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UN PRESO… COMO YO por E.V.M.

Él, es normal tranquilo y sereno, no se hace destacar, es uno más aquí entre otros presos como yo.

Si te acercas más a él consigues reír o incluso llorar por dentro.

Para la sociedad libre puede ser un fracasado, su familia dirá: “no sirves para nada” y su entorno cercano, “es un perdedor sin futuro”. El centro penitenciario lo considera un número más, un delincuente y para los demás internos, un don nadie… sí, un preso como yo.

Su aspecto delgado y ojos cansados cautivaron mi atención. Nos dispusimos a caminar juntos por el patio, conversaciones largas y profundas de la vida, mi perspectiva de él cambió, vi un ser maravilloso con sus defectos al igual que virtudes, noté sus tristezas y frustraciones lo acogí en mi corazón.

Un día todo cambió cuando pudimos estar juntos como compañeros de celda, la amistad nos unió. Nunca creí que en un lugar como este pueda nacer la amistad verdadera. Me hizo recordar un texto del libro sagrado para muchos en proverbios: 18:24 que dice así: “hay compañeros que llevan a la ruina, y amigos más queridos que un hermano”.

Tengo que decir que es un preso… como yo. Pero para mí es un amigo y un hermano compartiendo esta experiencia en prisión que nos une y nos aleja por momentos de estos muros, libres de rejas y barrotes, historias rotas.

A ti, un preso… como yo, te dedico estas palabras para agradecerte siempre ser como eres con nombre y apellidos.

Concluir con lo que dijo Nelson Mandela: “Puedes encontrar que tu celda es un sitio ideal para conocerte, para investigar de modo regular y realista el proceso de tu mente y tus sentimientos”.

E.V.M.

 

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MAMÁ por M.R.

 

Ya casi van a hacer 7 años desde que et marchaste. Casi 7 años que te fuiste a descansar. Y casi 7 años que me dejaste solo.

Esta carta que te escribo hoy va a ser muy dura para mí, pues te voy a decir cosas que, tristemente, nunca te dije en vida, pero algo dentro de mí me impulsa a hacerlo. No sé si es cargo de conciencia, el resultado de miles de horas de reflexión o la llegada de mi madurez personal.

Tú y yo sabemos cuan compleja fue nuestra relación. Amor, odio, distanciamientos, acercamientos, armonía, silencios, risas, tensión, complicidad… ese tipo de relación que sólo pueden tener una madre y un hijo; pero nuestra relación fue muy especial incluso antes de nacer yo.

Me acuerdo cuando me contabas el embarazo tan complicado que tuviste (padeciste) a causa entre otras cosas de los disgustos que te proporcionaba mi padre, de tu delicadeza natural, y de aquella infección severísima de vesícula que sufriste y te tuvieron que extirpar, tres meses antes de nacer yo. Por lo visto, médicos, amigos y familiares susurraban su convencimiento de que tan solo 1 de los 2, o ninguno conseguiría sobrevivir a aquella situación.

Y a la vista está que ambos luchamos por cerrar bocas y demostrar que la VIDA siempre combate a la muerte y que tú y yo llevábamos en la sangre un gen especial de supervivencia. Nunca te lo dije, y nunca es tarde si es para bien, así que en este momento y delante de testigos quiero darte las gracias por pelear por mí, y también te quiero decir lo que muy pocas veces te dije: te quise, te quiero y siempre te querré.

También me hablabas de Salvador, mi hermano mayor que nunca llegó a nacer; él no tuvo mi fortaleza o quizá mi coraje, pero él está en mi corazón. Mi hermano mayor. Quizá si él hubiese nacido, igual el que no hubiese sido engendrado hubiese sido yo.

Desde que te marchaste a descansar para siempre, he pensado mucho en ti. Sufriste mucho; fuiste una persona incomprendida. Tu corazón era fuerte y de oro. Tu familia (yo incluido) te dio la espalda, tu entorno te excluyó, y “pobre mamá”, te refugiaste en las pastillas y el alcohol, sin dar gritos, hacer aspavientos o llamar la atención. Solo querías “no sufrir” y nadie te entendió.

Si supieras lo mal que me siento por no haberte comprendido. Por no haberte acompañado, haber sido más cariñoso, por no decirte frases bonitas… los últimos años de tu vida solo te proporcioné disgustos, mentiras, frío, abandono y dolor.

