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LA ESCLERÓTICA BLANCA MÁS HUMANOS NOS HACE por F.L.N.

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La tierra ya tenía una larga historia de miles de millones de años, cuando la actividad de diferentes organismos con ciertos elementos a favor, hicieron posible la formación de la vida. Aparecieron luego diversas especies de las que una de la más singular, el género humano.

Hará relativamente poco, unos 10.000 años tan solo, que empezará a comportarse de manera extremadamente peculiar. Si todas desde siempre se adaptaban a su entorno, a pesar de sus cíclicos cambios constantes, nuestra particular especie adaptará, más bien, dicho entorno a su beneficio, modificándolo todo cuanto pudo. Así cuando cada especie dejaba su inevitable huella de su paso por el planeta; esta última dejará grandes y profundas heridas, que haciendo caso a la ley de Murphy, es cuestión de tiempo que se infecten.

Dramatismos a parte, nuestra rareza viene de lejos, tanto para bien como para mal, pero el caso es que la especie prosperó: salvó incontables obstáculos, superó situaciones adversas y sobrevivió a desconcertantes trasformaciones que podían parecer hasta carentes de lógica.

Cambiamos los enormes y afilados colmillo iniciales, al estilo de Drácula, por otros de menor tamaño, más apropiado para los besos. Perdimos masa muscular y ósea, pero ganamos un cerebro más grande y complejo, aunque sin el manual de uso (nobody is perfect).

Con todo y con eso, somos el único animal capaz de juntar la punta del pulgar con la de cualquier otro dedo de la misma mano. También hemos inventado el pensamiento, sentimiento y humor, gracias al complejo y gran cerebro que aún no sabemos usar casi. Además de la imaginación, emoción y conciencia que son aún de monopolio humano. Es que somos la hostia, se podría decir, resulta que es gracias, en gran parte, a esta mirada perfilada en blanco, un rasgo que solo los humanos tenemos de serie.

Varios estudios apuntan que la clave verdadera de nuestra prosperidad y supervivencia reside en la esclerótica en tono claro, nada menos que “el blanco de nuestros ojos”.

Dicen que la especie fue prosperando según fortalecía las colaboraciones, los vínculos e incluso las dependencias, primero entre distintos miembros, luego entre grupos de varios individuos para finalmente construir grandes y prósperas sociedades bien organizadas, como las que conocemos hoy.

Si la colaboración y organización social, o sea, el bien común, fue la base de nuestra prosperidad; los ojos fueron y son una herramienta esencial en el funcionamiento social del ser humano. Y la esclerótica refuerza esta función, haciendo de ellos aún más eficaz. Una ventana a la mente de su portador, ideal para compartir intenciones. Facilita crear el obligado ambiente de confianza necesario para poner en común las cabezas, interconectar los cerebros e intercambiar más que informaciones.

Si un cerebro ya es extraordinario, la suma y colaboración entre varios; aún más asombrosa será con toda seguridad además se sabe que un cerebro es mucho más eficaz que cualquier otro músculo del cuerpo con su fuerza bruta.

Volviendo a la mirada y los ojos, veremos que en la capacidad de dirigir la mirada en una dirección y la cabeza en otra o mover la mirada sin girar la cabeza; casi nos supera el camaleón, que mira con cada ojo en una dirección diferente, si no fuera porque tiene mayor importancia lo nuestro. Que una vez más, gracias a la esclerótica podemos advertir a los demás dónde miramos y a más distancia; detalle muy interesante, cuando la cooperación tiene una mayor relevancia para la supervivencia de la especie.

También recibimos señales hormonales, como la oxitocina que modula nuestras respuestas ante las miradas de otros, a través de ella.

Un experimento reciente, reunió a un grupo de personas desconocidas entre sí; enfrentados por parejas, tan dispares que solo se asemejaban por el blanco de los ojos, literalmente dicho. Les bastó con unos pocos segundos, mirándose a los ojos para que estallara una tormenta de emociones muy contagiosas. Ningún participante pudo librarse de esas fuertes reacciones causadas por alegría, pena, amor, repulsión, miedo, cólera y otras no identificadas, sin necesidad de mediar palabra.

Investigadores de la Universidad de Amsterdam, observaron que tanto los chimpancés como los humanos, imitan el tamaño de la pupila de su interlocutor y la esclerótica sirve para reforzar el efecto de este tipo de interacciones.

