cuando alcanzaron el pico de una montaña y apareció ante ellos un pequeño bosque que se desplegaba a sus pies como una alfombra tejida a mano, adornada con una fama de verdes entreverada por trazos rojos, amarillos y ocres. Allí se resguardarían del frío y encontrarían suficiente alimento para sobrevivir al invierno. En un claro del bosque, un riachuelo alimentaba un lago transparente como un espejo aguamarina. El piar de los pájaros y los alegres cánticos de otros animales impregnaban la atmósfera de un delicioso espíritu festivo. Encontró una cueva en la base de la montaña. Con un toque de su mano mágica, la Señora Osa la transformó en hogar, y con la ayuda de sus hijos mayores, y de paso, para iniciarlos en el rudo aprendizaje de la supervivencia, comenzó la búsqueda y almacenamiento de provisiones.

Un día, mientras paseaba cerca de la cueva, descubrió en la maleza extraños espacios. Habían sido hollados por el peso de algún cuerpo. Su mente se iluminó de inmediato: eran pisadas humanas. Las del hombre, su depredador y eterno enemigo. Las huellas delataban humedad reciente… Serían dos, máximo tres… Papá Oso sabía de lo que eran capaces aquellos monstruos que atacaban sin razón, como la tormenta que va y viene sin aviso. Su instinto dictó la decisión: Alejaría de allí a los invasores, preservaría la vida de su compañera y de sus hijos, demasiado jóvenes para batirse en duelo, y más jóvenes aún para morir. Rastreó las huellas, y cuando notó que la humedad de la hierba pisoteada aumentaba emitió un clamor que resonó en todo el bosque. Para Mamá Osa y sus oseznos fue: “¡Escóndanse. Hay peligro!”, y para los depredadores: “¡Aquí estoy, vengan por mí!”.

Atravesó deprisa el arroyo, demarcando el terreno que permitiría a los hombres seguirlo y comenzó a ascender por la montaña, asegurándose siempre de que le pisaban los talones. Durante la carrera escuchó varias veces un estruendo familiar que le recordaba la explosión de los truenos durante las tormentas. No sentía miedo a la muerte, aunque sabía que ésta lo rondaba disfrazada de cazador. Cuando alcanzó la cumbre pensó que había llegado al cielo, pues las brumas heladas rodearon su fatiga. Medio aturdido aún, pisó una piedra que se fugó con él montaña abajo. Cayeron al precipicio con la misma fluidez con que la lluvia del verano se desprende de las nubes. Un saliente del peñasco detuvo abruptamente la caída. Papá Oso perdió el conocimiento, antes de escapar del mundo vio como la piedra era tragada por el abismo. Al despertar, herido e impotente, limitado por unos pocos metros de terreno rocoso, pensó que la muerte era mejor que aquella cárcel suspendida sobre el barranco, pero el recuerdo de sus hijos, de su compañera y la necesidad de salvarlos, impidió que continuara el viaje al país de los muertos. Habían transcurrido varias horas, había nacido la noche, y él continuaba allí, aislado, rodeado de silencio, y con el bosque que días atrás soñó como su nuevo hogar enfrente, pero sin poder ganarlo, sin poder disfrutar de su espesura y cobijo.

La Señora Osa escuchó el grito de su compañero. Atrapada en el presagio de la desdicha reunió a su familia y los escondió en el fondo de la cueva, no sin antes cubrir con ramas y hojas sueltas el umbral. Pasaron la noche sin hacer ruido, escuchando los sollozos ahogados de Este, que en su inocencia no podía comprender qué sucedía. Ya al amanecer, el cansancio los abrazó como se abrazan los amantes después de una noche en vela, y pudieron descansar un poco. No así la Señora Osa, que esperaba con inquietud el regreso de su compañero. Cuando el gallo anunció que el sol despertaría pronto, se puso en pie y abandonó la cueva con sigilo para ir a buscar al Señor Oso. La búsqueda fue infructuosa. Había desaparecido. Su olor se desvanecía sobre el arroyo. De pronto, escuchó un nuevo grito. No como el del día anterior, no, éste tenía el sabor amargo de la comida descompuesta. Era un grito de dolor y nostalgia. Se reunió con sus hijos y entre todos buscaron el lugar de procedencia de los lamentos de Papá Oso. Al fin lo vieron. Parecía un abrigo de invierno colgado en un armario.

