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REFLEXIÓN DE UN PRESO por A.I.L.

Yo soy un preso. En esta situación me hace explotar en mi ser más profundo. Es difícil creer cuando uno se siente abandonado por la sociedad, la angustia, la desilusión y amargura de esta situación. Yo no soy inocente aunque pocas personas quieres escucharnos y creen en nosotros como personas.

Soy un preso, encausado y condenado pero también existen víctimas de las injusticias cometidas por nosotros de todo el mal que hemos hecho.

Sin embargo, todas las personas no nos perdonan y nos siguen marcando en la sociedad como delincuentes. Es terrible la carca que sella a los que ni siquiera respeta a los inocentes; porque aquí entre nosotros también hay inocentes, pobres víctimas, las familias que también sufren nuestra condena.

No me gustaría perder mi dignidad humana por el hecho de estar en la cárcel, no quiero renunciar a ser persona. Quiero creer que al menos los condenados serán capaces de comprender mis lágrimas, la rabia detrás de estas rejas, miro a la sociedad que me excluye de la capacidad de reinsertarnos y rehacer nuestras vidas según el modelo que nos ofrecen en la vida.

Esperando, sedientos de la libertad de la que nos privan estos muros y barrotes que nos anulan. Ojala todos los que aquí nos encontramos para que juntos consigamos reinsertarnos en sociedad y dignificar nuestras vidas.

Por A.I.L.

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CADENA PERPETUA por E.V.M.

El tema de esta exposición, es el título de una película. Para todos aquellos que la habéis visto, quizá recordéis inmediatamente esta pregunta: “Y tú por qué estás aquí?

Es muy normal aquí en prisión, es lo primero que te preguntan al entrar. Pero yo quiero hacer otra pregunta que invita a la reflexión ¿para qué estoy yo aquí?

Pues personalmente pienso que la primera pregunta, muchos la contestan sin pensar más, solo en el hecho que lo trajo hasta aquí. Sobre la primer pregunta poco podemos hacer ya. En cambio, la segunda pregunta implica mucho más en nosotros mismos, la acción en mi y hacia los demás presos.

El trabajo en sí mismo, significa poder identificar esos errores que producen dolor, tanto a nosotros mismos como aquellos que nos rodean. Tenemos que identificar comportamientos nocivos, que solo tuercen nuestros pasos en el caminar por la vida.

Yo, personalmente, desde mi celda 116 del Módulo 12, trato cada día de aclarar en mi mente el sentido de todo, en especial el hecho de, para qué estoy aquí. Descubro que hay cosas que no sabía y que suceden en circunstancias como estas, en prisión.

Desde la libertad, nunca tuve un pensamiento de lo que sería este lugar, estar preso, sin la tan anhelada libertad. Pero tras estos muros de hormigón fríos, grises, altos y con rejas, voy descubriendo aspectos de mí que antes no veía.

El primero, es compartir un pequeño habitáculo llamado en la jerga carcelaria: “chabolo”, donde dos personas que nunca se conocieron tienen que compartir juntos. Es un reto y un desafío, hacer cambios en uno mismo para tener una buena convivencia con el compañero.

Segundo, aprendes de la soledad aunque haya más personas cerca. Controlar tu tristeza y lágrimas, sin saber qué mano te ayudará o qué palabra de ánimo recibirás.

Estoy sorprendido de comprobar lo que la amistad significa en un lugar como este. Ayudar a otros internos en la medida de mis posibilidades, tomar esta nueva situación con calma, un alto o punto de reflexión en la vida para poder ser mejores seres humanos estando en libertad.

Creo que de la segunda pregunta planteada aquí antes, para todos, yo ya estoy dando respuesta en una pequeña parte de todo lo que implica y seguro estoy que muchos también responderéis de forma positiva a esta reflexión.

Cuando otra vez me pregunten ¿por qué estoy aquí?, responderé: para aprender… nunca olvidemos que “un santo no es sino un pecador que perdura intentándolo de nuevo”.

E.V.M.