En estos 7 años de tu partida, te he extrañado mucho, he llorado tu ausencia y he aprendido a conocerte. Igual tarde, sí, lo reconozco, pero tener clara y presente tu verdadera dimensión me enorgullece. No hubiese querido tener otra madre, tenías que ser tú y tú fuiste

Tú nunca me abandonaste, no criticaste. Me amabas y me respetabas. En silencio. Con tu presencia y tu comportamiento, que no he valorado hasta hoy.

Mamá, estés donde estés, haz tuyo este sentido y sincero homenaje de respeto y amor. Descansa, perdóname y sígueme cuidando. Te quiero.

P.D.: Amigos, os pido por favor que respetéis, valoréis, queráis y cuidéis a vuestras madres. Decidle de vez en cuando que la queréis. No hagáis como yo y valoradlas con justicia y amor, mientras estén con vosotros. Un abrazo.

M.R.


CADENA PERPETUA por E.V.M.

El tema de esta exposición, es el título de una película. Para todos aquellos que la habéis visto, quizá recordéis inmediatamente esta pregunta: “Y tú por qué estás aquí?

Es muy normal aquí en prisión, es lo primero que te preguntan al entrar. Pero yo quiero hacer otra pregunta que invita a la reflexión ¿para qué estoy yo aquí?

Pues personalmente pienso que la primera pregunta, muchos la contestan sin pensar más, solo en el hecho que lo trajo hasta aquí. Sobre la primer pregunta poco podemos hacer ya. En cambio, la segunda pregunta implica mucho más en nosotros mismos, la acción en mi y hacia los demás presos.

El trabajo en sí mismo, significa poder identificar esos errores que producen dolor, tanto a nosotros mismos como aquellos que nos rodean. Tenemos que identificar comportamientos nocivos, que solo tuercen nuestros pasos en el caminar por la vida.

Yo, personalmente, desde mi celda 116 del Módulo 12, trato cada día de aclarar en mi mente el sentido de todo, en especial el hecho de, para qué estoy aquí. Descubro que hay cosas que no sabía y que suceden en circunstancias como estas, en prisión.

Desde la libertad, nunca tuve un pensamiento de lo que sería este lugar, estar preso, sin la tan anhelada libertad. Pero tras estos muros de hormigón fríos, grises, altos y con rejas, voy descubriendo aspectos de mí que antes no veía.

El primero, es compartir un pequeño habitáculo llamado en la jerga carcelaria: “chabolo”, donde dos personas que nunca se conocieron tienen que compartir juntos. Es un reto y un desafío, hacer cambios en uno mismo para tener una buena convivencia con el compañero.

Segundo, aprendes de la soledad aunque haya más personas cerca. Controlar tu tristeza y lágrimas, sin saber qué mano te ayudará o qué palabra de ánimo recibirás.

Estoy sorprendido de comprobar lo que la amistad significa en un lugar como este. Ayudar a otros internos en la medida de mis posibilidades, tomar esta nueva situación con calma, un alto o punto de reflexión en la vida para poder ser mejores seres humanos estando en libertad.

Creo que de la segunda pregunta planteada aquí antes, para todos, yo ya estoy dando respuesta en una pequeña parte de todo lo que implica y seguro estoy que muchos también responderéis de forma positiva a esta reflexión.

Cuando otra vez me pregunten ¿por qué estoy aquí?, responderé: para aprender… nunca olvidemos que “un santo no es sino un pecador que perdura intentándolo de nuevo”.

E.V.M.


MENTE Y CORAZÓN por M.R.

“Eres un cabezota”, “mi hermano es muy cerebral”, “tienes que hacer de tripas corazón”, “he tenido una corazonada”, “lo nuestro fue un flechazo”…

Estas frases que hemos dicho u oído miles de veces son la base de lo que quiero compartir y tienen más profundidad de lo que parecen. Hablan, según el caso, de por qué nos dejamos llevar más, si por los sentimientos o por los pensamientos (o razonamientos).

Yo creo que todas las personas que estáis leyendo esto ahora mismo, habéis tenido un flechazo alguna vez; solo con ver a una personas determinada en un momento determinado y a veces, sin hablar si quiera con ella, hemos tenido la seguridad de que era nuestra media naranja. Nos hemos enamorado en una fracción de segundo, y es en este punto donde me quiero detener.