No se veía forma alguna de llegar hasta él. Subieron la montaña, intentaron rescatarlo, pero fue inútil. Estaba abandonado en medio de la nada. Entonces comenzaron a comunicarse a gritos. El Señor Oso estaba triste y agobiado por la sed; la separación de los suyos le carcomía los huesos, pero todos se alegraron y dieron las gracias a la vida por estar vivos y por encontrarse nuevamente aunque los separara un abismo.

Tuvieron que replantear la situación. Los oseznos mayores se dedicaron a recoger alimentos para el invierno. Mamá Oso y Este se dedicaron a cuidar a distancia a Papá Oso. Para combatir la tristeza se paraban y le contaban a gritos todo lo que sucedía con ellos. Lo tranquilizaban dejándole saber que estaban bien y que tenían almacenados los alimentos para sobrellevar el invierno. Le cantaban alegres canciones, y Este le contaba cuentos para que pudiera conciliar el sueño. Él hacía lo mismo. Pasaba las noches imaginando historias para contarle, en las que su pequeña era una heroína. Ya a la mañana, animaba a su familia fabulando cómo sería la vida futura cuando consiguieran juntarse de nuevo. La Señora Osa habló con las aves, comandadas por el águila, para que ellas hicieran de correo y llevaran todos los días agua y alimentos al prisionero de la montaña; a su vez, el Señor Oso devolvía con los mensajeros diminutas figuras impregnadas de amor, que tallaba a mano durante su ocio obligatorio.

El destino que todo lo mueve a su albedrío tenía otros planes. Los oseznos mayores crecieron y el instinto los lanzó contra el mundo. Partieron en busca de su propio destino con la promesa de regresar a tiempo, con sus futuras familias, para almacenar los alimentos. La Señora Osa y Este continuaron la infatigable labor de cuidar desde la distancia a papá; hasta que la realidad puso a Mamá Osa de cara a duras decisiones. Ya el frío se acercaba al bosque. Mientras paseaba con su pequeña cerca del lago encontró nievas marcas de hierba. Ambas corrieron a esconderse. El Señor Oso supo que algo andaba mal cuando no volvió a escuchar las canciones que los despertaban todas las mañanas. Cuando Mamá Osa y Este se arriesgaron a salir, acudieron a visitarlo y a relatarle lo sucedido, Papá Oso aconsejó que la única salida posible era volver al viejo bosque y reunirse con sus hijos y sus viejos amigos. Sabía, al igual que Mamá Osa, que si se quedaban tenían pocas posibilidades de sobrevivir. Si no partían pronto el invierno no les permitiría viajar. La partida era necesaria e inaplazable. El último día cantaron entre sollozos las viejas canciones haciéndose muchas promesas. “Volverás pronto, ya lo verás estrella mía” fueron las palabras de despedida de pequeña Este.

Papá Oso las miró e intentó embadurnar su memoria con esta última imagen. Los verdes que antes brillaban parecieron opacos y envejecidos. Mamá Osa y su pequeña cría se alejaban. A cada paso volvían la vista atrás, posaban un beso en sus pezuñas u se lo enviaban con el viento, como hacen las flores con el polen. Los besos llegaban hasta Papá Oso como una caricia dolorosa. Su cuerpo se clavó en el piso, fundiéndose con la piedra, y de sus ojos comenzaron a manar dos filamentos de agua que nunca se detuvieron.

El bosque se adornó con una nueva joya: una cascada que brillaba como los diamantes en el cuello de una reina, transformando el bosque en un paisaje navideño.

Los hombres invadieron el bosque convirtiéndolo en un paraje turístico que atraía por su extrañeza y exotismo, por la magnificencia del paisaje y su peculiar cascada.

De los dos puntos diminutos horadados en la piedra brotaba un chorro fulgurante, un torrente salado, un pedazo de mar. Quienes visitaban el bosque decían que en las noches de luna llena se escuchaban en la lejanía unos gritos desesperados de un padre que clamaba por su familia.