Se pudo desarrollar esta función como mecanismo de defensa, dicen H. Kobayashi y S. Khoshima, los primeros en profundizar en el estudio de la esclerótica y suyos son muchas de las teorías aquí vertidas. “Somos capaces de detectar el miedo en los ojos de nuestros congéneres”, explican, “incluso cuando no hay amenaza aparente o consciente: una clara ventaja para la rápida identificación del riesgo”, concluyen.

A diferencia de las señales vocales, la comunicación visual tiene además la conveniencia de ser silenciosa, ideal cuando existe la posibilidad de ser detectados por presas u otros depredadores.

Pero quizá su función más importante hay que buscarla desde el punto d vista de la empatía en general, característica que mejor nos define como “aquel que se compadece de las desgracias de sus semejante, persona tolerante y comprensiva al actuar y juzgar a los demás”, es decir, humano, tal y como lo define la RAE.

Es exactamente lo que soy o debería ser, pero también es lo que veo o debería ver al mirarme a los ojos; a no ser que tengas la esclerótica de otro color.

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F.L.N.


MARILLAC por A.Z.E.

Logo Asociación Marillac

Marillac, Marillac

Tu mirada son los ojos

De la humanidad

Junto a ti, los necesitados

Se siente feliz.

Bien sabe dios

Que a los más desvalidos llenas de emoción

Mas tu gratitud

A las habilidades de las personas

Las han convertido hoy por hoy

En hechos y obras.

Gestos de humildad que a la ventana se asoman

Y en sus corazones sentimientos afloran

Con virtudes se familiarizan como así la claridad del cielo

A hombres y mujeres ilumina.

Por esos detalles sociales, respeto y constancia

Y a los que te piden ayuda cubrieras de alabanzas.

Ese espíritu, taller, actividad con esa palabra caridad

Sean siempre en conjunto los instrumentos que a la oración han de abrazar.

A.Z.E.


NUESTRA MENTE: ALIADA O ENEMIGA por M.A.I.S.

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“Si te sientes dolido por los acontecimientos o cosas externas, no son éstas las que te causan ese dolor sino tu propio juicio acerca de ellas. Y está en ti el poder cambiarlas ahora mismo”. Marco Aurelio.

Esta cita del emperador romano Marco Aurelio, deja claro el poder de la mente sobre nuestras emociones y conductas. El mundo en el que nos desenvolvemos tiene mucho que ver con lo que pensamos, pero no es el responsable, son las interpretaciones que hacemos las que nos causan determinadas emociones, pero en vez de responsabilizarnos de ello tendemos a culpar a los que nos rodean y a “lo mal que están las cosas”.

Nuestra mente elabora ideas, ilusiones, y deseos que pueden causarnos angustia y sufrimiento si no se materializan. Además, se ha de tener en cuenta que en ocasiones, el resultado que se nos presenta está ligado al control de otros que a su vez, están subordinados a diversos factores tanto humanos como materiales.

El cerebro humano es plástico y moldeable, está demostrado que se pueden modificar las actividades psicológicas cuya función es la de adquirir conocimientos oponiendo así una barrera a los dominicos afectivos causantes del malestar psíquico, que muchas veces no está justificado al ser fruto de una disociación de la realidad. Por lo tanto, se hace necesario pensar de forma productiva, es decir, tener cierto control sobre nuestros pensamientos, analizándolos sosegadamente, para ser capaces de diferenciar los que podemos afrontar de aquellos que por estar fuera de nuestra capacidad y control no merece la pena perder el tiempo en ellos. De no actuar así podríamos perder la perspectiva de lo inmediato y presente.

Suele ser muy útil escribir sobre las emociones negativas causadas por comentarios, críticas, o situaciones que identificamos como dañinas e injustas para con nosotros. Escribiendo todo lo que nos viene a la cabeza en forma de respuesta hacia esa o esas personas de las que inicialmente pensamos que “buscan perjudicarnos” y dejando pasar un tiempo para volver a releer lo escrito observaremos  que en numerosas ocasiones la sensación de malestar se ha suavizado e incluso a veces desaparece pues siendo el causante una persona de la que sabemos que nos aprecia y a la que apreciamos, deduciremos que no era su intención perjudicarnos. Y si procede de quien es intrascendente para nosotros, igual de intrascendentes han de parecernos sus teóricos “agravios”. Claro está que esta forma de entrenar nuestro cerebro no trata de transformarnos de un día para otro en personas con exceso de positividad u optimismo, hemos de tener claro que en el devenir de la vida pasaremos por buenas y malas etapas.