Ese flechazo, reconozco que es precioso, pero es una sensación irreal. Enamorarse es sentir amor por alguien, y eso en su expresión verbal es amar; y amar es, según los entendidos, dar la vida por la persona amada. Entonces, reconozcamos que, a una persona que nos ha “deslumbrado” en un momento de atracción y quizá no hemos cruzado una palabra con ella, no daríamos nuestra vida por la suya. Lo correcto es (o sería) conocer a esa persona (mucho), saber sus valores, si es persona buena, justa, coherente, equilibrada, responsable, sana, o si por el contrario es cruel, sin valores, sin escrúpulos, inmadura… Conocerla de tal manera que no dudemos de que sea al máximo compatible con nosotros. Abogo, por una decisión en la que los sentimientos se complementen con los pensamientos.

Decía Aristóteles que la máxima virtud es el equilibro, y como animales racionales, esto debería ser algo sencillo e inherente de conseguir; nuestros compañeros irracionales funcionan mayoritariamente por su instinto y en un pequeño porcentaje por sentimientos y pensamientos.

Tenemos un cerebro que, por algún motivo es capaz de dictarnos órdenes coherentes, razonables, razonadas e inteligentes y un corazón que nos “endulza” con amor, cariño, pasión, bondad…Sería buenísimo que supiésemos combinar estas dos armas tan poderosas en nuestro propio bien y en el de los nuestros.  No nos dejemos llevar por nuestro primer impulso, dejemos ese comportamiento para los animales, que en muchos casos muestran más inteligencia que nosotros mismos.

El mismo rasero habría que recomendar a esas personas cerebrales que se pasan la vida analizando datos y comparando situaciones. Aquellos que no experimentan sentimientos ni sensaciones. Pienso que tienen una vida muy triste.

Lo dicho, amigos, combinemos nuestra mente y nuestro corazón.

M.R.

 


UN MUNDO DE HIPOCRESÍA por A.T.G.

Vivimos en un mundo donde el mal vence al bien, la venganza al perdón, vivimos en un mundo donde el estilo de vida que elegimos o que nos dicen desde jóvenes, es el de sobresalir más que los demás, al precio que sea, donde unos se pisan a otros por estar por encima y para llegar a un nivel de vida donde tengas tanto dinero que no sepas ni en que gastarlo. No se acabará la pobreza en el mundo mientras siga existiendo gente rica y poderosa.

En un mundo donde el rico se impone al pobre, fuese como fuese, que hubiera ganado esa fortuna, un mundo hipócrita en el que una persona que vive de la naturaleza de la que se ve rodeado, es descalificado con nombres despectivos como aborigen, indio, ermitaño, hippie, verde y está mal visto por desear vivir en paz; cuestión que a la vez la sociedad hace imposible pues siempre se va a depender de su dinero. Un invento de la antigüedad que sirve para localizarte en un sector u otro de la población (rico, clase media, pobre, excluido social) y que solo depende de unos pocos, después de todo cada día se utiliza menos el efectivo con el avance de las tarjetas, como las “blacks” que solo unos pocos privilegiados se creían con derecho a usar y con las que podían hacer lo que querían.

Otro tema que me gustaría tocar es el invento de las naciones, que por ser de un sitio u otro tengas más derechos y que a la vez solo algunos se encarguen de las obligaciones para conservar un sistema de bienestar podrido y para los corruptos. Como las fronteras, limitaciones contra la humanidad y el derecho de uno mismo a elegir al igual que las religiones, muchas veces impuestas, mediante lavativas de cerebro de los más pequeños, vulnerando su derecho a elegir por sí mismos, implantadas en las escuelas de cada lugar del mundo.

Está claro que no se puede vivir en la anarquía total o con la ley del más fuerte como nos quiere hacer entender USA con su gran armamento, pero tampoco debe permitirse que vivan unos como reyes y otros mueran de hambre. El sistema no funciona y son los que se dedican a gestionar los recursos los propios corruptos, y aún así, siguen cobrando un sueldo, lo hagan bien o mal.

Esto no es nuevo en este mundo, porque siempre la gente se ha dejado influir por un líder, creyendo que la situación irá a mejor, pero una y otra vez caemos en la misma trampa. No siempre que camas un régimen por otro y a veces por otro aun peor, quiere decir que éste vaya a ir a mejor; igual cuando te quieres dar cuenta ya no te puedes volver hacia atrás.