E.A.C.


VALORES por R.V.D.

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Tenías razón Padre, cuando siendo pequeños nos decías que serían nuestras conductas y comportamientos los que marcarían el futuro… un futuro que me pareció próximo en aquellos momentos. Pues nunca creí ser un necio, y yo también me daba cuenta.

Así, cuando un compañero de la escuela compraba un billete de diez viajes para viajar en el metro, yo prefería saltar. Cuando hacían planes en la clase del instituto, yo los hacía en la puerta, culminando en el parque o en una bodega.

Si dos amigos se ponían a discutir con otros, yo les soltaba un guantazo directamente, y esas conductas se iban repitiendo en todos los ámbitos, ya fuera en los trabajos… que estuve en bastantes,  solo el tiempo suficiente para prescindir de él, si me levantaban la voz, o no veía un buen trato… tardaba poco en mandarlos a la mierda.

Así, poco a poco, con confianza y sin mucho miedo, me fui adentrando en el terreno de las drogas, primero probándolas y luego tratándolas…

Como no sabía, ni quería robar. Me introduje en esa espiral, la del tráfico, algo que en principio no vi tan mal, ya que pisaba esos terrenos, sin perder valores importantes que creía controlar… no engañaba, me sentía honrado, me veía leal y honesto, me creía generoso y lucía agradecimiento, sin dejar que me pisaran, con la cabeza alta y los cojones por delante… los mismos que me trajeron donde estoy, en prisión.

Ya llevo unos añitos y cuestiono los motivos… no los valores, esos valores que dejan paso a uno que empuja más que los demás, el deber, pues sí, ahora debo.  Debo algo que nunca debí… debo tiempo.

Tiempo para mi mujer que es la flor más agradable y necesaria que se pudo cruzar en mi camino, tiempo al regalo que son mis dos hijos… el objetivo de mi vida, a los que se lo debo todo.

Ahora, esos valores que me ayudaron a vivir en aquel mundo, son necesarios para éste… para hacer las cosas bien… para que cuando mis hijos sientan que son honrados, honestos, se vean legales y se crean con valor y coraje… se acuerden de sus padres y les ayude a vivir, de la mejor manera posible… en libertad.

Por R.V.D.


BOTAS Y AGUA por R.N.M.R

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Empiezo la carrera, los primeros kilómetros, el terreno es liso y deslizante, no parece tan angustioso como dicen, sigo avanzando sin descanso y empiezo a tener sed, solicito ver a mi madre y a mi hermano, para que se adentren en la carrera y les permitan darme un pequeño buchito de agua. Y así es, se lo permiten, se vuelven a alejar del camino y con mucha tristeza sigo mi ritmo, empiezo a seguir avanzando y hago amistades en el camino, con las que el mismo, se me sigue haciendo fácil.

Muchos empiezan a tropezarse por causa del cansancio y del agobio. Con tristeza yo sigo mi ritmo sin detenerme, y sigo avanzando. De repente, a lo lejos, empiezo a ver una cuesta hacia arriba llena de gravilla, y digo para mí: “¿será solamente este cachito del camino?”. Vuelvo a tener sed, y vuelvo a solicitar ver a mi familia para que me den de nuevo agua, y así es… otro pequeño buchito. Qué buena está el agua cuando verdaderamente la necesitamos.

Pero esta vez, les noto un poco raros y digo: “no os preocupéis, tan solo es una pequeña cuesta con gravilla. No me rendiré, yo puedo madre”. Mi madre triste y desolada junto a mi hermano menor empieza a llorar, y me dice: “hijo, no dejes de luchar, yo estoy aquí, junto a tu hermano para traerte agua cada vez que la necesites… pero hay un problema hijo, tienes otra carrera más dura que no es la tuya y ya no hay vuelta atrás, es mucho más larga y tiene muchos baches. Más para adelante, después de la gravilla, viene un tramo bastante angustioso llenito de barro”. “Ponte las botas que te regaló tu padre y sigue avanzando sin detenerte, como bien te enseñó él, porque me duele decirte que detrás tuya, viene una buena manada de lobos a por ti”. “No aprietes el paso porque te sofocarás y tendrás flato, tampoco aflojes el paso que te alcanzarán y te devorarán”.