Ser realistas y objetivos es algo primordial, e implica no crearnos expectativas para las que no estamos capacitados y sobre las que no tenemos un efectivo control. Evitaremos los pronósticos y predicciones sobre todo aquello que presumimos conocer, pero que en realidad no están fundamentadas en información veraz, pues al verificar que éstas no se cumplen nos frustraremos generando en nosotros sensaciones negativas de las cuales responsabilizaremos a quienes nos negaron lo que pensamos que era lo justo, no admitiendo que fuimos nosotros los constructores de una estructura de ideas expectativas y pronósticos que realmente no tenían base alguna en lo tocante a la objetividad.

Todo en la vida es elegir, unas veces acertaremos, otras no, por ello procuremos disfrutar de las primeras, desechando las que no podamos rectificar al estar fuera de nuestro control. Hay que aceptar el error como parte del juego de la vida y lo haremos sin victimismo pues éste solo aporta angustia. De igual manera que no decidimos ni donde, un cuando nacemos, tampoco podemos decidir dejar de tener pensamientos, pero sí podemos entrenar la mente para buscar soluciones favorables a éstos. Para ello se hace necesario el autocontrol,. Pues no está en nuestras manos prever todos los acontecimientos, en nuestra capacidad está el convertirlos en una buena ocasión para vivir con el menor grado posible de angustia, ansiedad y sufrimiento.

M.A.I.S.  


HUMANOS Y OTROS ANIMALES por M.A.I.S.

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Desde muy antiguo los humanos recurrimos al consumo de diversas sustancias estimulantes que además son adictivas y legales; tabaco, cafeína, teína, alcohol y determinados fármacos que se dispensan sin receta y varios que sí precisan de ésta. Lo hacemos inicialmente atraídos por lo desconocido y posteriormente continuamos su consumo porque en ellos encontramos experiencias que nos hacen repetir, y en muchos casos, se convierten en una adicción más o menos crónica.

Pero aun más antiguo es el consumo de sustancias “estimulantes” por parte de algunos animales, los cuales utilizan sus conocimientos, que en algunos casos vienen de serie y en otros son inculcados de padres a hijos, para excitarse, relajarse e incluso automedicarse. Sí, los animales también consumen drogas.

En el afán de supervivencia y utilizadas como arma biológica las plantas desarrollaron diversas sustancias químicas para defenderse del ataque de los depredadores. Pero en algunos casos el efecto ha sido el opuesto, y en vez de rechazo, estas sustancias producen la irresistible atracción de muchos.

Al igual que en los humanos, el cerebro de muchos animales es un órgano al que le resultan irresistibles todos aquellos componentes químicos que le producen estímulos placenteros, llegando a crearse determinadas dependencias.

Lo primordial en la supervivencia es el estar alerta para poder reaccionar al ataque de un depredador. Pero entonces… ¿por qué se drogan los animales?. Esta faceta es desconocida para los biólogos y hoy día existen varias hipótesis, que mantienen que esta conducta tiene razones evolutivas ya que tal vez así se producirían nuevas posibilidades de adaptación. Por otro lado, se sostiene la idea de que tal vez los animales no buscan en principio drogarse con las sustancias de algunas platas, sino otras propiedades, pero al encontrarse con los “estimulantes” efectos… estos les gustan y de ahí sus “adicciones” a los mismos.

Es conocido que en la guerra de Vietnam, los búfalos  acudían a los campos de amapolas, y a pesar de que no les gustan en absoluto, consumían grandes cantidades de sus flores, no para alimentarse, sino para reducir el estado de nervios producido por las explosiones de las bombas estadounidenses. Existe una planta conocida como “menta de gato”, la cual consumen estos felinos ya que les embriaga y estimula sexualmente. Algunas especies de abejas sienten predilección por las hojas de las plantas que contienen contaminantes químicos, las cuales les producen en principio estados eufóricos y con el tiempo su final vital. De la misma manera los renos de Alaska buscan con desenfreno la Amanita Muscarida, una seta que tiene efectos alucinógenos los cuales pirran a estos animales.