EL CAMINO A LA SEGURIDAD por EL NANO

Antes de esta situación de crisis, muchos de nosotros nos preguntábamos por la viabilidad de una sociedad en la que cada vez nos encontramos más aislados en nuestra vida física. Hay que tener en cuenta como muestran las inversiones sobre la inteligencia emocional, que nuestras emociones son relacionales, se generan en la interacción con los demás, y con nosotros mismos, con nuestros sueños y nuestras experiencias pasadas.

Más aislamiento social conlleva, más inestabilidad emocional. Esto hace que me pregunte ¿por qué la gente que entra en prisión no se integra en la sociedad? No se les reeduca o se les reforma y siguen delinquiendo y muchos vuelven a delinquir y cometen los mismos errores del pasado? ¿por qué no se hacen tareas pías para reformar dicho carácter antisocial? Unos por temas de drogas, otros porque se creen Vito Corleone, otros tienen delitos muy graves como una muerte o algo peor, pero creo que todos tendrán que reeducarse para salir de aquí y no volver jamás.

Podían demostrarnos y enseñarnos cinco medidas básicas para nuestro bienestar. Felicidad, salud corporal, propósito en la vida (objetivo vital), resistencia a la depresión, y perseguirlo en sí mismo como algo deseable, esto tiene la capacidad de configurar nuestro comportamiento y nuestra forma de vivir, nuestra personalidad a lo largo del tiempo, tendríamos que quitarnos la idea de la cabeza del dinero fácil que a muchos de nosotros nos ha llevado de cabeza a esta situación. Un comportamiento repetido, una práctica habitual, requiere de nuestro interés y cuidado para lograrla, tiene que ser importante para nosotros, tiene que ser significativa para nosotros. Las prácticas cotidianas de la generosidad que son repetidas a lo largo del tiempo respondiendo a nuestro comportamiento intelectual, tienen la capacidad de reformarnos de diferentes formas que incrementan nuestra felicidad vital.

El apoyo mutuo está inserto en los genes de todos los animales sociales que cooperan para realizar lo que uno no puede hacer solo. Podríamos participar en más actividades en las que nos podamos relacionar todos como iguales ayudándonos los unos a los otros, fomentando el compañerismo y la generosidad, para apoyar la reinserción o el cambio de mentalidad que tienen muchas de las personas que están en prisión y o consiguen dicha reinserción social. Aunque yo pienso que querer es poder.

Eso me hace reflexionar mucho y un día leí que la religión (o como a mí me gusta llamarlo ) la filosofía Budista dice así: es una religión muy sencilla que se basa en ser bondadosos los unos con los otros. Así de fácil es.

Por eso quería añadir una conversación del Dalai Lama con un tibetano. Le torturaron muchos años en la cárcel, al preguntarle si alguna vez había sentido miedo le respondió: “sí me daba miedo una sola cosa. Dejar de sentir compasión por los chinos”. El perdón le sirvió a Lapon-La mientras estuvo en prisión. Al perdonar a los chinos, su experiencia con ellos no empeoró. No sufrió demasiado mental ni emocionalmente. Sabía que no podía huir, así que pensó que era mejor aceptar la realidad que dejarse traumatizar por ella. Esta última frase a mí personalmente me ayudó mucho y espero que a otros les pueda servir para aceptar la realidad e intentar por todos los medios cambiar y no volver a realizar jamás los mismos errores y así nunca más llegar otra vez a estar en esta situación. Hay muchos que no saben perdonar, que echan la culpa a terceros por su situación pero lo principal que tienen que saber y comprender que lo primero que tienen que hacer es perdonarse a sí mismos para estar en paz y poder seguir su vida dignamente y poder seguir su camino.

El Nano


ACERCÁNDOME A LA LIBERTAD por E.F.B.

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Vendría a ser como la apertura mínima de una cápsula con espacio suficiente para que sólo puedas salir tú de la misma y lo que contigo en la cabeza te quieras llevar. Cualquier cosa que metas en la bolsa que te acompaña, carece de importancia sustancial. ¡Qué sé yo! Alguna prenda de ropa para vestir “lo externo”, si además te queda bien y revitaliza el espíritu juvenil que no debe de perder un cincuentón, tampoco te tiene que importar que la coquetería sea “pecado de vanidad”.