“¡No me digas madre!, entonces ¿qué hago?”. “Coge un ritmo adecuado en el que puedas mantenerte y no sofocarte, yo te daré el agua que necesites, y tienes las botas que tu padre te regaló, que estoy segura te van a ayudar más de lo que tú te piensas. Solo hijo tienes que aguantar y ser fuerte”.

Lo comprendí a pesar de que no era fácil asimilarlo, y dije: “madre, tengo el agua que necesito gracias a ti, y tengo las botas de padre que me harán el camino más fácil. Te prometo que no me rendiré mientras tenga vida. Te querré a ti y a mi hermano de por vida”.

R.N.M.R.


MI QUERIDA LORENA por J.M.V.

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Eterna mirada

De juventud

Eterna belleza de tu alma

Eres mi querida Lorena,

Tierno ejemplo de virtud.

Recuerdo con melancolía

La primera vez que te vi.

Creí estar soñando,

Dios me concedió

El más grande

De los regalos:

Tú eternamente

Tú mi querida Lorena.

Desde ese mismo instante

Supe que me habían concedido

Más de lo que merezco.

¡Oh Dios mío!

¡Cómo pasa el tiempo

Mi querida pequeña niña!

Casi sin darme cuenta

Te has convertido

En el vivo retrato

De quien te dio la vida.

Sobradamente me confieso

Orgulloso

De poder llamarte hija.

Sobradamente fuiste,

Siempre eres,

Y siempre serás…

…la niña de mis ojos.

J.M.V.


LA NIÑA, NO VIENE por J.M.V.

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Esta niña

Que no viene

Esta niña

Que no llega

Y tu madre

Diciéndome

¡ay, calla!

Que venga

Cuando quiera.

Lorenita

Hija mía

Te he sentido

Tan cerca.

Este pobre corazón

Siente por ti

Algo especial

Difícil de explicar.

Solo el amor

De tu padre

Se lo puede imaginar

Y solo tú

Desvelas mi sueño.

Esta niña

Que no viene

Esta niña

Que no llega

Y tu madre

Diciéndome

¡ay, calla!

Que venga

Cuando quiera.

No es fácil

Ser padre

Ni ser hijo

Tampoco,

Cada cual

En su momento

Mira bien

Lo que te digo.

Esta niña

Que no viene

Esta niña

Que no llega

Y tu madre

Diciéndome

¡ay, calla!

Que venga

Cuando quiera.

No hace

Mucho tiempo

Yo estaba

En tu lugar

Y me decía

Mi abuelo:

“cuando seas padre

Ya lo contarás”

Así que hija mía,

Hoy me toca a mí.

Mañana sabrás bien

Lo que tendrás

Que decir.

Esta niña

Que no viene

Esta niña

Que no llega

Y tu madre

Diciéndome

¡ay, calla!

Que venga

Cuando quiera.

No seas

muy dura

con quien

te dijo,

pues niña de mi alma

yo no lo fui

contigo.

Esta niña

Que no viene

Esta niña

Que no llega

Y tu madre

Diciéndome

¡ay, calla!

Que venga

Cuando quiera.

Por J.M.V.


UNA CARTA DE AMOR por EL LOBO TXAPELA

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Sabía que más tarde o más temprano, un día te escribiría para contarte las cosas que echo de menos, porque llevo seis meses callándolo y si sigo así se me va a enquistar, ya me conoces.

Echo de menos, y te vas a reír cuando lo leas, ese ritual maravilloso de llenar hasta arriba y apretar con la fuerza de un niño, volver a llenar y apretar con la fuerza de un anciano, y volver a llenar, por último, y apretar con la fuerza de un hombre, pinchar varias veces fabricando vías de aire y encender muy muy lentamente. Y tú mirándome con esa carita, la misma carita que ponías cuando era pequeña y observabas con atención como preparaba, encendía y después consumía mi pipa, esa pipa que desprende el aroma que tanto le gusta a la abuela. Y entremedias, tu sonrisa.