Otro ejemplo importante es la posibilidad de entrar o traspasar una frontera. En este mundo hipócrita, si vienes con un método sea avión, barco, coche o transporte convencional, en el que se tenga que utilizar el dinero, eres bien recibido o bien venido, ya sea por placer o por trabajo. Pero si es para poder mejorar tu vida porque eres de un país pobre y vienes sin nada más que poder vender tu trabajo para esa mejora no eres bien recibido, por no poder utilizar un método de transporte convencional y entrar a pie o en sistemas rudimentarios como las “pateras”. Por ser de otra clase social, no pueden pasar y son discriminados, ellos que se lo juegan todo para, en definitiva, poder vivir.

Los discriminamos por ser de un sitio u otro, ahora especialmente por ser refugiados de la guerra de Siria, pero cuando se masacraba a gente en África toda Europa cerró los ojos y miró para otro lado, pues no interesaba, como no había campos petrolíferos y son zonas donde el hombre blanco no podría tener el control. En esas guerras murieron millones de personas sin que los corruptos movieran un solo dedo, escasas noticias de refilón para ponerse medallas por haber enviado un par de acciones con productos básicos de alimentación para tener el el futuro un aliado más.

A.T.G.


TÍTERES CON CABEZA por F.L.N.

No está claro que, a la larga, la inteligencia tenga algún valor para la supervivencia” (Stephen Hawking)

Las peroratas: no son de perros ni de ratas. Es cada vez más frecuente oír peroratas (discurso o razonamiento inoportuno y fastidioso, a menudo peyorativo) de todos y en toda parte; en este caso, acerca de cualquier comportamiento que nos parece anómalo o que no es inteligible ni normalizado. Por ejemplo, relacionar los trastornos como los alimenticios y las adicciones a las drogas (varias), la violencia gratuita, etc. con la incapacidad, falta de inteligencia o voluntad, cuando no con la locura u otras ocurrencias aún más temerarias.

Como opinión puede, hasta debe respetarse, aunque no se comparta, pero como argumento para favorecer o justificar un trato diferenciado sin más explicaciones (tristemente aquí muy normal y habitual) es irritante y me parece injusto. No solo porque parta de una falacia, sino además, porque hace ineficaz – por no decir inútil – los esfuerzos que con fuerza de voluntad y buena fe; le dedican ciertos profesionales, realmente comprometidos, con también algunos de los propios afectados; con el ánimo, todos, de cambiar algo de dichos comportamientos con los medios y modos que con buen criterio, previamente determinaron los órganos indicados, con el adecuado asesoramiento de la ciencia, quiero suponer.

Si bien las peroratas molestan siempre e influyen negativamente a quienes las sufren no siempre son empleadas con maldad, creo. Puede ser, tal vez, debido a la ignorancia en la complejidad del comportamiento humano; quizá por equivocación o mal uso de los términos y/o entonces por confundir o ignorar el concepto de los mismos. Lo incoherente, resulta que es retórica común, también para estudiosos en la materia, interesados y sabiondos (todos presuntos) que por ir de sobrados, terminan siendo patéticos. Sin embargo, lo realmente asombroso, además de inexplicable, es que se dé también en alguna autoridad que encima tenga poder de decisión precisamente en un tema en que le falta objetividad y le sobran prejuicios en cantidades notables. Dicho de otra manera, es inexplicable que la solución de un problema serio que además repercute de tal manera en el devenir de la vida de ciertas personas, dependa de la decisión de alguien cuyo criterio se reduce a poco menos  que una perorata.

Increíble pero cierto… pero como dijo J.F.K. en 1963 “la esencia de las decisiones finales es incomprensible para el observador; a menudo, de hecho, incluso para quien toma las decisiones”.

Una decisión de esa clase – o sea ininteligible hasta para el analista más cualificado – es a mi juicio, sin duda, la prohibición estricta de acceder a un puesto de trabajo remunerado a presos con tratamiento de metadona (un opiáceo de acción lenta, para evitar la aparición del síndrome de abstinencia; no proporciona el subidón transitorio típico ni la consiguiente desensibilización que lleva a necesitar dosis cada vez más grandes, según como la define Sandra Aamodt (doctora en neurología, editora de la revista de investigación “Nature Neurosciense”, entre otras).