Al fin y al cabo no vive como en sociedad idílica cuyos individuos nos caractericemos, precisamente, por actuar con naturalidad, ni existen entre nosotros grandes reyes de la sencillez. Sin duda, una torpeza de defectuosa humanidad.

Quizá me equivoque al arrancar con esta parrafada filosófica, dando por hecho que “lo profundo” es asunto de interés. Quizá no me he dado cuenta, por intencionalidad de ser leído, que lo que “más vende” suele tener gran carga de superficialidad. Sin embargo, y como quiera que lo que me gusta es escribir, ¿por qué no habría de hacerlo hoy desde la intimidad? Es mi deseo, soy un activo participante del Blog Nómadas y con ello hago un uso legítimo de la oportunidad.

Hablaba de “cápsula” en el encabezamiento, porque tras cinco años de estar encerrado en prisión, se me ha otorgado la confianza para que “sin cadenas” salga de mi cautiverio con el objetivo de “sondear” cómo sería la vida en libertad tras tanto tiempo sin probarla. Setenta y dos horas en un océano temporal inconmensurable por necesidad. ¡Que nadie se alarme porque van a soltar a un preso!, por lo común y salvo escasas – aunque notables algunas – excepciones, la “oveja” suele volver al redil para cumplimentar la deuda social adquirida por el acto reprobable que originó la especial situación. En mi caso ya es pretérito, y esa breve aunque intensa oxigenación, es el detonante de estas letras que escribo al regreso, desde mi celda en Soto del Real.

Cuando salí realicé un ejercicio mental que me permitía obtener una perspectiva secuencial y fotográfica sobre mí mismo analizando aquellos “primeros pasos” fuera de los muros del penal. ¡Una auténtica locura! Una borrachera de sensaciones que se antojan indescriptibles y entre las que me pierdo por caminos muy dispares cuando las intento verbalizar. ¿Os imagináis a un mono de esos pequeñitos al que se le abre la jaula en el zoo y se encuentra ante sí la inmensidad? Pues, salvando las pertinentes distancias entre el primate y mi persona, uno de ellos parecía yo. Torpe, angustiado, expectante, ansioso, analista, tocón. Atorado en un abismo de cien mil preguntas en tiempo récord- Vigilante, orgulloso, sumiso a la vez que altivo. Todo junto y desordenado envuelto en una burbuja ignorada hasta la fecha; una dimensión distinta a lo conocido. ¿Quizá como un vagabundo que con resignación anhela un punto donde sosegarse?, ¿un excomulgado en vías de reconversión que alberga la esperanza de ser perdonado o de encontrar refugio en religión distinta? ¿un apátrida de lo social que pisa territorio extranjero o flota en una tierra de nadie, porque ni se quiere sentir de la cárcel ni se puede sentir de la libertad?-

Bien pudiera parecer que exagero o dramatizo en demasía, pero muchos son quienes podrían dar fe de que poco es cuanto aquí vengo a contar… y sin embargo fui, estuve y volví con ilusiones, que se bañan en la sensibilidad oculta tras la coraza de un “criminal de temporada” que parece haberse dado cuenta del valor de lo que se tiene y de la superioridad que puede llegar a ostentar lo sencillo y la sencillez.

Pero nada de esto hubiese sido posible – seguramente – sin el elemento fundamental que mantiene firme a un preso durante una larguísima condena: LA FAMILIA…

Por eso quiero aprovechar estas líneas para traducir a palabras una mínima parte de lo que siento en el corazón.

Al sumar los años de cárcel, con los que anduve por mundos de delincuencia y marginalidad, tengo que hablar de “diecimuchos” desde que protagonicé mi desaparición de un plano social de “normalidad” a principios del 2000. El traumático abandono de una familia al completo que inmerecidamente recibiría el peor pago de sufrimiento de parte de uno de los suyos. Una dramática decisión que resultó del dilema impuesto por la situación excepcional de la que era mi vida. Tener que elegir entre que me creyesen muerto o que viesen los terribles efectos derivados de una gravísima drogadicción, hizo que optase por la primera, utilizando con torpeza la técnica de la avestruz. Una decisión del todo errónea por haber dejado de ser el soberano de mi voluntad, entregada entonces a un asesino tóxico y cruel.

