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LOGREROS Y EL KU-KLUX-KLAN por E.F.H.

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¿PODRÍAMOS ENCONTRARNOS EN UAN VUELTA ATRÁS, CASI GENERALIZADA, A NIVEL DE RETROCESO EN PRÁCTICAS DEMOCRÁTICAS?

Cuando he visto en estas elecciones de EEUU como vuelven a renacer esas sectas, como se veían apoyos a Donald Trump, de aquella rancia secta del Ku-Klux-Klan, tan importante en número, en los años 60, que contaba con cuatro o cinco millones, que se devaluó bastante, pero que comienza su resurrección.

En su periódico, solo hace unos días, el titular era la misma frase del reciente elegido presidente, se jactaba de pronunciar “volvamos a hacer EEUU, el más grande, como antes”.

Pienso que esto se está reavivando también en toda Europa y por ello también en España. Ahora mismo, los “Estados Unidos de América” parecen ser más “los Estados Desunidos de América”.

Hablemos un poco de esta sociedad secreta que surgió en el sur de EEUU a la terminación de la Guerra de Secesión. Creada en la segunda mitad del Siglo XIX, el nombre procede de una palabra griega que significa círculo (Kyklos) y lo de Klan es una palabra añadida por eufonía.

Se inicia como defensa privada del orden de la época de la derrota de los sudistas. Remecha a los comienzos de la segunda década del Siglo XX, y se caracterizó por su violencia racista y antinegra, que actualmente conserva y que vuelve a repuntar.

Al principio eran jinetes encapuchados, que tenían un doble fin: aterrorizar a los ignorantes y evitar que los miembros del Klan fuesen reconocidos; pues con la Guerra de Secesión los esclavos quedan libres.

Durante ese tiempo, habían estado llegando al sur innumerables logreros norteños, gente sin escrúpulos que se ganaba la confianza de los electores negros y los manejaba a su antojo, aprovechando su ignorancia e inexperiencia de ciudadanos novicios.

Hubo una verdadera orgía de desgobierno, aproximadamente a finales del Siglo XIX, un periodista norteño, se fue a California del Sur para averiguar lo que allí ocurría. Informando que en la cámara de los representantes había 30 blancos y 94 negros, ocupando varios de éstos los principales cargos.

Casi ninguno de los negros sabía leer, ni escribir. Se daba por sentado que la misión principal del gobierno era enriquecer a funcionarios y políticos.

Sucedió entonces que los blancos del sur empezaron un juego peligroso; combatir el engaño con el engaño y la violencia con la violencia.

Esta sociedad, que nada tiene que ver con la que usó el mismo nombre en la tercera década del pasado siglo se llamaba también “El Imperio Invisible”. Sus miembros se comprometieron a guardar el más riguroso secreto, y las reglas de la organización los condenaban a muerte si violaban el juramento.

¿Podríamos ver algunas similitudes en pleno Siglo XXI?

Al principio en Clan solo proyectaba asustar a los negros para que no votaran y ahuyentar del país a los logreros. Pero las sociedades secretas y que obran al margen de la ley caen casi inevitablemente en manos de sus miembros más violentos. Muy pronto el Klan dejó de aterrorizar simplemente a los negros y empezó a golpearlos brutalmente, a destruir sus hogares y hasta lincharlos.

El infortunado sur, comenzó a sufrir un doble reinado del terror: el de la ocupación militar y el del Klan. Se inducía a los jurados a que condenasen.

Cuando llegaron al poder los sureños blancos, lograron impedir, con métodos indirectos que los negros votaran, hasta cuando no estaban dominados por el terror. El más conocido de estos medios para eludir el incumplimiento de la Constitución fue la “cláusula del abuelo”. Era fácil anotar a un hombre de los registros, de modo que esas leyes no surtieron efecto contra los blancos, sino solo contra los negros.

Así los votos de los negros desaparecieron virtualmente del panorama político y aún hoy se les impide votar en algunos lugares del sur (con métodos distintos).

Como dominaban la situación, los electores blancos usan siempre su poder contra el partido que los había humillado.

En la segunda década del Siglo XX, se intenta llegar a la supremacía de los blancos, que se extendió no solo contra los negros, sino también contra los judíos e inmigrantes católicos. En los años 60, al darse una gran lucha por los derechos cívicos de los negros, provoca una era de reactivación de estas sociedades.