Estos son solo unos ejemplos de animales que se droga, pero hay más, y la cosa va en aumento. Ya Darwin observó este comportamiento en unas 16 o 20 especies, pero hoy día se han catalogado más de 150 de toda la fauna animal que de una u otra manera, con más o menos asiduidad y en mayor o menos cantidad, se drogan. Por ello tal y como reza el título de este artículo, de igual manera que los humanos utilizamos y nos convertimos en “adictos” con el consumo de algunos frutos y hojas, los otros animales también disfrutan con los efectos más o menos adictivos de ellos. En verdad se puede decir que en algunas cosas no somos tan distintos.

M.A.I.S.


LA CASCADA, Cuento Infantil por E.A.C.

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Ese día, cuando la luz comenzaba su reposo diario, el Señor Oso huyó en compañía de su familia, la Señora Osa y sus tres oseznos, dos machos y una hembra muy joven, a quien cariñosamente llamaban Este. No sabía a ciencia cierta qué camino tomar, pero confiaba en si instinto de macho que siempre lo llevaba hasta lugares remotos en donde abundaban el agua y los manjares silvestres. Los oseznos mayores pronto formarían su propia familia,  en cambio Este, su princesa como él insistía en llamarla, todavía era muy joven, tan joven que aún no conocía la maldad.

Las fábricas, el progreso, la contaminación, en fin, el hombre que todo lo destruye, reflejaba su espíritu despiadado en el deplorable estado del bosque. La naturaleza, como antaño, ya no proveía a los habitantes de la selva de suficiente comida, y el agua de los ríos más cercanos estaba envenenada por detritus que se arrojaban en los cauces otrora caudalosos, convertidos ahora en pantanos. Él lo sabía, llevaba años señoreando el bosque, podía percibir la desgracia en el aroma del viento. Los animales deambulaban hambrientos e irascibles en busca de una presa, destrozándose entre sí a la primera diferencia. Todo estaba cambiando, incluso el clima. El verano era mucho más caluroso y el invierno llegaba sin lluvias, reseco y cruel. Si se quedaban allí no lograrían sobrevivir.

Caminaron mucho tiempo. Cuando el sol se preparaba para irse a dormir les indicaba el sendero. La luna – encargada de iluminar a los infatigables caminantes-, los acompañaba, y las estrellas mostraban a los viajeros, como en un mapa, la ruta a seguir. Esta vez tampoco se equivocó, al menos eso parecía cuando alcanzaron el pico de una montaña y apareció ante ellos un pequeño bosque que se desplegaba a sus pies como una alfombra tejida a mano, adornada con una fama de verdes entreverada por trazos rojos, amarillos y ocres. Allí se resguardarían del frío y encontrarían suficiente alimento para sobrevivir al invierno. En un claro del bosque, un riachuelo alimentaba un lago transparente como un espejo aguamarina. El piar de los pájaros y los alegres cánticos de otros animales impregnaban la atmósfera de un delicioso espíritu festivo. Encontró una cueva en la base de la montaña. Con un toque de su mano mágica, la Señora Osa la transformó en hogar, y con la ayuda de sus hijos mayores, y de paso, para iniciarlos en el rudo aprendizaje de la supervivencia, comenzó la búsqueda y almacenamiento de provisiones.

Un día, mientras paseaba cerca de la cueva, descubrió en la maleza extraños espacios. Habían sido hollados por el peso de algún cuerpo. Su mente se iluminó de inmediato: eran pisadas humanas. Las del hombre, su depredador y eterno enemigo. Las huellas delataban humedad reciente… Serían dos, máximo tres… Papá Oso sabía de lo que eran capaces aquellos monstruos que atacaban sin razón, como la tormenta que va y viene sin aviso. Su instinto dictó la decisión: Alejaría de allí a los invasores, preservaría la vida de su compañera y de sus hijos, demasiado jóvenes para batirse en duelo, y más jóvenes aún para morir. Rastreó las huellas, y cuando notó que la humedad de la hierba pisoteada aumentaba emitió un clamor que resonó en todo el bosque. Para Mamá Osa y sus oseznos fue: “¡Escóndanse. Hay peligro!”, y para los depredadores: “¡Aquí estoy, vengan por mí!”.