¡Tantos años más tarde!, esa humilde familia descompuesta por significativas pérdidas y a la que no acompañé en sus peores momentos… ahí estaba, firme, acompañándome a mí. Sin un reproche de sus bocas, sin un mal gesto, arropándome y consolándome en un duelo, como si del mismo yo fuese el único acreedor… un acto sencillo que te muestra cuál es la verdadera cima del “poder”.

Pudiera ser que el relato de la historia de un permiso penitenciario, con la particularidad y vivencia de cada uno, requiriese de amplia literatura para todo aquel o aquella a quien pudiese interesar. Esta es la narrativa más simple que de mis tres días puedo escribir. Me quedo corto, pinceladas a grandes rasgos de lo que parece imposible narrar. Pero no debo ni quiero dejar que vuele esta oportunidad de expresar mi gratitud. ¡Gracias!, a esa madre, a ese hijo, a ese hermano, que me ha “regalado” un sobrino precioso. A esos tíos y tías, primas y primos, tan especiales que me han mostrado el valor de una familia. A esos vecinos tan viejitos y entrañables que con su cariño me han devuelto buena parte de la niñez. También a esos pocos amigos a quienes creí perdidos de mi vida para siempre, y ahora me ayudan a volver a sonreír; aunque tenga que ser con lágrimas en los ojos de la más pura felicidad.

Seguiré esperando en mi celda y con forzada paciencia a que lleguen nuevos días de permiso para volver a revivir tales sensaciones. Acaso, también, otras amargas de las que la propia vida a nadie exime; pero que sea entre mi familia y en mi hábitat natural. Necesito apurar momentos para sentirme como ese mono al que suelta de su jaula. ¡O mejor!, para sentirme como una persona “normal”.

E.F.B.


LA SONRISA DEL GERANIO por TIBU

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Hace bastantes meses que ingresé en prisión. Primer ingreso, nervios, miedo, ansiedad, inseguridad a flor de piel… es difícil describir el cúmulo de sensaciones que, en mi caso, se fueron sucediendo desde el día en que, de manera justa o injusta no viene a cuento ahora, recibí la noticia de mi cercano ingreso. Había perdido el juicio, en todos los sentidos, y la perspectiva que se aparecía ante mí no era la que hubiera pensado nunca en mi vida. Ante lo irremediable de la situación me mentalicé, hablé con los míos, ordené lo que pude la que en ese momento era mi desordenada vida y preparé para lo inminente.

Aquí, en la cárcel, murieron muchos tópicos y germinaron muchos otros. Lo que era real hasta entonces se vistió de un manto oscuro de irrealidad, ya no era libre de decidir apenas nada. La náusea me abrazó.

Comencé a convivir con un abanico de gente, de costumbres, que hasta entonces solo formaban parte de la ciencia-ficción. Y adaptándome a la fuerza a mi nuevo estatus de preso, un lenguaje desconocido, unas formas de expresión desconocidas lentamente danzaban a mi alrededor. Palabras tan ajenas a mi mundo como causa, condena, educador, junta, o más especializadas como perra, pucabón o cunda, comenzaron a resultarme desdichadamente familiares, y no por ello agradables.

Una mañana de tantas bajé a desayunar, con el tímido sol de invierno que se colaba a duras penas por el patio, observé al fondo de una estantería de la sala un geranio. Hasta ese momento no había pensado en que en el habitáculo donde pasaba muchas horas resguardado del frío, había bastantes tiestos con plantas. No sé por qué fijé la mirada en ese pequeño pelargonio, desnudo de flores, medio seco, huérfano de mimo, ajeno a todo, pero que, desde el rincón semioscuro al que la dejadez humana le había relegado, se agarraba a la supervivencia.

La pequeña planta crecía de manera desproporcionada, en contra de su mapa genético, buscando algún rayo de sol que le alimentase.