Hagamos un examen y contestemos;

¿Ocurre algo parecido en la mayoría de los países en plenos siglo XXI?

¿Los trapos sucios se lavan en casa, para que nadie se pueda enterar?

¿Se usa hoy el poder contra los otros?

¿Se sigue induciendo a los jurados a condenar?

Podríamos seguir haciendo cientos de preguntas con respuestas muy parecidas a las que se podían hacer en el siglo XIX. ¡ Si no estás conmigo estás contra mi!

E.F.H.

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#ELTATUAJEQUEMÁSDUELE (nueva Campaña de sensibilización de la FSG)

TODA LA INFO: http://www.eltatuajequemasduele.org/

 


SALVAJE HUMANIDAD por E.F.B.

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Tengo que confesarlo: a medida que me hago más mayor, se incrementan en mi persona los índices de sensibilidad que contribuyen al sufrimiento. Cada día me noto más afectado por comportamientos de mis congéneres que, indiscutiblemente, nacen de una soberana estupidez; y lo que es peor, viendo cómo actúa una considerable parte del grupo, temo, que en algún momento yo mismo pueda ser uno de los actores en la comparsa de la gilipollez; si es que no lo soy ya.

Cuando veo esas imágenes de “ultras” de los equipos de fútbol europeos faltando al respeto a todo el que se pone por delante, destrozando el mobiliario urbano de ciudades en las que van dejando su vandálica huella y a las que, además, imprimen en su memoria una falsa imagen de lo que significan sus países de procedencia, no puedo por menos que verme invadido de incomprensión.

Soy un seguidor insaciable de los documentales sobre naturaleza, y deben ser miles, los de animales salvajes que colecciono con interés en los archivos de mi mente. He visto escenas escalofriantes de cuando, por ejemplo: el predador le da alcance a su presa extenuada y con dolorosos ataques va inutilizando las defensas de su víctima, clavando sus fauces en la carne vida que desgarra sin piedad. O las peleas feroces entre leones por asuntos territoriales en los que la supervivencia juega el papel fundamental. Es apasionante entender las motivaciones, que mueven a estos animales – que no hacen nada porque sí- a convertirse en “asesinos” justificados por la propia ley natural.

Sin embargo, las variantes del comportamiento humano parecen cada vez más inescrutables; cada vez se entienden menos los motivos por los que actúan algunas “jaurías” de bípedos pertenecientes al grupo de la humanidad.

Casi siempre intento mostrar respeto hacia cualquiera que se piense o actúe de modo diferente a como lo pueda hacer yo, entre otras cosas porque no soy dueño ni tan siquiera accionista de la verdad universal. No me considero tampoco discriminatorio con quienes defienden actos o ideas distintas a las mías, a pesar de aparentar contradicción cuando me esclavizan mis propias palabras, sobre todo en reuniones acaloradas en las que meto mucho la pata al esgrimir mi poco cuidado lenguaje coloquial. Pero se me hace cuesta arriba respetar a quienes, en el siglo XXI, aún pretenden imponer sus criterios a fuerza de brutalidad.

La raza humana destaca sobremanera por ser transmisora del conocimiento conquistado a través de milenios, y que sirve –o debería servir- para determinar la grandeza de una especie en cuyas acciones se encontrarían las claves del imprescindible equilibrio natural. Sin embargo, no paramos de comportarnos como unos “bichos” maquiavélicos, destructores y dañinos hasta el “no va más”. Para las religiones que contemplan finales apocalípticas, sin duda, el hombre representa la semilla indiscutible de una segura consecución.

Ya sé que este tipo de discursos es muy antiguo, como también sé que sigo ignorando cuál es la solución. Pero no dejo de sobrecogerme ante sucesos como la reciente “matanza de Orlando”, el drama continuo de molles de refugiados que huyendo de la muerte se ven atrapados por la misma sin piedad, las peleas entre “hinchas” del fútbol antes y después de la sana competición; por no extenderme en lo que sería la “enciclopedia de desaciertos humanos” jamás escrita y cuyas páginas viajarían más allá de la eternidad.