Atravesó deprisa el arroyo, demarcando el terreno que permitiría a los hombres seguirlo y comenzó a ascender por la montaña, asegurándose siempre de que le pisaban los talones. Durante la carrera escuchó varias veces un estruendo familiar que le recordaba la explosión de los truenos durante las tormentas. No sentía miedo a la muerte, aunque sabía que ésta lo rondaba disfrazada de cazador. Cuando alcanzó la cumbre pensó que había llegado al cielo, pues las brumas heladas rodearon su fatiga. Medio aturdido aún, pisó una piedra que se fugó con él montaña abajo. Cayeron al precipicio con la misma fluidez con que la lluvia del verano se desprende de las nubes. Un saliente del peñasco detuvo abruptamente la caída. Papá Oso perdió el conocimiento, antes de escapar del mundo vio como la piedra era tragada por el abismo. Al despertar, herido e impotente, limitado por unos pocos metros de terreno rocoso, pensó que la muerte era mejor que aquella cárcel suspendida sobre el barranco, pero el recuerdo de sus hijos, de su compañera y la necesidad de salvarlos, impidió que continuara el viaje al país de los muertos. Habían transcurrido varias horas, había nacido la noche, y él continuaba allí, aislado, rodeado de silencio, y con el bosque que días atrás soñó como su nuevo hogar enfrente, pero sin poder ganarlo, sin poder disfrutar de su espesura y cobijo.

La Señora Osa escuchó el grito de su compañero. Atrapada en el presagio de la desdicha reunió a su familia y los escondió en el fondo de la cueva, no sin antes cubrir con ramas y hojas sueltas el umbral. Pasaron la noche sin hacer ruido, escuchando los sollozos ahogados de Este, que en su inocencia no podía comprender qué sucedía. Ya al amanecer, el cansancio los abrazó como se abrazan los amantes después de una noche en vela, y pudieron descansar un poco. No así la Señora Osa, que esperaba con inquietud el regreso de su compañero. Cuando el gallo anunció que el sol despertaría pronto, se puso en pie y abandonó la cueva con sigilo para ir a buscar al Señor Oso. La búsqueda fue infructuosa. Había desaparecido. Su olor se desvanecía sobre el arroyo. De pronto, escuchó un nuevo grito. No como el del día anterior, no, éste tenía el sabor amargo de la comida descompuesta. Era un grito de dolor y nostalgia. Se reunió con sus hijos y entre todos buscaron el lugar de procedencia de los lamentos de Papá Oso. Al fin lo vieron. Parecía un abrigo de invierno colgado en un armario.

No se veía forma alguna de llegar hasta él. Subieron la montaña, intentaron rescatarlo, pero fue inútil. Estaba abandonado en medio de la nada. Entonces comenzaron a comunicarse a gritos. El Señor Oso estaba triste y agobiado por la sed; la separación de los suyos le carcomía los huesos, pero todos se alegraron y dieron las gracias a la vida por estar vivos y por encontrarse nuevamente aunque los separara un abismo.

Tuvieron que replantear la situación. Los oseznos mayores se dedicaron a recoger alimentos para el invierno. Mamá Oso y Este se dedicaron a cuidar a distancia a Papá Oso. Para combatir la tristeza se paraban y le contaban a gritos todo lo que sucedía con ellos. Lo tranquilizaban dejándole saber que estaban bien y que tenían almacenados los alimentos para sobrellevar el invierno. Le cantaban alegres canciones, y Este le contaba cuentos para que pudiera conciliar el sueño. Él hacía lo mismo. Pasaba las noches imaginando historias para contarle, en las que su pequeña era una heroína. Ya a la mañana, animaba a su familia fabulando cómo sería la vida futura cuando consiguieran juntarse de nuevo. La Señora Osa habló con las aves, comandadas por el águila, para que ellas hicieran de correo y llevaran todos los días agua y alimentos al prisionero de la montaña; a su vez, el Señor Oso devolvía con los mensajeros diminutas figuras impregnadas de amor, que tallaba a mano durante su ocio obligatorio.

El destino que todo lo mueve a su albedrío tenía otros planes. Los oseznos mayores crecieron y el instinto los lanzó contra el mundo. Partieron en busca de su propio destino con la promesa de regresar a tiempo, con sus futuras familias, para almacenar los alimentos. La Señora Osa y Este continuaron la infatigable labor de cuidar desde la distancia a papá; hasta que la realidad puso a Mamá Osa de cara a duras decisiones. Ya el frío se acercaba al bosque. Mientras paseaba con su pequeña cerca del lago encontró nievas marcas de hierba. Ambas corrieron a esconderse. El Señor Oso supo que algo andaba mal cuando no volvió a escuchar las canciones que los despertaban todas las mañanas. Cuando Mamá Osa y Este se arriesgaron a salir, acudieron a visitarlo y a relatarle lo sucedido, Papá Oso aconsejó que la única salida posible era volver al viejo bosque y reunirse con sus hijos y sus viejos amigos. Sabía, al igual que Mamá Osa, que si se quedaban tenían pocas posibilidades de sobrevivir. Si no partían pronto el invierno no les permitiría viajar. La partida era necesaria e inaplazable. El último día cantaron entre sollozos las viejas canciones haciéndose muchas promesas. “Volverás pronto, ya lo verás estrella mía” fueron las palabras de despedida de pequeña Este.