Casi a escondidas, furtivamente, agarré el tiesto que le albergaba y le situé justo enfrente, en el ventanal por donde se cuela la luz del día. De manera natural, imaginé que se establecía alguna especie de complicidad entre ambos, el geranio y yo.

Cada mañana, sin prisa, cambiaba un poco la orientación, dependiendo de la luz del sol. Poco a poco, con silenciosa espera, mi mudo amigo comenzó a darme muestras de su gratitud. Sus nuevas hojas ya no crecían desproporcionadas, ahora aparecían en su tamaño justo, erguidas, orgullosas.

Pasaron un par de meses en nuestra incipiente relación, yo le daba un poco de agua y luz, justo lo que necesitaba, y él me respondía con nuevos brotes. No sé cuál de los dos estaba más agradecido al otro, si yo por recibir belleza a cambio de unos mínimos pero necesarios cuidados, o él, por sentirse valorado y que le diese la oportunidad que seguramente nunca tuvo.

Ajenos a las causas, la jueza de vigilancia, la junta, y a la propia cárcel en sí, la pequeña planta parecía no sentirse una presa más, parecía que era un geranio normal, como los de la calle. Y con esa puntualidad que las estaciones piden, en primavera me regaló un generoso ramillete de flores rosáceas, apareció en todo su esplendor, sin tener en cuenta las condenas, ni la reinserción, impermeable a las lisonjas de autoredención que algunos buenistas iluminados se empeñan en arrojarnos, como si fueran peladillas que se les da a los niños que se han portado mal a cambio de que rectifiquen su conducta, y que no hacen más que levantar un alto muro entre ellos, los buenos (¿) y nosotros, los malos (¡).

Y mi amable y silencioso geranio, a cambio de luz y agua, se siente un geranio más, uno normal que no necesitaba más que la atención adecuada, solo eso. Desde entonces he hecho lo mismo con otros geranios que estaban enfrente, sin luz ni agua, y todos han respondido igual de bien… me sonríen desde su ventanal, inmunes a la diferenciación que pretenden hacernos sentir a los de aquí.

El que tenga oídos…

Tibu


LAS JUSTAS INJUSTICIAS DEL SISTEMA PENITENCIARIO por Tony

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Cuando una persona comete una infracción, digamos de tráfico, recibe una sanción económica y cierta pérdida de puntos, claro mientras esta infracción no conlleve peligro o daños a terceros, conclusión, su vida respecto a la sociedad en nada cambia, paga la sanción y su rutina es la misma.

Yo me pregunto, por qué el sistema penitenciario ante un error puntual de una persona enferma de muchísimos años (drogodependiente de por vida) no nos engañemos, esto es así aunque se lleve abstinente 10, 15, 20 años siempre estará el peligro de la recaída o un consumo esporádico.

Ante este hecho que solo perjudica a él mismo, la sanción que recibe es de estar intentando adaptarse a la sociedad con los obstáculos que nos ponen, ¿simplemente devolverte a prisión? Cierto que se ha cometido un error, cierto que se ha faltado a una condición para la concesión de esa libertad.

Pero, yo me pregunto ¿es este camino viable?

No, pienso que definitivamente sería más efectivo y terapéutico con vistas a una desintoxicación y olvido de esas sustancias, analizar el porqué del consumo, que lo ha motivado, estado anímico de la persona, proporcionarle herramientas sobre todo de evitación para no correr el mínimo riesgo.

En definitiva analizar el motivo, pero en vez de eso automáticamente “fuera del centro, piso…” y acto seguido revocación de la libertad condicional.

¿Es este el camino a seguir? Estoy convencido que no, hablo en primera persona, pero podría citar casos, estadísticas… ¿entonces?, algo no funciona, y cuando algo no funciona hay que buscar alternativas válidas y no optar por el camino más fácil, pero inútil. ¡Mandarte a la prisión, impidiendo con ello cualquier tipo de reinserción!.

Pues con la decisión tomada por la infracción que perjudica solamente al infractor, se le está criminalizando por un consumo: ¿acaso no lo es pasar de una vida más que en semilibertad, a encontrarte de nuevo en prisión, en un patio, y cuanto más marginal sea considerado el patio de ese módulo mejor?.