En definitiva, supongo que deberé seguir indagando en uno de los mayores misterios de la historia de la vida en la tierra. Desde luego no voy a renunciar a ver los telediarios porque soy de los que necesitan saber cómo está el mundo, pero la opción de los documentales sobre animales salvajes estará antes en mi lista de favoritos; decimos de ellos que son menos inteligentes que nosotros, pero, a veces, cuando me miran – sobre todo el caso del león – sus ojos parecieran transmitir el siguiente mensaje: “eso está por ver”.

Así que seguiré intentando aprender del resto de especies inferiores por si sucediese que tanta elevación interaminal afecta a la presión sanguínea y es por eso que no somos como deberíamos ser. Quién sabe si en el mundo de las fieras hallo iluminación a tan desazonadora oscuridad. Porque de verdad, no comprendo hacia dónde camina… ¿cuáles son los designios de mi propia raza? Y no solo es que no lo comprenda, además, me pregunto: ¿existe una manera humana de poderlo comprender?.

E.F.B.  


MELODÍA DESAFINADA EN BEBOP (Parte II) por I.M.A.

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… El asiento del autobús ocupado, los paseos por el patio, las comidas…. Todo se desarrollaba con su hijo Dubutu. No podía dar crédito a lo que acababa de descubrir y parecía evidente que Dubutu sí había existido en su pasado.

Fue un pequeño honor que cuando inconscientemente Bebop me reveló su secreto, el transformó la relación con su hijo en algo normal hacia mi persona. Pienso que le dejó muy aliviado y feliz el hecho de que yo lo aceptase. Bebop se levantó y me dijo: “¡Es la hora de pasear con Dubutu!, él me espera, hoy tener muchas cosas de que hablar con él”.

“Muy bien Bebop, disfrutad mucho”, le animé aun sin poder reaccionar como consecuencia del “shock” que me había producido semejante descubrimiento.

Resumiré el final de la historia: pasaron otras dos semanas conviviendo con Bebop y siguiéndole la corriente con Dubutu. La noche anterior a mi partida fui a despedirme de Bebop. Cuando asomé la cabeza por la entrada de su celda, Bebop estaba tumbado en la cama llorando.

“¿Qué te ocurre amigo?!”.

“Estoy tan triste, tengo dolor por tener a Dubutu en este lugar, siempre cerrado en módulo, siempre utilizando su compañía para procurar sanar mis penas”. Quedé pensativo.

“Bebop, de eso llevo días queriendo hablarte y creo que debo hacerlo antes de regresar a Madrid y te pido disculpas por mi atrevimiento pero te ruego lo tomes como un gesto de aprecio. Dime algo Bebop ¿no crees que deberías dejar marchar a Dubutu?.

Bebop puso cara de asombro.

“¿No te parece que Dubutu estaría mucho mejor fuera de aquí?”.

“Eso ser muy duro para mí”. Respondió entre sollozos.

“Amigo mío, yo te comprendo, te comprendo mucho más de lo que puedas imaginar, pero tu hijo tiene el derecho de descansar, de ir en busca de paz, paz que aquí te sería imposible encontrar. Tu hijo necesita partir y probablemente tu más que él, necesites que lo haga. Debes liberarte de todo esto y debes liberarte tú”.

“Pero… eso sería que me abandona, eso sería que no me quiere, sería horrible”.

“No Bebop, es exactamente lo contrario, él no te abandonaría jamás, él partiría hacia un lugar hermoso, donde hay paz, donde solo existe amor y desde donde él puede cuidar de ti. Él debe marchar porque te ama y tú debes permitir que lo haga porque le amas doblemente. Bebop prométemelo”.

Se mantuvo en silencio por unos minutos, con los ojos cerrados.

“Lo prometo señor”. Respondió con un gesto de resignación.

No dimos un abrazo de despedida y me fui a dormir.

Al día siguiente cargue con mi equipaje y bajé listo para viajar. Me despedí de unas cuantas personas y al asomarme por la ventana, me entró la risa a la vez que sentí una gran compasión por Bebop. Ahí iba él, vistiendo sus flamantes guantes azules de cuero, balanceando su cuerpo de un lado a otro, con paso lento y su mano, esta vez yo lo sabía, entrelazada con la de su hijo Dubutu. Iba cantando mientras con su mano derecha llevaba el compás de la canción alzándola con el mejor estilo, como cuando Leonard Bernstein dirigía grandes orquestas sinfónicas. Me dije para mí mismo: “Quizá todo esté bien y así deba de ser, al fin y al cabo tal y como Charlie Parker decía: “en jazz hasta las notas disonantes son bellas y tienen su espacio”.