Aun así, no seré yo quien defienda las bondades de la metadona, si las tiene. Quizás más bien recordar antes que nada que en cuestiones que implican la salud conviene atender, por encima de todo, las indicaciones u opiniones de los facultativos y profesionales especializados. Demás recomendaciones, sean del que lleva galones gasta los tobillos o incluso de quienes superaron con éxito la misma dolencia o idéntico problema no deben ser necesariamente válidas para el resto.

Así mismo, para saber la motivación de la citada prohibición, y el objetivo de su autor o autores, consulté al servicio médico que no podía o no quería disimular su asombro; lo que significaba que no fueron consultados, ni informados, como tampoco tomaron en cuenta su criterio médico al parecer sobradamente conocido.

¿No es ese un problema médico, más incluso que decidir sobre la idoneidad o no de ciertas sanciones? Se preguntó disgustada la doctora.

La contradicción más evidente es la clara diferencia de concepto y consideración que, para el mismo tratamiento, tienen distintos organismos, todos oficiales y del mismo país; con las consiguientes consecuencias negativas que (como casi siempre) tendrá para todos aquellos que confiaron la solución de sus problemas a un órgano que para tal efecto financia la sociedad en su conjunto.

Otra de mis dudas es ¿por qué esa prohibición es exclusiva del este centro penitenciario? Pero poco puedo objetar si cada centro tiene plena potestad para regularse como le parezca. No sé bajo qué criterios y quizá no me incumba, pero no puedo evitar los agravios al compararme y constatar tratos diferenciados hasta en derechos, sin causa aparente que lo justifique, excepto quizá, alguna perorata.

Dicho todo lo dicho, creo que sería justo y necesario que reconozcamos todos nuestra gran responsabilidad a la hora de decidir qué comportamiento nos conviene tener en esta sociedad en la que nos ha correspondido vivir.

F.L.N. 


EL EFECTO MARIPOSA por M.R.

Uno de mis entretenimientos favoritos es el cine. He tenido la gran suerte de, hasta ahora, haber visto más de 1.600 películas; una de ellas es la que sirve de referencia a este texto. Se trata de “El efecto mariposa”. A quienes la habéis visto, solo espero que os gustara tanto como a mí, y a los que no, aparte de recomendárosla, contaros un poco el argumento: un tipo (Ashton Kutcher) tiene la capacidad de viajar en el tiempo y volver al punto en el que una decisión suya tuvo consecuencias trágicas tanto para él como su entorno.

Interesante ¿verdad?

En esta etapa de mi vida en la que, como vosotros, me encuentro privado de mi libertad, dispongo de mucho tiempo libre.

Me gusta pensar en mi “efecto mariposa”. ¿En qué momento de mi vida me equivoqué? ¿qué me llevó a tomar la decisión de cometer aquello que me trajo hasta aquí?

Cada acto en la vid tiene sus consecuencias, a corto, medio o largo plazo. Causa efecto. Nada queda sin compensar.

Como todos, en mi vida he hecho cosas buenas y cosas malas. He hecho el bien conscientemente y el mal también, así como he hecho cosas buenas sin saber, y también cosas malas.

Igual si hubiéramos ido a otro colegio, hubiésemos tenido otra vida, y del devenir de ese otro camino no hubiésemos cometido el error que nos llevó aquí. Una decisión tomada por un tercero, condiciona toda nuestra vida. La persona con la que decidimos compartir nuestra vida también es un efecto mariposa;  si en el momento anterior a conocerla hubiésemos hecho otro plan, nuestra vida también sería distinta. Si en el momento en el que nos dirigimos por primera vez al que luego fue nuestro mejor amigo o amiga, no lo hubiésemos hecho, nuestra vida sería otra.

Nuestra vida se compone de opciones y éstas se convierten en acciones y tienen, como sabemos, sus repercusiones.

Lamentablemente (no), nosotros no tenemos la capacidad del protagonistas del “Efecto mariposa”; no podemos corregir o modificar el pasado. Lo hecho, hecho está. Y el arrepentimiento, en mi opinión, de poco sirve. Lo que sí podemos y debemos es sopesar mucho las decisiones que tomemos y tener en cuenta las consecuencias que éstas puedan tener.

M.R