Hay persona que han cometido tropelías, poniendo en peligro su vida, la de otros conductores o viandantes, incluso se han dado casos de resultado de muerte. En proporción, daño a uno mismo, daño a terceros, es algo que se escapa a la lógica más elemental, si comparamos una condena y otra.

Definitivamente algo falla, seguro que nosotros los presos, pero mucho más el sistema judicial y penitenciario, que a la postre son quienes en vista del escaso éxito de su política judicial y penitenciaria, es de rigor, por parte de los responsables, buscar alternativas válidas, que funcionen o al menos, en su defecto aunque poco, hayan que mejoren las estadísticas de personas que se integran de pleno derecho en la sociedad.

Nota del autor: un positivo puntual, debería ser considerado como una falta administrativa, y no criminalizar al infractor como enfermo que es, y es la única infracción cometida.

Por Tony


ME SIENTO, MISIÓN CUMPLIDA por EL LOBO TXAPELA

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Una tarde me encontraba tomando unos vinos con un señor que había sido profesor mío en la escuela, en el pasado, cuando aún existía E.G.B. De pronto no sé si por el calorcito del vino o por el remordimiento de conciencia me dijo: “¿Te acuerdas que te suspendimos y te hicimos repetir 8º curso?, pues fue por lo revolucionario que eras, no porque tu nivel académico no fuera suficiente”. Y después sonrió.

Yo no sonreí, pagué los vinos y me sentí mal, me habían hecho quedar fatal ante mi entorno familiar y perder un año de mi vida. Como ya he dicho me sentí mal, pero aquí en prisión he llegado a sentirme peor.

Cuando era un chiquillo, mucho antes de lo anteriormente relatado, descubrí que mi padre era un maltratador que pegaba a mi madre a destajo, que después comenzaría a pegarme a mí también, y me sentí muy mal, aunque en estos últimos meses he podido sentirme peor.

Casi por esas mismas fechas o esos mismos años, mi hermano pequeño, mi único hermano, se bebió jugando un frasco entero de jarabe coagulante de sangre. Creí que mi hermanito al que tanto quería iba a morir. Todo se resolvió bien gracias a la rápida actuación de un amigo de la familia, pero yo lo pasé fatal y me sentí muy mal, pero aquí en la cárcel he conseguido sentirme bastante peor.

Años después, tras estar los años 85, 86 y 87 en el ejército del aire, recibí una carta que me decía que por una reforma del gobierno ya no podía continuar mi carrera como militar, ni en el destino que había solicitado, ni en el que tenía hasta el momento. Aquello dio al traste con mis ilusiones y me hizo encontrarme mal, aunque en prisión he llegado a encontrarme peor.

Cuando contaba con la edad de 39 años, justo el día de mi cumpleaños,  sufrí un accidente laboral que me dejó cinco días en coma, entre la vida y la muerte, politraumatizado y lleno de placas de osteosíntesis, no sirvo ni para huir de un fuego, no puedo correr, ni saltar, ni hacer muchas otras cosas, no encuentro palabras para decir cómo me sentí, ni las encuentro para decir cómo me siento ahora.

Después de perder mi novia de toda la vida, porque su padre no quería yernos con pendientes, anduve dando tumbos en lo sentimental aquí y allá, hasta que comencé una relación más o menos estable, y cuando iba a nacer nuestro tercer hijo mi compañera se puso de parto en casa, en nuestra humilde casa y sin tiempo para nada.

Allí estaba yo, asustado por un lado e ilusionado por otro, pero con decisión, atendiendo el parto, para poco después ver como mi propio hijo moría entre mis manos. ¿Se imaginan como me sentí entonces?, no hay palabras para describirlo, ni siquiera que los paramédicos me dijera que lo había hecho todo bien pero que la criatura era inviable sirvió para consolarme, y me sentí fatal, totalmente abatido. Pues aquí estoy igual de abatido.

Si este es el objetivo del ingreso en prisión y la reinserción, enhorabuena. Misión cumplida señores.

Por El Lobo Txapela