Papá Oso las miró e intentó embadurnar su memoria con esta última imagen. Los verdes que antes brillaban parecieron opacos y envejecidos. Mamá Osa y su pequeña cría se alejaban. A cada paso volvían la vista atrás, posaban un beso en sus pezuñas u se lo enviaban con el viento, como hacen las flores con el polen. Los besos llegaban hasta Papá Oso como una caricia dolorosa. Su cuerpo se clavó en el piso, fundiéndose con la piedra, y de sus ojos comenzaron a manar dos filamentos de agua que nunca se detuvieron.

El bosque se adornó con una nueva joya: una cascada que brillaba como los diamantes en el cuello de una reina, transformando el bosque en un paisaje navideño.

Los hombres invadieron el bosque convirtiéndolo en un paraje turístico que atraía por su extrañeza y exotismo, por la magnificencia del paisaje y su peculiar cascada.

De los dos puntos diminutos horadados en la piedra brotaba un chorro fulgurante, un torrente salado, un pedazo de mar. Quienes visitaban el bosque decían que en las noches de luna llena se escuchaban en la lejanía unos gritos desesperados de un padre que clamaba por su familia.

E.A.C.


HOMO SAPIENS por TONY (Colaboración desde CP Estremera)

HOUSTON  - AUGUST 28:  A sculptor's rendering of the hominid Australopithecus afarensis is displayed as part of an exhibition that includes the 3.2 million year old fossilized remains of "Lucy", the most complete example of the species, at the Houston Museum of Natural Science, August 28, 2007 in Houston, Texas. The exhibition is the first for the fossil outside of Ethiopia and has generated criticism among the museum community and others that believe the fossil is too fragile to be moved from it's home country. (Photo by Dave Einsel/Getty Images)

Cuando Lucy murió con 20 años, su familia no celebró funeral, tampoco la dieron sepultura. Claro que albergaban buenos sentimientos  por ella, de hecho creo que Lucy no hubiera celebrado ningún tipo de ceremonia si algún familiar suyo hubiera fallecido. Y es que Lucy fue una Australopithecus que vivió aproximadamente hace 3 millones de años en África.

Todos los humanos estamos, de algún modo, emparentados con ella, bien somos descendientes directos o lo somos de alguno de sus pocos congéneres.

Lucy es Eva.

Si nuestros ojos pudieran ver a través de los siglos, nos daríamos cuenta de que se parecía más a un mono que a un humano. ¿Qué la hacía especial? ¿qué diferencia poseía de los primates anteriores para considerarla el primer escalón hacia el sapiens?.

¡¡Ella y los suyos se pusieron en pie!!. Dejaron libres las dos extremidades que ahora nos permiten teclear el ordenador, afeitarnos…, este no era su objetivo claro, se levantaron para, con sus manos libres, poder cultivar alimentos o sería más exacto decir recolectar alimentos. También obtuvieron la ventaja de, al tener la cabeza más alta y por ende ver más allá, detectar posibles peligros.

Para saber de nuestro bipedismo tendríamos que  viajar millones de años en el pasado y, sin embargo, no lo hacemos a la hora de interesarnos, intentar comprender nuestros temores o miedos, motivaciones o nuestras neuras.

Pensamos en todo sin perspectiva, cayendo erróneamente en argumentos ridículos. A veces tenemos la explicación de nuestros traumas, manías o formas de comportarnos y no vamos más atrás de nuestra infancia.

Y gracias a los conocimientos de genética y epigenética podemos ser más conscientes de cómo nos pueden influir nuestros padres, abuelos, bisabuelos… pues bien, aún nos quedamos cortos, si quisiéramos ampliar la comprensión de nosotros mismos, deberíamos tirar de ese hilo de unos millones de años y llegar hasta Lucy.