Una vez en el autobús, me ubicaron en el compartimento número diez. En el asiento de la derecha estaba sentando un hombre de mediana edad, desaliñado. Barba de varios días, con cara de pocos amigos y una cicatriz se dibujaba en la frente. Le trasladaban a Madrid para finalizar su condena después de tres años en Álava y, por supuesto conocía a Bebop cuando le pregunté por él:

“¡Ah sí! Ese negro gordo que está como una puta cabra, joder tío ese por lo visto es un Tutsi, esos que se están matando todo el día con esos otros jodidos negros de otra tribu. Tío… ¿se dice tribu o etnia?… no me acuerdo como se llaman.

“¿Hutus?” Le pregunté.

“Sí tío! Eso… Hutus. Por lo visto entraron en su casa o en su choza o en donde coño vivían esos negros y violaron a su mujer y a su hija, luego los hicieron picadillo, las descuartizaron tío”. Exclamó excitadísimo, como entusiasmado.

A pesar de la repugnancia, del asco y la rabia que estaba sintiendo por este personaje, continué preguntando, su forma de narrar los hechos era como para vomitar.

“¿Qué ocurrió con su hijo?”.

“Le cortaron la cabeza tío, y por lo que me han contando tío el gordo no hizo nada, el muy cabrón debió salir corriendo y salvó el pellejo, ¡qué negro cabrón!”.

Sentí ganas de matar a ese impresentable, sentí tanto odio que en ese momento lo hubiese puesto debajo del autobús deseando intensamente que pasara por encima y lo hiciera trizas, pero finalmente conseguí calmarme no sin que mi estómago ya se hubiese revuelto por completo.

Por esas coincidencias de la vida, que nunca son casualidades, pude escuchar la historia de Bebop una vez más Esta vez por una persona que demostró una sensibilidad exquisita y muchísimo respeto a la hora de explicarme lo sucedido. Todo fue como me contó aquel personaje desalmado del autobús, con una diferencia: Bebop nunca escapó dejando a su familia abandonada a su suerte. Bebop fue amarrado a una estaca, le quemaron las plantas de los pies y las palmas de las manos, le arrancaron las uñas. Los hutus se retiraron y Bebop permaneció varios días atado, presenciando aquel dantesco espectáculo de cómo los buitres se daban un festín con los restos de su familias esparcidos por el suelo. Finalmente desvaneció despertando en la cama de un hospital de Kigali.

Bebop fue sentenciado a una condena de 8 años y un día por robo a mano armada y violencia de un vehículo según se pudo comprobar en las imágenes captadas por las cámaras exteriores de una tienda de Bilbao, en la calle General Concha, por cierto, cámaras en blanco y negro, cuyo detalle es infinitamente menor a las de color. Además varias personas declararon como testigos de aquel suceso. Es cierto que Bebop había sido detenido en Madrid por robar en el supermercado de unos grandes almacenes, el me lo contó, pero como bien decía “Dubutu y yo tener que comer”. Como consecuencia de esa detención Bebop fue asociado por la policiía en el atestado de Bilbao.

En el auto emitido por el juzgado de instrucción de Bilbao , Bebop declaró que el día de autos se encontraba en Madrid, en un Burguer King celebrando el cumpleaños con su hijo Dubutu. En el mismo auto, el juez hace eco sobre el falso testimonio en la declaración de Bebop ya que como se pudo comprobar Bebop no tenía hijos. Por otro lado, en conversaciones que pude mantener con él, las únicas ciudades que Bebop conocía en España eran Algeciras y Madrid. Curiosamente Bebop no sabía conducir.

Nunca se pudieron comprobar sus huellas dactilares, sencillamente porque Bebop no tenía huellas en sus dedos. Cuando tuve mi primer encuentro en el autobús con Bebop, él regresaba de Madrid donde había sido citado para una rueda de reconocimiento, afortunadamente en esta ocasión Bebop quedó libre de cualquier cargo.