Hablando de la abuela, añoro sobremanera cuando me repetía tantas veces las cosas, con su voz cariñosa y cansada, cuando me aconsejaba como nadie en el mundo, ¡qué razón tiene siempre!, cuando ejercía de adivina conmigo y acertaba en todo lo que decía, soltándome aquello de; “hijo si lo sé todo solo con mirarte a la cara”. Todo esto a la vez que se partía de risa regañando al “Chinito” porque me cogía una de las pipas vacías e iba imitándome por el pasillo, echando humo invisible y poniendo cara de satisfecho. Y entremedias, tu sonrisa.

Hablando del “Chinito”, me emociono recordando cómo me huye riendo a carcajadas cuando le quiero coger para darme un beso y corre y ríe a la vez, mirando hacia atrás sabiendo que nunca le cogeré por culpa de estas piernas de metal, para después estar deseando que me quede dormido en la siesta y entrar en mi habitación creyendo que ya sucumbí a Morfeo y llenarme de besos y de “te quieros” en voz bajita. Y entremedias, tu sonrisa.

Siento mucho dolor cuando pienso que ya no puedo curar las heridas de la abuela, preparar sus medicinas, ponerlas sus parches analgésicos, tomar su tensión, pelear con sus médicos, llevarla y traerla casi a diario del hospital. Yo ya no tengo que hacer las comidas, ni las cenas, ni ir a la compra, ni planchar la ropa, ni limpiar la casa, y todo esto que te digo en lugar de hacer que me sienta aliviado, hace que me sienta muerto, inhane, inservible, raro, culpable, mal, muy mal. Y ahora no oigo tu sonrisa.

Extraño muchísimo el canto y el brío de mis pajaritos, dispensarles sus cuidados, su limpieza, darles cariñó. Ya sé que se han muerto más de la mitad, no sé, cualquier día a lo mejor yo también prefiero estar muerto que entre rejas, por ahora no, y te voy a decir por qué, ya que ese era el motivo de esta carta.

Esta carta la escribí para decirte que de todo lo que echo de menos y por lo que uno siempre dice que daría cualquier cosa por repetirlo, lo más importante, no es lo que te he contado en estas líneas, ni mis paseos por la alameda, ni mis partidas de mus, ni mis partidos de fútbol, ni mis escarceos con las chavalas, lo más importante del mundo para mí y lo que más echo de menos; es a ti hija mía, no lo dudes nunca. Y a tu sonrisa.

Lloro al recordar tus abrazos y besos espontáneos, los cuidados que me profesabas y el cariño que ponías en ello, tus frases graciosas dichas aún casi igual que cuando tenías esa lengua de trapo que tanto me hacía reír, lloro al recordar esa bella mirada cómplice que tantas veces tenías conmigo y que con su pureza me redimía de todo, tus inexpertas palabras, que aunque inexpertas me apartaban de todo lo malo. Sufro al no tener cerca ese corazoncito que va de duro por la vida, pero que realmente es dulce y blandito como un algodón de azúcar, siempre ayudando a todo el mundo, siempre cuidando de todos, compasivo con los errores de tu padre, un corazón chiquito, pero de oro. Un corazón sonriente.

No lo dudes nunca, de todo esto y de las demás cosas que también tengo añoranza y que quizá nunca contaré, lo que más me importa y por lo que daría todo, incluso mi vida sin dudarlo, eres tú, mi querida hija.

Ya sé que todo lo que he dicho que ya no puedo hacer por vosotros, ahora te toca hacerlo a ti, así que una vez más te pido perdones a este loco, que no ha cometido en la vida otro delito que el de querer sin medida, el de quitarse la camisa en el acto para dársela al que la necesite, el de cumplir con su obligación de ser humano hasta las últimas consecuencias, aunque este hecho pudiera costarme la cárcel. Espero que antes de acabar de leer estas líneas me hayas perdonado. Ya sé que te tengo que querer más, pero si supieras lo que te quiero ya, no te lo creerías. Y entremedias, sigue regalándome tu sonrisa.

Por El Lobo Txapela