Ese tirar para atrás es un viaje al centro del cerebro. El encéfalo es como los anillos del tronco de un árbol, que va creciendo con los años.

La evolución es un apilamiento de estratos. En concreto, de tres. Podríamos considerar a cada uno “un cerebro”, porque tiene su propia inteligencia, su propio sentido del espacio y de la memoria. El más profundo, el que está en el centro, se denomina “cerebro reptiliano”. No piensa, ni tiene emociones, actúa por reflejos. Lo envuelve el cerebro límbico responsable de las emociones. Y en la superficie, el neocórtex, el que nos caracteriza como sapiens, el que se encarga de nuestro pensar. Aunque los humanos vamos muy de intelectuales, no sólo empleamos el neocórtex, utilizamos los tres cerebros constantemente.

Por debajo de nuestra intelectualidad, está Lucy, manejando los controles, y si profundizamos más, nos podríamos encontrar otros mamíferos y reptiles al mando.

Citando a Desmon Moruis, Zoólogo, nos habla de la “importancia de bucear más allá de los motivos racionales que empleamos para explicarnos”. “Hay ciento noventa y tres especies vivientes de simios y monos. Ciento noventa y dos están cubiertas de pelo. La excepción la constituye un mono desnudo que se ha puesto a sí mismo el nombre de Homo Sapiens”.

Esta rara especie pasa una gran parte de su tiempo estudiando sus más altas motivaciones, y una cantidad de tiempo similar ignorando a conciencia las más básicas y fundamentales.

Reflexionando Gustav Jung dijo: “una vez se ha hecho todo lo que se pudo hacer, queda todavía lo que se podría hacer si uno tuviera conocimiento de ello”. Pero, ¿cuánto sabe un hombre de sí mismo?.

Doy por hecho que sois y soy consciente que no estoy en poder de todos los conocimientos mencionados en estas letras, simplemente leyendo y leyendo he recopilado datos y más datos y con ellos he intentado plasmar una idea, más o menos acertada en mi forma de plasmarlos… haberlo logrado es algo que vosotros, quienes leáis estás letras debéis decir.

Tony


REMORDIMIENTO por TONY (colaboración desde CP Estremera)

remordimiento

El remordimiento, y en ello suelen coincidir casi todos los moralistas, es un sentimiento sumamente indeseable. Si has obrado mal, arrepiéntete, enmienda tus equivocaciones en lo posible y esfuérzate por comportate mejor la próxima vez. Pero en ningún caso debes llevar a cambo una morosa meditación sobre tus faltas. Darse revolcones sobre una charca de fango no es la mejor manera de limpiarse.

También todos tenemos moral, yo tengo mi moral, y muchas de las reglas de mi moral son las mismas que las de la ética normal, o como poco análogas a ella. El remordimiento, por ejemplo, para mí es tan indeseable como lo son los errores que lo fomentaron en relación con mis malas acciones. En un futuro, mi maldad debe ser reconocida por mí mismo y, en lo posible, tratare de evitarla. Arrepentirme de los errores cometidos hace veinte años, intentar enmendar un acto fallido para darle la idoneidad que no logré en su momento, perder los  años de madurez en el intento de corregir los pecados que cometí y legados por aquella persona ajena que fue uno mismo en mi juventud, todo ello, sin duda, es vano y fútil. Mis defectos como persona son más que considerables, para poder corregirlos debería volver atrás en el tiempo, como el hombre que ahora soy, como otra personas que soy, y probablemente hubiese soslayado no sólo algunas faltas cometidas, sino también algunos de los méritos que poseyera originalmente. Aún así, resistiéndome a la tentación de revolcarme en los remordimientos, prefiero dejar tal como está lo bueno y malo de mi imperfecto pasado y tratar de concentrar mis esfuerzos en no volver a equivocarme y tratar de crecer como persona, a pesar de que quizás por variadas circunstancias, a menudo pienso que ya es demasiado tarde, que mi tiempo se agotó para tal propósito.

Otras, sin embargo, creo que merece la pena, al menos enmendar como poco los defectos más graves para quienes me rodean y para mí mismo.

Quizá existan, se me presente u ofrezcan múltiples alternativas, pero claras solo soy capaz de ver dos con cierta seguridad: llevar una vida insensata basada en una utopía o por el contrario que esa vida sea más humana, asumiendo mis errores en muchos aspectos, pero en otros casi la siento igual de extravagante y anormal.

Tony