Mi intuición, que en este caso particular emana desde lo más profundo de mi corazón, me dice que lo único que hizo Bebop fue crear un pequeño mundo, una burbuja dejando fuera de ella el odio, el horror y parte de su sufrimiento. Un lugar donde poder cohabitar con su último recuerdo, su hijo Dubutu.

Tengo la firme convicción que mientras este planeta cuente con personas como Bebop, con pequeños creadores de esperanza y de paz, creadores de escenarios de bondad, reales o imaginarios, eso no importa, el ser humano tendrá algunas posibilidades de subsistir y de conservar la especie.

Al fin y al cambo ¿quién nos asegura que hay diferencia entre lo real o lo imaginario? ¿no es lo mismo?

Por I.M.A.


MELODÍA DESAFINADA EN BEBOP (Parte I) por I.M.A.

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Más que un autobús aquello parecía un cambión de transporte de ganado. Aunque pensándolo bien, creo que existe una ley que obliga a transportar el ganado en mejores condiciones.

“Dios mío, como tengamos aquí un incendio o este trasto vuelque, no salimos ni con la ayuda de todos los ángeles de la guardia celestial”, pensé.

El viaje desde Madrid hasta la prisión de Álava iba a ser largo y pesado. Al entrar en el autobús de la guardia civil, el agente me indicó que tomara asiento en el compartimento número once. Cuando abrí la puerta del habitáculo número once tal y como se me había ordenado, me encontré con un hombre de color que con una voz más bien cálida, muy poco acorde a sus grandes dimensiones exclamó: “lo siento señor pero está ocupado”. Yo pensé: “¿pero qué coño está diciendo?, disculpa pero el agente me ha ordenado entrar en este compartimento, el número once”. Respondí amablemente. “Usted puede decir agente que este sitio estar ocupado”. Insistió con el ceño fruncido.

“¿No comprendes que no puedo hacer eso?”, se lo pregunté haciendo uso de mi paciencia y con cierta preocupación porque era obvio que esto no pintaba bien. “Pues señor, usted verá, pero aquí no se puede sentar, porque no hay sitio”. Y sin más cerró la puerta de aquella pequeña celda móvil y permanecí durante un instante mirando la puerta con cara de perplejidad.

“Dios mío, ¿qué he hecho yo para merecer esto?” pensaba para mis adentros. Claramente la situación podía complicarse y no poco. No podía hacer partícipe al guardia civil de semejante discusión, aquel hombre a pesar de su terquedad y rostro duro, transmitía una mirada noble. Yo era consciente que si metía al agente verde por medio, el saldría peor parado que yo. Me calmé, me di la vuelta y me dirigí a la parte trasera del autobús donde se encontraba el guardia civil sentado chequeando unos listados de no sé qué.

“Disculpe agente, ¿sería posible que pudiera asignarme otro compartimento? Padezco de claustrofobia y debido al gran tamaño del compañero que se encuentra allí y el limitado espacio del habitáculo, al ser un viaje tan largo, tengo miedo de poder sufrir un ataque de ansiedad”. Apretaba con mi mano el dedo pulgar, esperando una contestación poco amable tal y como suele ser costumbre entre la guardia civil. “Váyase para la 9”. Me respondió sin levantar la mirada de sus papeles.

Suspiré expulsando el aire de mis pulmones y me sentí realmente aliviado. La situación se había solucionado y además pude hacer el viaje solo, sin compartir con nadie esa jaula de circo.

Esa fue mi primera toma de contacto con “Bebop”. Le llamaba así porque su parecido con el músico y compositor de Jazz Charlie Parker era asombroso. A él le divertía el mote. No puedo asegurar que Bebop llegar a ser mi amigo, lo que sé con certeza es que al final sentí una gran empatía y una gran compasión por él.

Bebop se sentaba por las mañanas en un pequeño banco situado entre la salida al patio y una cancha de baloncesto y su saludo siempre era el mismo: “Buenos días señor, ¿cómo está usted esta mañana? ¿quiere un caramelo de menta?. Preguntaba sonriendo, levantando su mano derecha abierta, siempre cubierta por un guante azul de cuero. Bebop hablaba buen español salvo que de vez en cuanto erraba al conjugar los verbos.

“Muy bien Bebop, un día más. ¿Sabes?, hoy he soñado que una princesa venía a rescatarme y me sacaba de aquí”. – “Y cómo era esa princesa señor?”. Preguntó inmediatamente. “Era una princesa morena de ojos negros, cabello largo, sonrisa de las que embrujan, cuerpo delicado y guapa por la más bella gitana de Triana”. Bebop suspiró.

“Soñar con princesas muy bueno señor, ocurre que a veces los sueños no ser de princesas sino de gente mala, muy mala señor, y a mi repetirse y repetirse hasta que yo despertar con lágrimas en los ojos, con el alma encogida y el corazón tan roto que no tener fuerza para salir de cama”. Mientras me lo decía, apretaba sus manos con tanta fuerza que se podía apreciar como asomaban las venas de su antebrazo.

“¿Y eso Bebop? ¿por qué esos sueños?”. Pregunté por curiosidad. Bebop se levantó del banco y sin decir palabra se puso a caminar. En esta ocasión Bebop adelantó su paseo diario. Caminaba alrededor de ese patio frío, siempre en la sombra por el clima del norte, al fondo por encima del muro una cantera con sus lomas perfectamente guillotinadas, de donde probablemente se extrajo toda la piedra necesaria para la construcción de aquella prisión.

Era sorprendente su forma de caminar. Bebop caminaba con un ritmo lento, su cuerpo se balanceaba al igual que un barco navega al recibir las olas por sus bandos de babor y estribor simultáneamente, de un lado a otro, perfectamente coordinado en los tiempos. Su brazo izquierdo se alzaba hacia delante y hacia detrás y su brazo derecho permanecía inmóvil, ligeramente separado del cuerpo, con la mano abierta y tímidamente doblada hacia dentro. Pero lo más llamativo y lo que más curiosidad me causaba era que Bebop durante sus paseos no cesaba de hablar. Hablaba todo el rato, a veces se ponía serio, a veces soltaba alguna carcajada y a veces simplemente una leve sonrisa.

Así transcurrían los días de Bebop, nunca quise preguntarle por qué estaba allí. No por nada en especial sino porque simplemente no me interesaba. A Bebop le gustaba mucho el fútbol, Bebop se sabía la alineación incluso de varios equipos de segunda división. También le fascinaba el dominó y Bebop jugaba largas partidas probablemente tratando de esquivar tantas y tantas horas muertas.

Fue un día que mi compañero de mesa de comedor tuvo una visita de su familia y no pudo llegar a tiempo para la cena. Bebop estaba solo y me acerqué hacia él con mi bandeja. Estaba sentado reposando sus antebrazos sobre la mesa y eso sí, como siempre luciendo us guantes azules de cuero. “¿te importa que me siente Bebop?”, se lo pregunté y al mismo tiempo, sin esperar respuesta reposé mi bandeja sobre el tablero, dando por supuesto que la contestación sería afirmativa.

“Es un placer señor, por favor tome asiento”, contestó como siempre con una sonrisa. “¿Cómo estás amigo? ¿has tenido un buen día?”. “Excelente señor, hoy reí mucho”. Contestó. “Cómo me alegro Bebop”, le respondí también con una gran sonrisa. “¿Qué es lo que te ha hecho reír tanto?” pregunté intrigado y ansioso. “Cosas mías señor, cosas mías…” me respondió cerrando manifiestamente en banda toda posibilidad de una conversación sobre sus “risas”.

En ese momento observé que al lado de Bebop había un cubierto perfectamente organizado como si Bebop estuviera esperando a alguien para cenar. “Esperas a alguien para cenar Bebop?”, pregunté sorprendido. “No!”, contestó riéndose.

Bebop separó dos cucharadas de caldo y las vertió sobre el plato que mantenía a su lado. Troceó en dos partes su filete de carne y procedió del mismo modo. La verdad, yo no entendía nada, pero sabía perfectamente que en Bebop algo no iba bien. No tuve el valor de preguntar, la situación era tan extraña que muy al contrario de permitir que mi mente se anegara con pensamientos contrarios hacia su persona, sentí un profundo respeto.

Los días iban pasando y todos seguíamos a nuestra rutina. Yo con mis cosas y Bebop con su fútbol, sus paseos y sus dominós. Durante el transcurso de las siguientes dos semanas tuve varias charlas con Bebop y me agradaba porque Bebop me hacía reír, hasta que un día, sentados en el banco del patio, se produjo una situación sorprendente.

“¿De dónde eres Bebop?”, le pregunté.

“Adivine”. Me retó en un tono desafiante pero simpático.

“Yo diría que eres de Nigeria”.

“Ja!, no señor, ¿por qué te parece que yo nigeriano?”.

“Tu acento me recuerdo a un nigeriano que conocí en la ciudad de Kano, Nigeria. Él hablaba un español parecido al tuyo y además tu color también es muy similar, eres uy negro, de lo negro que eres casi eres morado”. Bebop soltó una carcajada, me preguntó si yo era racista.

“No, para nada”, negué con rotundidad. “En realidad me importa poco si una persona es negra, amarilla o verde. No es el color de la piel lo que me interesa, es el color del alma”.

“¿Verde?” preguntó Bebop, “¿verde como marciano?¿usted tendría un amigo marciano?”.

“Claro Bebop, tener un amigo marciano sería extraordinario imagínate como….”

“El alma ser de grande importancia”. Me interrumpió. “La calidad del alma de una persona verse clara cuando situación en la vida es difícil”. Quedó pensativo fijando la mirada hacia el infinito.

“Qué razón tienes amigo, no podría estar más de acuerdo contigo. Cuando hay un gran queso en una fiesta, todos los ratones acuden de inmediato, pero cuando la siguiente fiesta es sin queso, solo asisten unos pocos, “los de verdad”, los ratones que se acuerdan que la fiesta del queso también la organizaste tú. En cualquier caso, no me has contestado ¿de dónde eres?”.

“Soy de Ruanda, soy Tutsi”.

“Tutsi… “ quedé sorprendido, “¿tienes familia Bebop”.

“Sí, un hijo varón de 6 años, se llama Dubutu”

“Y en la vida de mi amigo Bebop ¿Existe una señora Bebop?”

“Salumma-Du existir en el corazón, pero estar en el cielo”. Se hizo un silencio.

“Lo siento Bebop, lo siento mucho”. Bajé la mirada hacia el suelo.

“Yo también señor, mucho…” respondió mientras sus ojos se humedecían.

Dejamos pasar diez minutos en silencio, como meditando, como cuando dicen que ha pasado un ángel. Rompí el silencio “¿Dónde está tu hijo Dubutu?”. De pronto Bebop se echó a reir.

“Por Dios señor, ¿me lo pregunta de verdad? Usted cenar anoche con él en la misma mesa!”. Continuaba riendo. “¡Y no darse cuenta!”. Añadió.

Por un momento me quedé paralizado, no quería asumir lo que mi consciente me estaba revelando en aquel preciso instante. Fue el momento en el que entendí todo.

Continuará…


ETNIA, RAZA Y RACISMO por E.C.G.

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Todavía ahora me cuesta encontrar personas que no utilicen el término raza cuando se quieren referir a una persona que proviene de Asia, África o cualquier otro lugar donde sus rasgos físicos sean diferentes a los nuestros, los europeos.

Jueces, médicos, maestros, abogados, fiscales, y personas con todo tipo de carrera, formación y prestigio utilizan incorrectamente este término.

Me resulta difícil entender que la palabra raza se utilice para describir algún rasgo distintivo de una persona por el solo hecho de no haber nacido en el mismo lugar que nosotros.

No importan los descubrimientos sobre el genoma humano,  ni que esté más que establecido, según los científicos, que los seres humanos pertenecen a la misma raza.

Los comunes mortales seguimos padeciendo “racismo” y seguimos utilizando la palabra “raza” para dejar bien clara la diferencia con todo aquel que no es como nosotros. Nosotros no nos consideramos de ninguna “raza”.

Solo quiero enviar un mensaje dirigido a todo aquel que después de leer este artículo esté dispuesto a ser más humano: etnia es la palabra que diferencia los rasgos o características de las personas a consecuencia de la evolución porque, en realidad, solo existe una sola raza: LA RAZA HUMANA.

Por E.C.G.